Escuchad a Calígula, malditos vasallos
Puedo destruir un país, pero no puedo cobrar un pequeño arancel
Cayo Julio César Germánico, apodado Calígula, se proclamó emperador del planeta el año 37 de la era común. La historia lo retrata como paradigma del poder absoluto, despiadado y arbitrario, sin límites morales ni leyes que acotaran su santa voluntad. “Recordad que tengo derecho a hacerle todo a todos”, decía a sus propios familiares y cortesanos para que no olvidaran ni un solo instante que su vida y sus haciendas dependían de un simple gesto suyo.
Humilló a sus vasallos, ejecutó a senadores, desterró a sus hermanos, nombró consul a su caballo y demostró que más allá de la crueldad lo que definía su poder tiránico era la imprevisibilidad. La angustia de no saber qué canallada estaba a punto de perpetrar en cada segundo de su imperio. Calígula gobernó durante cuatro años, los mismos, por cierto, que dura un mandato presidencial de EEUU.
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