El primer baño de la temporada

Llegó el verano. O, al menos, eso parecía, hasta hace pocas horas. Por todos es sabido que aquí, por nuestra Córdoba del alma, el concepto ‘primavera’ lo asumimos como algo metafórico y circunstancial, ya que hay años que contamos el paso de esta estación por días. Del calor agobiante, hemos pasado a estar en alerta por lluvias (no ha caído ni una gota, por cierto) y vientos.

Ya sé, ya sé... el tiempo loco también es primavera... Y no. No me he reconvertido en el compañero bloguero Meteofreak. Quería hacer esta breve reflexión meteorológica como preámbulo a mi post de hoy, dedicado a la PACIENCIA que tenemos las madres.

No es la primera vez que me pasa. Tendría que estudiarlo. ¿Por qué mi hijo siempre, y cuando digo siempre es siempre, se pone malo el viernes por la tarde o, en su defecto, el sábado por la mañana? ¿Existe alguna regla no escrita de que esto deba ser así? ¿O lo hacen ellos, a propósito, porque ya saben que los fines de semana está cerrado el centro de salud? Ya van dos seguidos y varios no consecutivos. Lo recogemos del cole tan normal y, a las pocas horas, dice la frase mágica: "Mamá, me duele la barriga. Es que no he comido nada...". Te lo dice así, con esa carilla de pena... Y sabes que miente porque la ‘seño’ te ha dicho que se lo ha zampado todo y porque, como lo conoces, sabes lo que viene detrás: la terrible fiebre. Añado aquí que siempre que le sube la temperatura dice que le duele la barriga. Su pediatra me ha dicho que es porque se le deben inflamar los ganglios de esa zona.

En esta ocasión me dijo lo del dolor de barriga el sábado a medio día, después de pegar mil botes en el carrito de un centro comercial y de pedirme pan una y otra vez. No le di importancia porque pensé que se me había hecho tarde y que la hora de comer estaba demasiado cerca. "Podría ser hambre", pensé. Pero no. Cuando lo bajé del coche estaba ardiendo. Como es lógico, comencé a preocuparme: no había mocos, ni tos, ni nada aparente de estómago. ¿Por qué tenía fiebre? Y era sábado... Así que no nos quedó otra que pasar el mejor día de la semana entre termómetros, ibuprofeno y paracetamol. Y oye, que en mi hijo hacen efecto inmediato y a los pocos segundos de tomarlo parece que el niño no ha estado malo en su vida.

El domingo vinieron a casa unos amigos con sus hijos a pasar el día. Hacía calor y la piscina estaba recién llena. Imagináos lo fría que tenía que estar el agua e imagináos también quién no dudó ni un segundo en meterse en ella. Pues sí, habéis acertado. Mi hijo y su secuaz amiguita no desperdiciaron la oportunidad de darse el primer chapuzón de la temporada. Mientras ellos disfrutaban de lo lindo, los padres nos afanábamos porque nuestros pies no quedaran en estado de hipotermia mientras los vigilábamos. Son increíbles estos niños.

Antes del baño oficial en la bañera calentita, tuvimos que mojarnos otra vez hasta el tobillo. Así que, por la noche, por supuesto que volvió la fiebre. El lunes tuvimos que ir al pediatra y, después del fin semana que el niño había dado, salió de la consulta como nuevo aunque, eso sí, con un diagnóstico: faringitis. ¿Se puede saber de dónde cogen los niños tantos virus? Yo es que no me lo explico.

En cualquier caso, deseando estoy que llegue el sábado otra vez. A ver si en esta ocasión podemos disfrutar sin medicinas ni termómetros de por medio. Aunque a él no le supuso ningún contratiempo su faringitis: hizo lo que quiso, comió lo que le dio la gana y se tomó sus chucherías favoritas: dalsy y apiretal. ¡Menudo elemento tenemos en casa!

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15 de mayo de 2013 - 08:00 h