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Cuaresma “a la chita callando”: la limpieza

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Antonio Ranchal

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En Cuaresma, las Hermandades se preparan para el día grande y lo normal es que, si visitas alguna de sus casas durante este tiempo, encuentres a un pequeño grupo de hermanos remangados limpiando y relimpiando todos y cada uno de los enseres que lucirá la cofradía a su paso por la ciudad, mostrando con este brillo y lustro el cariño y la devoción a la imagen de Cristo o de María.

Cada mayordomía guarda con celo la fórmula secreta que deja la plata como los chorros del oro; las camareras se afanan en las túnicas y en las ropas de los acólitos, presumiendo de haber encontrado el líquido mágico que quita por completo la cera sin dejar mancha ni huella. (Me extraña...)

No hay casa de hermandad que no bulla durante estos días previos y si como hermano o incluso sin serlo traspasas su umbral se te invita cortésmente a coger una ruilla y a frotar con decisión. Porque en las hermandades el frotar no se puede acabar. Y la tarea es de todos y no de unos pocos. Así que ahí te tienes y me tienes dando brillo para que en el día que se viene y está al llegar todo luzca como es debido.

¡Que brille mi Cofradía

aunque por dentro esté podrida!

Qué no se note en la plata

el óxido de la envidia.

Qué no se aprecien en el dorado

las grietas de las rencillas.

Qué las flores y el incienso

tapen el olor a mentira.

¡Qué brille, qué brille mucho,

qué brille mi Cofradía!

La limpieza, y de esto no se salva nadie, empieza por uno mismo. Hay que frotar dentro del corazón para que salga de una vez por todas todo aquello que nos impide ser verdaderos cofrades, al fin y al cabo hermanos de otros congéneres. En este caso no basta con lustrar; hay que arrancar, erradicar la mancha que oprime el alma y no deja vivir ni convivir.

Todos tenemos que participar en esta limpieza; no es tarea sólo de la mayordomía. Es tú tarea y mi tarea, como miembros de la cofradía de la Iglesia. Las Hermandades necesitan hombres y mujeres limpios que, aunque tapados, muestren a la ciudad el verdadero brillo que da el ser cofrade, cristiano.

Y aquí sí que hay que frotar y frotar, porque no se trata de ser perfectos, sino de reconocer el camino; el camino de la conversión, del perdón, del rencuentro, del amor…

Limpiar es convivir. “Tú conmigo, yo contigo y la Virgen con los dos”, dice una canción que viene como anillo al dedo. No puedes acompañar a María o a Jesús si reniegas de tu hermano; si rechazas el encuentro con él. Convivir es crecer. Las Hermandades necesitan crecer para demostrar a la ciudad que son un aparato válido para la misma. En su seno, la convivencia, que empieza en cada uno de nosotros, debe ser el caldo donde fermenten los cristianos del futuro, nuestros hijos, aquellos que nos enorgullecemos cuando los vemos vestir el hábito siendo aún muy pequeños para comprender lo que conlleva salir en una cofradía.

Nuestras Hermandades no brillan como deberían, porque no brillamos los que las formamos, por mucho que nos empeñemos, e incluso presumamos de limpiar hasta la saciedad su imagen exterior.

Detrás de la plata y el oro, se esconde la envidia, el rencor, la mentira… Cada uno sabe de sobra el producto que necesita.

— El rotulador firma hoy para si mismo… Cuando las estrategias no valen; valen las personas. (El rotulador)

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