¡Feliz cumpleaños!

Hoy no os voy a contar las mil aventuras que me suceden casi a diario. Ni las graciosas ocurrencias de mi hijo. Ni siquiera voy a narraros cómo fue mi última experiencia con los peques. Hoy miércoles, además de ser día de actualización de este blog, cumple un año la segunda joya de mi casa y sólo me apetece felicitarlo y compartir con vosotros mis mejores deseos para él. Espero que me permitáis esta pequeña licencia.

Hace ya un año que nació. 365 días desde que le vimos la carita por primera vez. 365 días que se me han pasado volando pero en los que no me he podido sentir más feliz y afortunada por lo que Dios me ha regalado.

Mi pequeño llegó al mundo con muchas prisas aunque, ahora que lo voy conociendo, entiendo por qué. Ahí dentro se lo estaba perdiendo todo y, con lo curiosón que es, normal que quisiera salir cuanto antes. Resulta increíble cómo un pizquillo morenito y con pelo negro se haya convertido en una bolita de ojos azules y de pelo rubio ensortijado. Pero, ¿cómo y cuándo ha sucedido la metamorfosis? Sólo encuentro respuesta si miro las fotos que le he ido haciendo en estos meses. Su evolución, como la de la gran mayoría de los niños, ha sido impresionante: de los clásicos ‘ajos’, a entenderlo casi todo y chapurrear palabras sueltas; de patalear en su hamaca, a sólo querer andar y perseguir a su hermano; de mirar a su alrededor con ojos de sorpresa, a interactuar y saberse hacer el centro de atención.

Mi pequeño ha conseguido una sonrisa embaucadora con la que casi siempre se lleva el gato al agua. No tiene más que enseñar sus seis dientecillos y medio para derretir al que tenga por delante. Tragón, desde que nació, su única pega se la puedo poner a la hora de dormir, aunque creo que todavía no ha mostrado su peor cara en este asunto.

Sin embargo, lo que más me gusta es el hecho de que en este tiempo haya logrado, como no iba a ser de otra manera, hacerse un hueco en la familia. Por descontado que los adultos lo adoramos, pero es que su hermano, también. El episodio de los celos fue pasando poco a poco, dejando un reguero de amor fraterno que, realmente, me emociona. De mis momentos favoritos del día es cuando mis dos pequeños se ven después de estar varias horas sin hacerlo, como por ejemplo, por la mañana, o cuando su hermano regresa del cole. Ese brillito de ojos cuando ambos se miran entre sí, la sonrisa del mayor y la apertura de boca del pequeño para plantarle un beso delatan la pasión que se tienen el uno por el otro.

Cuando echo la vista atrás me parece imposible que haya sucedido todo esto en tan poco tiempo. Hace nada era una niña que todavía estudiaba en el colegio y ahora... me he convertido en mamá. A veces, cuando los miro, me parece mentira que sean míos. Pero es así, y me siento tremendamente orgullosa de ello.

Ahora me gustaría congelar el tiempo para tenerlo siempre así: hecho un bebote gordito y apetitoso con sonrisa benévola y aire siempre simpático. No me quejaría nunca de sus llantos a media noche y seguiría metiéndole en mi cama todos los días de mi vida. Dormir con él es uno de los placeres que la vida me ha regalado. No me cansaría nunca de mirarlo cuando duerme, con sus ojitos cerrados y esa boca de labios carnosos que respira tranquila y relajada. Pero crecerá y será él el que huya de todo. Aunque para esto, aún queda mucho. Todavía nos quedan, si Dios quiere, muchos días y muchas noches de disfrute. Muchas alegrías y seguro que muchas penas de las que salir. Sin embargo, desde aquí quiero decirle que debe tener muy presente que ahí estaremos nosotros: su familia. Para apoyarle y hacerle sentir seguro a cada paso que de. No dudo ni por un solo instante que lo hará tan bien como lo está haciendo su hermano.

Sois mis dos soles. La vida no me podría haber regalado nada mejor. Os quiero a los dos, aunque hoy, y sólo hoy, te quiero a ti más por cumplir un año entre nosotros. Felicidades, mi vida.

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12 de junio de 2013 - 08:00 h