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Érase una vez Villanueva de Córdoba...

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Alejandra Vanessa

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Érase una vez un niño de sonrisa tímida y alma de carcajada. Un niño con una bicicleta verde y verde campo a la vista por recorrer. Un niño un poquito enmadrado, un mundo por delante a la vuelta de la esquina y un fondo olor a eucalipto. Érase una vez un niño que nació en Villanueva de Córdoba y al que llamaron Juan Javier Ríos Erruzo.

En Villanueva Juanja llevaba “una vida muy de pueblo”. Por la mañana estudiaba en el instituto y por la tarde quedaba con los amigos, cogían las bicis para dar una vuelta por los caminos y “hacer el cafre un poco por el pueblo”. Durante aquellos años la naturaleza era un pilar muy importante en sus vidas, los grandes momentos tenían lugar en el campo: las romerías, las merendolas, los paseos confidentes y las demás cosas bonitas. Vivía en un micromundo muy positivo, con mucha calidad de vida aunque la oferta fuese menor que en la ciudad. Tan a gusto se sentía allí que cuando se marchó con dieciocho años para continuar sus estudios, tenía miedo de “qué va a ser de mí en la ciudad”.

La adolescencia le marcó profundamente. De pequeñete era un niño muy recogido, muy de casa, tímido e introvertido. Al llegar al instituto se desinhibió mucho e incluso pasó a ser la mar de simpático. Como era otra vida diferente que antes no había vivido, “fui más yo, más alegre”. Irremediablemente, entró en la temidísima por los padres EDAD DEL PAVO: “¡Juan Javier, deja ya de decir gilp...!”, le reñía su padre. Por suerte o desgracia, la edad del pavo se le cortó de raíz a consecuencia de un accidente de moto que tuvo: fractura del maxilar superior + placa de titanio. Todo porque iba por la calle como los locos, sin casco ni nada. Ahí se dijo: “Juan Javier, ¿qué estás haciendo? Párate un poco...”, y continuó con la misma alegría pero con el pavo aparcado.

Hoy día, en Villanueva de Córdoba hay cine y teatro puntualmente, pero en ese entonces, serían los años noventa, en un pueblo de diez mil habitantes, que no es chico pero tampoco grande, los divertimentos de la juventud eran simples: salir con los amigos a pegarle patadas al balón a la calle, “que te riñan los vecinos”, a jugar al lata-lata en la puerta de tu casa, “que te riñan los vecinos”, quedar un sábado tempranito los amigos con las bicis para pasear, que te riñan... ay, no, por eso no te reñían.

Será porque el pueblo tenía menos recursos que la ciudad, cuando Juan Javier visitaba Córdoba (iba puntualmente al dentista) miraba a los niños con recelo “tenéis de todo y yo no tengo nada”, pero con todo y con eso él era feliz con aquella vida. Los niños cordobeses podrían tener muchas cosas pero ninguno la sensación de libertad absoluta que vivir en un pueblo permite a los niños: las jornadas en el pantano durante la primavera al lado de las vías del AVE con tu bocata, por ejemplo.

Si hablamos de fiestas, la fundamental para él es la romería de mayo en honor a la Virgen de Luna, que comparten con Pozoblanco, y que viene con una Feria chica. “Es preciosa porque están los campos en flor”. Una romería para compartir un perol con la familia y los amigos debajo de una encina. Una fiesta muy sana en la que incluso confidencias compartían con los amigos.

Las navidades no las vivían tan festiva y alborotadamente como en Córdoba, todo era allí más austero y discreto, pero con mucho encanto. La esencia navideña: pasear con los amigos “por esas calles” y reunirse en la casa de uno entorno a la candela para tomar unos polvorones.

La Feria de agosto no puede quedarse atrás, incluso la de los pueblos vecinos. Se celebra en una zona que se llama “El Calvario”, lugar característico porque está lleno de eucaliptos. Cuando Juanja pasea por otros lugares y le llega aroma a eucalipto, su mente se va a la Feria de Villanueva con sus padres a mediodía de más pequeñito, con los amigos bailando sevillanas o por las noches con su hermana, “nos dejaban un ratito hasta las doce de la noche y nos reuníamos en el palo de la Feria”, donde todo el mundo quedaba para recoger a sus niños.

Ay, de las Ferias de los pueblos de alrededor, ¿qué sería de los veranos sin la ruta de las Ferias? En una ocasión sus amigos y él fueron a la Feria de Pedroche, dormían en el campo de un amigo, pero el coche lo dejaron en las afueras para evitar el follón del gentío. Entraron en Pedroche andando y “tú sabes, noche de feria, un amigo se lió con una, en fín, que vamos a recogernos”. Así que decidieron volver al coche, que aparcaron en lo alto de una curva. Para llegar tenían que atravesar una carreterita que hacía una curvita y desde la que se veía el pueblo, una curvita como la que aparece en el anuncio del turrón, vamos. A esas alturas y con el pavo no muy lejos, estaban ya afectadillos, unos más que otros, y el campo que tenían que atravesar estaba totalmente oscuro. Cuando echaron a andar, el que iba primero dijo al rato: “¡que me he caído”, “pues vaya tela”, se quejó el segundo y al momento: “puf, adiós, que yo también me he caído”, y se cayó el segundo, y al caer también el tercero, Juanja, que iba el último, pensó: “este tío está gilip... cómo se puede haber caído”, y toma, se cayó él también. A uno le tuvieron que dar puntos, otro se arañó y, desde entonces, se les conoce en el grupo de quince amigos como los cuatro que se cayeron.

Pasado el tiempo, a sus veintinueve años, Juanja recuerda y siente Villanueva de Córdoba en la paz y sosiego de la dehesa con el encinar. Echa en falta la comida de mami (uno nunca deja de enmadrarse) y los bollos de canela, riquísimos para tomar en el desayuno. Pero lo que más le pone la piel de gallina, el olor que le hace sentirse en un hogar, un hogar que es su casa y son sus calles, es el de la leña de encina de los braseros desde que baja del coche. Cada vez que puede va a Villanueva porque allí tiene prácticamente a todos sus amigos, por el buen rollo que se respira, porque si quieres ver a alguien sólo tienes que salir a la calle y tocar a su puerta y porque “si no pudiera ir me dolería en el alma”.

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