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¿Sueñan las ovejas con Cervantes y las cabras con Marx?

Pablo Santiago Chiquero

Marta Jiménez

29 de agosto de 2026 19:57 h

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La luz cegadora de agosto cae sobre los campos de olivar de la comarca del Guadajoz en la provincia de Córdoba. Los tonos tierra y amarillentos del paisaje que resiste bajo el sol despiadado se asemejan a los campos de color de un cuadro de Mark Rothko.

Al final de una carretera que parece derretirse se llega a Valenzuela, uno de esos pueblos andaluces de menos de mil habitantes -situado en la frontera de Córdoba y Jaén, en la Campiña Este- por los que nunca se pasa de camino a alguna parte. Al que se va porque hay un motivo.

Y uno bueno es la novela de Pablo Santiago Chiquero Cervantes para cabras, Marx para ovejas (Maclein y Parker, 2018), una fábula tan idealista como llena de amor a los clásicos, además de una de las sorpresas lectoras de los últimos años.

Su autor, quien se siente muy de este lugar en el mundo, aunque esté afincado en la alemana Heidelberg desde hace años, ha convertido a su pueblo en un lugar llamado Abra en su primera novela, colocándolo en el mapa literario.

En el camino empinado y tranquilo que corona Valenzuela, S. Chiquero contempla un ancho horizonte donde se divisan Espejo, Baena, Porcuna y el parque arqueológico de Torreparedones. El periodista y novelista ha logrado una pequeña gran hazaña: que un relato rural y utópico se convierta en un fenómeno de culto entre libreros y lectores.

Pablo Santiago Chiquero mira hacia Abra (Valenzuela)

Sus ovejas y sus cabras lograron burlar las rigurosas leyes del mercado editorial sin el respaldo de un gran grupo, convirtiendo a la novela en un imparable éxito de venta prolongada que va por su vigesimosegunda edición gracias al boca a boca (o boca-oreja).

“Los libros tienen su propio camino”, sentencia Pablo con toda la tranquilidad y la sabiduría de quien conoce que esas son las leyes de la literatura y de la vida. “Es inútil que intentes forzarlo con campañas o notas de prensa. El libro es como un hijo que ya ha cumplido la mayoría de edad: se independiza y hace su propia vida”.

Ese camino saltó de la recomendación entre lectores a los clubes de lectura de las bibliotecas, y de ahí a las librerías independientes de Sevilla, Madrid, Vigo o Córdoba, que empezaron a colocarlo en sus estantes preferidos, no por exigencias de marketing, sino por puro amor a su prosa tan bien defendida y recomendada por los libreros.

“En Madrid la obra se ha leído muchísimo”, informa su autor, “más que en Córdoba y en Andalucía”. Hoy, la novela ha cruzado fronteras, fue traducida al francés y se encuentra en pleno proceso de traducción al ruso bajo el sello de una editorial de Moscú, “a pesar de las complejidades políticas del momento”. ¿El secreto? Un título magnético y descolocador a la vez, como esas portadas de vinilo que empujaban a comprar un disco sin haberlo escuchado antes.

La poética idea de las cabras y las ovejas germinó en la Asociación para la Defensa del Burro, Adebo, en Rute, donde su carismático impulsor, Pascual Rovira, solía hacer Conciertos de Rebuzno, esto es, música en directo dirigida a sus burros.

Hasta que un día quiso probar con las cabras y organizó un homenaje poético-musical a un rebaño caprino. “Pablo, no te puedes imaginar lo atento que estuvo el rebaño a la música del cuarteto y a los poemas”, confesó Pascual al escritor con los ojos brillantes.

Esa imagen quedó flotando en la cabeza de S. Chiquero y años después, aquella anécdota se fusionaría con sus propias obsesiones literarias y políticas para alumbrar el motor de su novela. “La literatura consiste en hacer conexiones, en meter ingredientes dispares en un puchero y ponerlos a hervir”, sonríe el autor.

De este modo decidió cruzar las dos grandes utopías de su vida: el idealismo quijotesco y el socialismo marxista a través de una sutil correspondencia zoológica y filosófica: las cabras, individualistas por naturaleza, escucharían la lectura de Cervantes; las ovejas, dóciles y gregarias, atenderían las páginas de El Capital de Karl Marx en un pueblo cordobés durante la II República.

Dibujo de Mateo con sus cabras y ovejas, regalo de un lector, junto a un ejemplar de la novela

En el corazón de la novela está Mateo, un cabrero de Abra, nombre imaginario del lugar, aunque tomado de las monedas antiguas acuñadas en este entorno prerromano. El pastor está dotado de una brillante inteligencia natural, pero atrapado en un entorno que lo lleva a encamarse: a meterse en la cama y despedirse de la vida quien sabe si durante meses, años o para siempre.

Paradójicamente, esta es una novela llena de vitalidad que comienza con una depresión. Porque del letargo crónico a Mateo lo rescata el Quijote. Se lo presta el nuevo maestro del pueblo, don Lázaro, un docente formado en el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza.

Recuperado el aliento, el pastor decide llevar la lectura en voz alta a su rebaño, ideando un falso experimento veterinario sobre el aumento de la producción de leche gracias a las letras, y logrando que todo el reticente pueblo de Abra comience a leer.

En el amplio espacio, hoy convertido en salón, que fue la tienda de ultramarinos de sus padres, junto a la iglesia de Valenzuela, Pablo S. Chiquero habla sobre el origen de la oralidad de su novela, una de las joyas de sus páginas.

“Aquí vivíamos nosotros arriba y abajo la tienda era el verdadero centro social del pueblo. Venían las señoras, se sentaban en un banco de rejilla a echar la mañana y te contaban sus vidas: duelos, bodas, chismes. Era un teatro diario”, resume el escritor.

Esa infancia rodeada de voces, expresiones vivas y la elocuencia de la gente sencilla fue la verdadera escuela literaria de Pablo. Más tarde, durante sus años de universidad en Sevilla, el escritor conoció al pintor y poeta del Grupo Cántico Ginés Liébana, quien había vivido en Valenzuela en los años treinta y cuarenta. Este le regaló una frase que le obsesionó y que también fue determinante para el tono del libro: “Pablo, cuando yo era joven, la gente de tu pueblo hablaba todavía el español de Cervantes”.

Chiquero tardó años en asimilar otra recomendación de Ginés, la de tomar distancia antes de escribir sobre su tierra. Y fue en Alemania donde consiguió recuperar ese vocabulario sonoro, andaluz y clásico, donde las paredes son “enjalbegadas” y los finales trágicos se definen llanamente como una “gran cagada”.

Pablo S. Chiquero en el hoy salón que fue la tienda de ultramarinos de sus padres

La pasión por la lectura del escritor se había fraguado en esos veranos lentos y felizmente interminables de su adolescencia en Valenzuela. “¿Qué hace un adolescente aburrido en un pueblo sin internet? Leer”. Con 15 o 16 años, mientras sus amigos se bañaban, él pasaba las horas al borde de la piscina devorando libros de José Hierro, Saramago, Hemingway o Vargas Llosa, prestados de la Biblioteca Municipal o sacados del Círculo de Lectores que abastecían a la casa familiar.

Pablo confiesa con emoción que para él la lectura no es un mero pasatiempo burgués para conciliar el sueño, sino “es una fuerza transformadora que empuja inevitablemente a la acción y a la rebelión personal”. Tal vez por eso, el choque utópico que plantea su novela, entre el quijotismo andaluz y el marxismo romántico, resulta tan reconfortante para el lector contemporáneo.

Cervantes para cabras… no es un ejercicio de nostalgia, sino una fina radiografía de la ruralidad republicana desde un rincón de la Córdoba de los años treinta. Un homenaje directo a los maestros republicanos que intentaron llevar la cultura al analfabetismo del campo frente a la miseria y la incomprensión de las élites agrarias.

Frente a ello, el cabrero Mateo funda la Ínsula Esperanza, una comuna agrícola y ganadera colectivizada, inspirada en la Ínsula Barataria, aquel territorio imaginario del Quijote donde Sancho Panza es nombrado gobernador.

Aunque hubo otra inspiración no ficticia. Chiquero revela que se basó en unas memorias manuscritas de su tío (hermano de su madre), quien relataba que en un cortijo de la zona de Valenzuela se formó una colectividad agraria real durante los primeros meses de la Guerra Civil, al igual que en otras cortijadas de la campiña cordobesa.

Santiago Chiquero con sus padres delante de la casa familiar

La novela también reivindica el papel de las mujeres de la época, tan invisibles en la historia. Mientras los hombres se refugiaban en la taberna y soñaban con revoluciones abstractas, eran las mujeres —la madre de Mateo, Conchita o las propias prostitutas de la Venta del Buitre— quienes sostienen el pueblo con un gran pragmatismo en la novela. “En Valenzuela, históricamente, la mujer ha sido el motor de la reivindicación social y del sentido común”, apunta Pablo.

La Córdoba de la capital, la de las tabernas, las callejuelas y la sombra de Julio Romero de Torres también es un satélite de la quijotesca novela, que utiliza títulos explicativos y largos para los capítulos, muy típicos de la novela caballeresca.

Por sus páginas desfilan cameos de un jovencísimo torero Manolete, “tan guapo, vestido de corbata, irradiando esa belleza andaluza en los mostradores”, de Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí, de Miguel Hernández o de Ramón J. Sender.

Entre los muchos que se han enamorado de esta novela está el actor Antonio Resines, quien compró los derechos para el cine. El propio intérprete llegó a presentarse por sorpresa en el pueblo para tomarse una cerveza en el bautizo del hijo menor del autor.

Por desgracia, la pandemia, la salud de Resines y las complejidades de financiar una producción de época impidieron que el proyecto llegara a las pantallas, por lo que los derechos regresaron al autor. “En el cine las cosas dan muchas vueltas, pero la película está ahí escrita en cada página”, asiente Pablo con sonrisa deportiva.

Pablo Santiago Chiquero

A pesar de su éxito, el autor no tiene la menor intención de dedicarse en exclusiva a la literatura. Mantiene los pies firmemente asentados en la tierra de Heidelberg, donde vive con su mujer y sus dos hijos, trabajando en una empresa de tecnología aplicada al sector energético. “Para eso soy demasiado pragmático y quiero estabilidad económica para mi familia”, confiesa.

Pero sigue escribiendo. ¡Aleluya, el carro de Celso!, fue su segunda novela, publicada en 2022 también con la editorial sevillana Maclein y Parker. Una historia ambientada en la durísima posguerra andaluza e inspirada en los santeros, unos seres que caminan entre el milagro y la picaresca rural.

Su próximo gran proyecto, aún lleno de cautela, es otra ficción que promete ser su obra más ambiciosa: un gran novelón de amor y sombras ambientado en Abra en el año 1903, cuando llega la luz eléctrica al pueblo. Se desarrollará a lo largo de veintitrés años, explorando cómo la llegada de la luz transformó las noches del campo, y cómo el amor, con sus propias luces y sombras, sigue siendo la única utopía por la que merece la pena levantarse de la cama.

En la despedida, tras varias horas de caminar y charlar, se aprecia cómo el rumor del pasado parece resistirse a la despoblación de Valenzuela, uno de esos lugares que apunta con tristeza a la Andalucía vaciada. “A este pueblo le falta un concepto”, reflexiona Pablo. Tal vez sin saberlo, su obra se lo esté dando.

Al igual que los fragmentos de cerámica íbera que aún emergen entre los olivos de la campiña, sus novelas despiertan algunos ecos grabados en la memoria de la tierra.

Y mientras persista la fe en los clásicos y alguien se detenga a leer en medio del campo, en voz alta o para dentro, los libros mantendrán su poder para llamar a la acción y transformar nuestra realidad. O esa es la utopía.

Momento de la entrevista con Abra (Valenzuela) al fondo
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