Profesional

Cotizo en el régimen de "autónomos". Soy sicario profesional. Y, está feo que yo lo diga, no quiero pecar de inmodestia, pero soy muy bueno en mi trabajo.

Lo soy porque mantengo un perfil más bajo que otros de los profesionales de mi gremio. Por ejemplo, no voy al gimnasio, no llevo tatuajes, tengo gafas y no soy ni muy alto ni muy corpulento. Mi mayor valía para el desempeño de mi trabajo diría que radica en la capacidad de mimetismo: viajo en transporte público, a veces se me puede ver leyendo un libro o entrando en la Filmoteca a ver con aparente satisfacción un truño sentimental danés en versión original, no veo series de Netflix o HBO, asomo a tomarme un par de cañas al bar del barrio viendo un partido de fútbol… en fin.

Son todas ellas tácticas y competencias que he adquirido con una educación autodidacta basada en la observación y en el estudio del Bushido o Camino del Samurái, además de otros libros religiosos de tradición judeocristiana.

También he realizado cursos de formación en el Mossad; pero son masters que, como supondrán, no puedo registrar en mi currículo por razones de estricta confidencialidad.

Mis especialidades son la amenaza de extorsión, la tortura en gradación de menos a más (para esto mis estudios en el Mossad fueron fundamentales) y el acoso al entorno familiar del sujeto-objeto de mi misión.

Considero el asesinato como una última opción (se suele perder negocio), tan solo lo practico si es estrictamente necesario. Tengo para eso un alto concepto moral: solo mato a personas con baja esperanza de vida o, directamente, desesperadas.

Mi independencia ha hecho que haya realizado trabajos para gente tan dispar como empresarios, sindicatos amarillos de camioneros o cofradías de pescadores, consejeros de administración de algunos bancos, la UEFA o partidos políticos antes hegemónicos, entre otros clientes.

Soy bueno.

Sicario: obligo a cumplir con las obligaciones.

Razón aquí.

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Publicado el
6 de mayo de 2018 - 03:00 h
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