Vida de un cura rural

Alejandro López Andrada, anoche en la presentación del libro en la Librería Luque. | MADERO CUBERO
Alejandro López Andrada publica la novela 'Los álamos de Cristo' con la vivencias del cura de Villanueva del Duque, Francisco Vigara

Con siete u ocho años, el hoy escritor Alejandro López Andrada tuvo una suerte de epifanía mística paseando a las afueras de su pueblo, Villanueva del Duque. Mientras sus amigos buscaban nidos o perseguían ranas, él se quedó mirando los troncos de una 12 de álamos a los que sobrepasaba una enorme encina. En la mente fértil y panteísta de aquel crío, creyó ver a los 12 apóstoles y a Cristo en un paisaje de bosque de ribera. Su visión se la contó al cura rural de su pueblo, Francisco Vigara, que ya le había impresionando desde el púlpito. Siete décadas después, de ambos encuentros nació un libro, la novela Los álamos de Cristo, publicada por la editorial Trifaldi y centrada en la figura de Vigara.

“No soy un beaturrón. No quiero que se entienda mal. No hay nada que se aburra más que los beaturrones en esos púlpitos encalados”, dijo anoche el escritor. “Se ha interpretado mal este libro, me han dado por izquierda y por derecha. Pero a ninguna de ellas ha venido nunca ningún cura. Y eso que este hombre es una gran persona”, constató en la presentación en la librería Luque. “Se ha interpretado mal este libro, me han dado por izquierda y por derecha. Y a ninguna presentación ha venido nunca un cura. Y eso que este es un gran hombre”, dijo en referencia al párroco.

Todo el libro es un cúmulo de vivencias personales y noveladas sobre un niño -el propio escritor- que vive obnubilado por un paisaje que le sobrecoge y una mente fértil para dejarse llevar por el lado más mágico -y luego, espiritual- de la realidad. “Yo soy una persona profundamente religiosa pero a mi manera. Yo creo en el Cristo hecho hombre, en el dios de los pobres, no en los que nos han vendido luego”, defendió.

El cura rural Francisco Vigara podía o no creer en el mismo dios que el escritor, aunque desde luego vivía en un pueblo pobre en un momento muy pobre, el de la profunda posguerra de los Pedroches cordobeses. Pero en la páginas del libro, el religioso recuerda con claridad distintas anécodtas que dibujan un paisaje en el que la miseria del momento daba paso a todo tipo de ejemplos de solidaridad, empatía y ternura. Como el equipo de fútbol organizado por el párroco que, con alpargatas y un solo balón, terminaría jugando en la misma era que usaban los campesinos y donde hoy se encuentra el mismo campo de fútbol del pueblo.

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