Érase una vez Majaneque...

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Érase una vez un niño tan tímido, tan tímido, tan tímido, que quién lo conocía pensaba: "qué raro, raro, raro" (utilícese el tono del Papuchi, fallecido padre de Julio Iglesias). Este niño se llamaba Francisco Javier Montoro y vivía en el pueblo de Majaneque, que técnicamente es una barriada cercana al municipio de Villarrubia, rondando la zona del emblemático aeropuerto de Córdoba.

La vida en Majaneque era cómoda, "vivir en un sitio apartado de la ciudad", pero también un poco aburrida. Si eras un niño y no te gustaba jugar al fútbol, ya no quedaban muchas más opciones de ocio, y el transporte resultaba un poco complicado. En otras palabras, podías dividir Majaneque a partes iguales en tranquila y aburrida.

El instituto lo estudió en Córdoba, iba y venía todas las mañanas, así que pronto comenzó a descubrir cosas. Al finalizar las clases quedaba con sus amigos, iba al conservatorio donde tomaba clases de piano, a la escuela de idiomas, "la cosa era no estar parado".

Los niños de Majaneque estaban más cerrados en círculos, iban al instituto del pueblo de al lado. Fran veía en Córdoba a gente más variada, más diversa (es incluso una cuestión de estadística). En Majaneque, lo que hacía uno lo hacía todo el mundo, "la gente es más igual en los pueblos". En Córdoba, al ser un poquito más grande, si no le gustaba lo que hacía un grupo, podía unirse a otro. Por ejemplo, en Villarrubia los niños jugaban al fútbol, y a él no le gustaba, en Córdoba podía ir con otros niños al cine; y la ciudad le proporcionaba más actividades o excursiones, "estaba más entretenido". Durante un tiempo incluso visitaba una Asociación de Jóvenes que había en un centro cívico cercano al instituto.

De pequeño, Fran era el típico niño que no tenía amigos en el cole. Además era "muy repelente", muy empollón, muy de quedarse en el recreo leyendo solo y no salir a jugar. Fue en la época del instituto cuando, al encontrar gente más afín, se abrió un poco más y se volvió más simpático, "ahora soy una persona dicharachera", pero de pequeño "una ratilla de biblioteca".

Con su hermano, más deportista, se llevaba muy bien pero les gustaban también cosas diferentes. De pequeños se pasaban el día jugando con la bicicleta, "teníamos una cada uno y la cogíamos". Cuando crecieron, a partir de los doce años o así, se distanciaron porque el círculo de amigos de ambos era muy distinto.

Su pasión por los libros se hizo patente desde las primeras clases. Las maestras de Villarrubia le sugerían libros y su madre se los compraba porque sabía que es lo que le gustaba. Por eso mismo lo apuntaron al conservatorio y le compraron un piano, "mi madre siempre ha intentado estimularme con las cosas que me gustaban". Cuando él contaba sólo con tres años le dijeron a su madre que lo llevaran al psicólogo: "este niño no juega al fútbol, este niño no hace nada", le insistían, echándose las manos a la cabeza. El psicólogo, hombre sabio, le recomendó que lo dejase tranquilo, que cada uno tenía sus gustos y que no le diese mayor importancia.

Digamos que todos estos rasgos eran los que marcaban su personalidad, una personalidad muy fuerte y marcada. De hecho, en el colegio, con esos mismos tres años, les mandaron colorear una virgen "y yo decía que no lo quería pintar", empezó a llorar como un descosido y tuvieron que llamar a la madre y todo, "era raro, yo era un niño muy raro, yo era muy raro, yo era muy raro muy raro", y raro en el mal sentido porque puede gustarte algo pero puedes ser más tolerante con la gente, conste que no lo digo yo, que Fran me lo ha contado. Para deciros que ni una trastada hizo de niño... "las hago más ahora".

Una cosa que le encantaba de pequeño era ir a misa. Lo ponían a leer y le gustaba mucho porque le parecía una cosa muy bonita y las mujeres mayores le decían "oy, qué bien lee, qué bien lee la Biblia", y a su madre: "Toñi, tu hijo lee la Biblia de bien y qué bueno es", y eso le flipaba. Porque, está claro, Fran tenía la autoestima muy baja, "por eso quizás me relacionaba poco", así que cualquier palabra bonita referida a él le entusiasmaba. Con ocho o nueve años decía que iba a ser cura pero luego se dio cuenta de que había más cosas y ya la Iglesia dejó de pisarla.

La fiesta más conocida de Majaneque es la verbena popular que se monta en verano, "como en el resto de barriadas". Sin embargo, la fiesta que él más disfrutaba era la Navidad. Todos los niños pedían por las puertas chucherías o dinero, "aquí en la ciudad no pides por el centro el aguinaldo", son el tipo de costumbras bonitas que en los pueblos se siguen conservando y que si, en una ciudad algún día las hubo, se han ido perdiendo o sustituyendo por moderneces.

Vivir en Majaneque le ha hecho valorar las dos caras de la moneda. Vivir en la capitales está genial porque hay mucho movimiento, pero también aprecia estar tranquilo, que la gente se conozca toda y tenga mucha relación. Por ejemplo, si en la ciudad te pones malo, vas a la calle y a lo mejor la vecina se entera; en Majaneque se entera toda la calle, todo el mundo te pregunta y "con todos tienes conversación". Si una persona mayor se pone mala y no tiene coche, "seguro que la lleva alguien al médico o al hospital". Majaneque le ha enseñado a valorar la ayuda entre unos y otros, a conocer a los vecinos cuando ha llegado a una ciudad por si necesitan algo, ayudarlos.

Aunque ha sido muy feliz con todo lo descubierto fuera, no puede olvidar su bonito arroyo, su agente y sus gallinas, los animales, el huerto grande de la abuela, "el ambiente rural que hay en Majaneque". La calle invadida por los juegos con sus primos, "no pasan muchos coches", las manos de su abuelo en los tomates, recolectando en la huerta, él perdido entre los árboles...

El campo, con sus ruidos y sus silencios.

Pincha y escucha cómo todos los vecinos unidos lucharon contra el fuego en casa de Fran.

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21 de noviembre de 2013 - 07:07 h
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