Leo & Leo y su pase a la semifinal
Mientras el fragor del Mundial mantenía a ¿media? España pegada al televisor, una selección cordobesa de la otra ¿media? quiso vivir en el Teatro Góngora, dentro del FGC y sin transistor pegado a la oreja, una nueva variante de “revolución social” de nuestro tiempo: la de la elegancia.
Según el filósofo cordobés José Carlos Ruiz, que ha estudiado en profundidad esta cualidad que va más allá de lo superficial, la elegancia es un equilibrio entre armonía, serenidad y contención, unida a seguridad, gentileza, profundidad, buen gusto y misterio. El saber elegir bien en el contexto adecuado. Y todos esos ingredientes los manejan con soltura Leo Sidran y Leo Watling, quienes fluyeron a través del pop sofisticado y el jazz suave en una velada convertida en una lugar feliz para cualquiera.
Leo Sidran describe sus composiciones como estructuras de la “vieja escuela” con formato de estándar de jazz clásico. Y Leonor Watling confesó en Córdoba que fue ella quien eligió sus canciones favoritas del músico para llevarlas a dueto en su disco conjunto, del que parte esta gira. También fue ella quién nos narró el primer gol de España en Los Ángeles, con su pinganillo como fuente.
El proyecto Leo & Leo es el resultado de una afinidad artística cultivada durante años entre la actriz y cantante y el músico norteamericano. Ambos comparten mucho más que un nombre y una admiración recíproca que se fraguó poco a poco. Sidran, hijo del legendario Ben Sidran, creció entre sesiones de grabación con figuras como Dr. John, mientras que Watling ha logrado liberarse de las angustias que asolan a las mujeres de su generación al cruzar los 50, como gran tratamiento de autoconocimiento creativo y de vida.
Sobre las tablas, acompañados por la impecable The Groovy French Band —formada por Max Darmon al bajo, Paul Sany al piano y Romain Bouiges a la batería—, desgranaron los temas de su álbum grabado en apenas tres días. Sonaron piezas propias como la preciosa Nobody kisses anymore, la melancólica Entre chien et loup, con aullidos incluidos, o la esperanzadora Somehow they understand, una comedia romántica hecha canción que escribieron juntos por WhatsApp, o la energética Wake up SoSo.
No faltaron las versiones, donde Watling demostró su versatilidad interpretando Con toda la palabra de la franco-canadiense-chilena Lhasa de Sela, única canción en castellano de la noche, o el dulce Caramel de Suzanne Vega.
En un ambiente íntimo y enfrentado a la tiranía de la inmediatez, rompiendo distancias con el público y llenos de complicidades, hubo destellos de blues, ritmos del Sena, reggae e incluso gospel, bebiendo de las tradiciones musicales blancoafroamericanas y de la canción de raíz latinoamericana. Aunque una no podía dejar de sentir la conexión estética con la banda de Watling, Marlango, con su jazz, pop y cabaret donde, al igual que aquí, ella brilla con solo poner un pie en escena, con solo abrir la boca.
Esta conexión real entre ambos que Leonor define como “el arte de encontrarse”, permitió que las canciones fluyeran con una naturalidad asombrosa, lejos de cualquier postureo innecesario, con mucho talento y honestidad en tiempos de hipérbole generalizada.
Fue un partido ganado desde el respeto a la composición, dejando claro que, aunque el mundo exterior estuviera pendiente de un balón, este equipo seguirá jugando y llevando al público a mundos interiores alejado del caos y de la polarización, para recordarle que la elegancia, por ahora, continúa estando entre nosotras. Para rematar semejante estado de gracia, una vez pitado el final de este partido sofisticado sonó gol en las calles de la ciudad.
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