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El cine de Josefina que llevamos dentro

'Función de noche' (Josefina Molina, 1981)

Marta Jiménez

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La muerte de Josefina llegó por una pantalla, pero inmediatamente su voz se coló en mi cabeza. Esa voz que siempre te atrapaba. Una voz de gran elegancia, con la profundidad de una mujer atemporal. Recordé su timbre pausado, envolvente y con una calidez que arrastraba la cadencia de la niña y adolescente del barrio de San Pedro que fue, combinada con la seguridad de quien sabe exactamente qué quiere contar. 

Pasé algunas tardes de radio con ella. Su voz, sus encuadres, su discurso feminista y su arrojo me han dejado, como a tantas de nosotras, la huella de Josefina dentro. Alguien que nos ha revolucionado la vida en lo fundamental: en la forma de mirarnos a nosotras mismas.

Llevábamos algunos años intuyendo la partida de Josefina Molina. La enfermedad la había apartado del mundo años atrás y por esa intuición, además de por justicia poética y cinéfila, el pasado diciembre decidimos profundizar en su cine y su figura en CINEMA 25, la Semana de Cine de Córdoba. 

Organizamos una sencilla charla en el CRV titulada Enfocando a Josefina, a la que acudieron su amiga Celia Fernández Prieto -quien junto a su marido, Carlos Castilla del Pino, estuvieron siempre cerca de Josefina-, y sus colegas cineastas Pilar Monsell y Pilar Crespo, conmigo a la batuta de esta orquesta de cámara. Apenas vinieron diez personas. Es verdad que era un día laborable por la mañana, pero no es menos cierto el desdén con el que la ciudad suele tratar, como pauta, a sus hijos ilustres. No hablemos ya de sus hijas. 

Y en esa intimidad, se nos quedó el recuerdo de una conversación memorable gracias a la espontaneidad y a la profundidad, a la admiración a todos los niveles hacia su cine y su persona. Resultó ser un último beso a Josefina.

Rememoramos a la pionera que con “mano de hierro en guante de terciopelo”, transformó la industria desde la honestidad y la inteligencia. Como ella misma dejó escrito en su autobiografía Sentada en un rincón: “A veces pienso que nos pasamos la vida intentando realizar los sueños que tuvimos de niños. Jugar con imágenes, contar historias, provocar emociones (...) es todo lo que yo he deseado verdaderamente”. El paisaje y la estética de esta tierra y de su casco histórico inspiraron muchos de los planos con los que jugaba.

Coindimos entonces en que había que tener valentía y seguridad en una misma para escalar el Everest que debió suponer ser la primera mujer graduada en Dirección en la Escuela Oficial de Cinematografía en 1969. Un hito político en una industria profundamente masculinizada y bajo el yugo de una dictadura.

Aunque ella siempre reivindicara con humildad que no fue la primera, que otras antes que ella, como Ana Mariscal o aquellas mujeres de la República que el exilio intentó borrar, lucharon antes en circunstancias adversas.

Josefina Molina.

Pero el triunfo de Josefina no fue solo entrar en esa habitación propia del cine, sino colarse en las salas de estar de la España de los 70 y 80 a través del teatro filmado con sofisticación. Ella fue la directora más trascendental del mítico Estudio 1 de Televisión Española. Hasta nuestras casas llevó obras de Ibsen, O’neill, Dario Fo o Allan Poe a la hora de cenar. Fue el caballo de Troya de los personajes femeninos complejos, tal y como resume ese hito histórico que conecta la televisión, el cine y el teatro: la adaptación de Cinco horas con Mario de Miguel Delibes.

Aquella mañana fría repasamos su legado inabarcable. Desde la vanguardia y la autoficción de Función de noche (1981), donde retrató a una generación de mujeres “estafadas por la dictadura”, hasta la excelencia de Teresa de Jesús (1984), donde humanizó a la santa bajo una mirada feminista. 

Coincidimos las tres en cuánto nos marcó Función de noche, con una Lola Herrera haciendo nudismo emocional en aquel filme tan experimental y vanguardista. Pilar Monsell habló de la modernidad de esta obra, de su audacia, de la disolución de géneros (ficción versus no ficción) y de lo vigente e inclasificable que continúa siendo esta película. La recuerdo hablar de la invisibilidad de la técnica. Contó cómo se colocaron espejos bidireccionales en el camerino y se escondieron las cámaras detrás de ellos para que los actores olvidaran que estaban siendo filmados.

Función de noche fue el espejo psicológico de todo un país. Lola Herrera en su catarsis no está hablando solo de ella, sino que está poniendo voz al trauma colectivo de millones de mujeres españolas de su generación. Josefina Molina utilizando el cine como arma política en plena Transición.

Monsell acabó conectando aquella película con la genereación de directoras a la que pertenece. Su impacto no fue una simple herencia estética, sino un legado político y de mirada. Josefina construyó los cimientos para que las cineastas de hoy pudieran filmar con una libertad que a ella le fue regateada. Su huella está en las películas de Carla Simón, Pilar Palomero, Alauda Ruiz de Azúa, Elena Martín o Estibaliz Urresola, además de la propia Pilar Monsell.

Al hilo de todo esto, conversamos mucho de cuánto hizo Josefina por defender un cine que debía aportar referentes femeninos porque “el audiovisual manda”. Por ello, fundó CIMA (la Asociación de mujeres cineastas y de medios audiovisuales) buscando sustituir la soledad de las pioneras por la sororidad del colectivo.

Tras una vida dando machetazos a la maleza patriarcal, Josefina despejó mucho el camino a las que vinieron detrás. Y por todo eso la llevamos dentro. Su cine representa la mirada descolonizada del patriarcado. En un mundo acostumbrado a cosificar el cuerpo femenino o a reducirlo a roles de santa, madre o pecadora, ella colocó la complejidad de la psicología femenina en el centro absoluto del relato. 

Gracias por cruzarte en nuestras vidas y quedarte dentro, querida Josefina, para siempre.

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