Veinte interminables segundos
Vi cosas que no son bonitas
Julio apenas tiene 16 años. La tarde del domingo regresaba de pescar con su madre y un amigo. Acababa de atardecer y la noche avanzaba serena y fría. Entonces se dio de bruces con un revuelo de ambulancias que se dirigían hacia la Vereda de El Carpio y la estación técnica de Adamuz. Fue de los primeros que alcanzó el último vagón del Alvia, desplazado casi un kilómetro del impacto brutal que minutos antes había dejado un reguero de cadáveres y metales retorcidos sobre la vía del AVE.
Con 16 años los chavales se pasan el día sumergidos en el smartphone. Pero a Julio se le cruzó una pesadilla de dolor y espanto en medio de la oscuridad, según relata una crónica de Candela Ibáñez para El Mundo. El muchacho se quitó el abrigo, se desató los zapatos y se coló en el vagón para cargar en volandas con heridos jadeantes entre cuerpos mutilados y cristales rotos. “Vi cosas que no son bonitas”, dijo a la periodista con ese verbo inocente que aflora en los momentos decisivos de la vida.
La de Julio es una de las decenas de historias que ya quedarán atadas para siempre en el kilómetro 318,7 de la línea de alta velocidad entre Madrid y Andalucía. En apenas veinte segundos, la biografía de cientos de seres humanos saltó por los aires como páginas arrancadas de un cuaderno. Para todos ellos, nada volverá a ser igual. Ni la vida del lotero de Adamuz, que rescató a decenas de heridos en su quad. Ni la de la niña de seis años que perdió a toda su familia entre los amasijos del tren. Ni la de la mujer de Bujalance que vino a Córdoba a celebrar su cincuenta cumpleaños con los amigos.
Veinte segundos es poco más que un chasquito con los dedos. Un, dos, tres. Un instante en que la vida se adentra en una zona oscura y pueden suceder cosas que no son bonitas.
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