Aquella última vez: la gran noche de Reyes

Reyes, en la última visita del Sevilla Atlético a El Arcángel | ÁLEX GALLEGOS

Es 20 de abril de 2018. Son las nueve de la noche. Es viernes, día impropio con hora no habitual. Así funciona el fútbol hoy por hoy. Pero poco importa. La cita es realmente importante. De ahí que muy pocos se la pierdan. Los focos iluminan el césped, sobre el que unos y otros esperan a que el balón eche a rodar. En las gradas el ambiente es similar a un partido de más altos vuelos. Ninguno de los equipos pugna por el ascenso o, como mínimo, el play off. Muy distinta es la realidad. Ambos están en la zona baja de la clasificación, de la que muy difícil tiene salir el visitante. Vencer o (casi) morir: en éstas se encuentra el local. Este último es el Córdoba, que a seis jornadas del final del campeonato mantiene una carrera vertiginosa por alcanzar la permanencia. No es fácil ni mucho menos pero tiene el arma con que sueñan todos los demás. Es José Antonio Reyes, que esta vez no es un jugador más para el rival. Éste es el Sevilla Atlético…

Quizá pueda haber quien no lo recuerde pero el último duelo entre el Córdoba y el filial hispalense en El Arcángel es una especie de instante especial. El cuadro califal tenía la obligación de ganar, sí o sí, si pretendía seguir con el sueño de una salvación que apenas unas semanas antes tenía aspecto de imposible. Su adversario estaba mucho más desahuciado, y eso con la situación existente ya era decir. Probablemente nadie pensara en ello en los prolegómenos pero aquel choque tenía un significado diferente para más de un futbolista. Sobre el verde estaba José Antonio Reyes, que había sido el fichaje estrella del conjunto blanquiverde en un mercado de enero que después tuvo graves consecuencias… El utrerano, rescatado por Luis Oliver, tenía la tarea de dirigir al equipo entonces entrenado por José Ramón Sandoval ante el mismo cuya elástica un día, muchos años antes, defendió.

Llegaba el Sevilla Atlético al coliseo ribereño con ese halo de partido emotivo. Pero no sólo para el propio Reyes, que parecía estar a otra historia. Ésta era la que interesaba: la búsqueda del triunfo. Especial fue el encuentro también para sus rivales, chavales que miraban al veterano atacante como el chico que atiende al maestro. La admiración era normal pues ante sí tenían a una auténtica leyenda del club en que deseaban no sólo crecer sino forjarse un futuro. Fue con ese panorama como el utrerano terminó de destapar el tarro de las esencias con el Córdoba. Había dejado por el camino un buen puñado de kilos sobrantes, que en realidad nunca pesaron para destilar su calidad. Es la misma que mostró ese día en cantidades ingentes.

De repente, José Antonio Reyes se erigió en líder del conjunto blanquiverde. Aportó en todas las facetas pero sobre todo, como es lógico, en la ofensiva. Recobró velocidad y volvió a desbordar como antaño. Encontró huecos donde quizá nade más los veía. Sin embargo, su sello quedó principalmente al generar estrés competitivo a su rival. En el Sevilla Atlético, los jóvenes que soñaban con lograr acaso la mitad de lo conseguido por el utrerano. Debían de minimizar los efectos de un futbolista como ése mientras, al tiempo, mantenían muy presente la importancia de su figura. Y ahí salió claramente vencedor el atacante del Córdoba. Era de esperar, claro. Tanto trajo de cabeza a los chavales del filial hispalense que acabó por provocar una expulsión superada la media hora. Esa acción vino a desequilibrar definitivamente el partido.

Aquel 20 de abril de 2018 fue en cierto modo la gran noche de Reyes, que esbozaba sonrisas siempre que podía pero también protestaba como si de otro zagal se tratara. Pugnó con la humildad del que tiene que labrar su destino, que ya había escrito desde casi dos décadas antes. Trabajó como si todavía perteneciera a un Sevilla Atlético que el domingo (17:00) vuelve a El Arcángel para un encuentro muy diferente. Ahora están los dos equipos en Segunda B y el cuadro califal procura hacerse fuerte en la zona de play off. En el recuerdo, no obstante, está el 3-0 con que el conjunto blanquiverde dio un paso más hacia su épica salvación. Tanto como la desequilibrante actuación de un futbolista que tan rápido vivió que demasiado pronto se marchó.

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