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Fantasía 2: Melannie

Juan José Fernández Palomo

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Soy el novio de Melannie. Nos encontramos un día junto al mostrador de una heladería de Brighton –era fines de verano- y nos enamoramos. Un flechazo. Es muy guapa y muy dulce.

Melannie es la hija de Peter Gabriel. También, como vocalista, es parte de su banda en directo. Por fin, Melannie, me invita a comer a su casa. Quiere que conozca a su padre. Para mí es todo un honor y, por qué no decirlo, una responsabilidad.

La casa familiar de los Gabriel es un antiguo molino –rehabilitado- de la campiña british junto a un afluente del Thamesis del que no me acuerdo el nombre. Es un sitio bonito. Hay estudios de grabación –siempre llenos de africanos sonrientes tocando cacharros-, habitaciones para invitados, sobrios cuartos de baño con papel pintado (una manía protestante, creo), una pradera y un huerto ecológico donde brota el brócoli (se puede escribir la borrica aliteración “brota el brócoli”. Sí, se puede).

En la cena de los Gabriel hay mucho tofu y ensaladas de legumbres, hummus y lechuga. Soja. Zumos. Qué bien se está aquí…

Mi suegro, el tal Peter Gabriel, en la hora de la sobremesa, parece escrutarme con sus dulces ojos azules. Yo, un poco borracho por el licor de arándanos, me atrevo a decirle un tópico: “No pierde usted una hija, señor Gabriel: gana usted un hijo”.

Gabriel estalla en una risotada y me dice: “Oye ¿te gustaría tocar la batería con nosotros? Salimos de gira el jueves. Empezamos en el Palau, en Barcelona, Europa, tal vez España”.

“No entiendo de geopolítica señor Gabriel; pero, claro, sí; sería un honor”.

“Pues ensaya; que no tienes ni puta idea”.

Mientras, Melannie recoje los platos de la mesa y los lleva a la cocina. Al pasar tras de mí, me roza un hombro y sonríe. “Todo va bien”, me digo. “No puedo fallarle a esta familia”.

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