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20 de junio de 2026 19:59 h

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La última obra que ve la espectadora al final de la última sala de la exposición monográfica dedicada a Rita Rutkowski, en la sala Vimcorsa, tiene formato pequeño y se titula Lo que queda (2023). En ella, desde un campo de color rojo emerge una figura geométrica cuyo significado, como ocurre casi siempre ante las obras de la pintora, lo tiene que descifrar el ojo de quien lo mira. Inevitablemente el cerebro conectado a esa mirada piensa en la dificultad de los grandes formatos para una artista de más de 90 años. Pero también, en que tal vez algo de los ciclos de la vida esconde esa imagen.

La exposición, A train of thoughts (Un hilo de pensamiento), que reúne un total de 135 obras, entre pinturas, dibujos y bocetos de la pintora neoyorquina-cordobesa, a punto estuvo de titularse como ese pequeño cuadro: Lo que queda. Una verdad rotunda sobre su legado tras cinco décadas de trayectoria artística. Sin embargo, la decisión final acabó en un título más vital para una pintora cuya mente sigue funcionando como un tren en marcha, y donde el arte es una herramienta de exploración continua.

'Lo que queda'

Nacida en Londres en 1932, de familia polaca, pero criada en Nueva York -su ciudad-, Rita aterrizó en la década de los 50 en Europa gracias a una beca Fulbright. Si conseguir esa beca sigue siendo hoy igual que escalar el Everest del talento, hay que ponerse en el contexto de una mujer en los años 50 para darle a la hazaña el enorme valor que posee. Aquel viaje europeo la trajo hasta Córdoba, ciudad de la que se quedó enganchada y donde acabó viviendo desde 1959. Otra hazaña.

Ella supuso un contraste radical aquí. De hecho, a veces aún lo sigue suponiendo. “Una figura exótica”, tal y como la define durante el recorrido el crítico de arte Ángel Luis Pérez Villén. Una mujer formada en la metrópoli cultural del mundo aterrizando en una Córdoba que, aunque fascinante para ella por su riqueza cultural, era un lugar socialmente cerrado y miserable en términos de libertad profesional para las mujeres. La propia artista confiesa que durante años se sintió tratada como un “bicho raro escapado del zoológico” o “un fantasma”. Aunque una vez instalada, Rita siguió pintando sin importarle nada.

Trajo consigo el bagaje de la Cooper Union, una institución deudora de la Bauhaus y en un entorno artístico mucho más tradicional, ella representó la irrupción de la Escuela de Nueva York, inoculada por el surrealismo y el expresionismo abstracto de figuras como De Kooning o Arshile Gorky. Su obra dialogaba con las vanguardias históricas (Picabia, Duchamp, De Chirico) en un momento en que Córdoba apenas comenzaba a abrirse a la modernidad.

Se asomó a la pequeña puerta por la que se colaban esos ecos de otros mundos en la ciudad, a través de las exposiciones de arte contemporáneo en el Círculo de la Amistad, el lugar más moderno de aquella Córdoba a diferencia de lo que es hoy; de los cineclubes en este mismo espacio y de figuras como Carlos Castilla del Pino, quien no solo fue un amigo cercano, sino el intérprete que ayudó a que la sociedad de la época comprendiera la profundidad y la dureza de la propuesta estética de Rutkowski.

El psiquiatra definió su obra como “animista”. Según su visión, Rita tenía la capacidad de insuflar vida a cualquier objeto que tocaba, ya fuera inerte, metálico o vegetal; bajo su pincel, las cosas que no tenían vida adquirían de pronto una existencia orgánica o humana. La estrecha relación entre ambos, sumada al apellido extranjero de Rita y su costumbre de vestir de negro siguiendo la estética existencialista, alimentó rumores en la Córdoba de de la época que sugerían que ella era una espía rusa vinculada al entorno del psiquiatra comunista.

Visita guiada a la exposición de Rita Rutkowski

Pasear y reflexionar al fresco de esta exposición será posible hasta el próximo 5 de julio para poder, tal y como reza la frase de la pintora que cruza una de las salas, “entender el mundo que nos toca vivir. Comprender mejor la condición humana. Una búsqueda interior para poder profundizar al máximo en esa aventura que es el arte, que te lleva cada vez más a lo desconocido”.

Y si todo esto fuera poco sugerente, aquí van algunas claves a través de una selección de sus obras, ante las que se detuvo la comitiva ciudadana en la visita guiada por los expertos. Un paseo bajo la atenta mirada de una silenciosa espectadora llamada Rita Rutokoswki.

Imágenes en la calle (1958-1959)

'Imágenes en la calle'

Esta es una de las piezas fundamentales de la etapa inicial de Rita Rutkowski. Ubicada en la «sala negra» de la exposición, este espacio reúne obras iniciadas en Nueva York y finalizadas en Córdoba tras su llegada en 1959. Visualmente, la obra presenta una estructura abstracta que simula una torre envuelta en colores plomizos, los cuales Rita identifica como “el color de Córdoba”. 

La pintura es una síntesis de su transición vital: mezcla un fondo neoyorquino con elementos puramente locales, como unas ventanas negras que parecen “ojos negros” y que, según la interpretación de la autora, son elementos que simbolizan las miradas de las mujeres que observan constantemente desde el interior de las casas o en las calles de la ciudad, tal y como contó en esta entrevista de 2014.

La obra, que actualmente forma parte de la colección del Museo de Bellas Artes de Córdoba, es considerada “una pieza bisagra”, un paisaje reinterpretado bajo la óptica personal y el ánimo de la artista en aquel momento de cambio, influida por el expresionismo, el surrealismo y el existencialismo.

La persistencia de cierta imagen (1976)

'La persistencia de cierta imagen'

Las “criaturas de tormento” y el malestar existencial aparecen en sus obras de los años 70. Un expresionismo figurativo cargado de una profunda dimensión ética y existencial para centrarse en la condición humana.

Estas representaciones son la iconografía del dolor. No buscan la verosimilitud física, sino proyectar estados de sufrimiento, angustia y desolación a través de cuerpos deformados, rostros desdibujados y figuras en escorzos violentos que recuerdan a la tradición de Francis Bacon.

Una pintura que no es ajena a la realidad política. Obras como Homenaje a Chile denuncian explícitamente el golpe de estado y la violencia, mientras que El nuevo sol alude de forma crítica al régimen franquista. La pintura de la imagen bien podría representar la muerte del Che Guevara, asesinado en 1967.

En la calle (serie The Crash, 1986)

'En la calle'

La poeta Juana Castro dio la clave para entender esta serie, una de las más potentes y reconocibles de Rutkowski, centrada en la representación de accidentes automovilísticos. Su amiga poeta habló del “lirismo de la violencia”. A pesar de la dureza de los temas (sangre, huesos, accidentes), se impone su capacidad para usar el color (azules, malvas) para dar una dimensión poética al dramatismo de la escena.

Tras las imágenes, las huellas de J. G. Ballard y la sospecha de que tal vez David Cronenberg vio algunas de estas pinturas antes de rodar Crash una década después. Para la artista, estas obras no son solo una representación de chatarra, sino que simbolizan el “fin de una historia”. El choque representa un punto final en el que se captura un momento de crisis absoluta.

Lo orgánico y lo metálico se relacionan aquí abajo un tormento que parece no acabarse. El metal accidentado es tratado con la misma intensidad dramática que la de los cuerpos sufrientes de la etapa anterior, enfrentados en esta sala.

Un gran ejemplo del dominio de Rita para insuflar vida (el animismo mencionado por Castilla del Pino) a objetos inertes, convirtiendo un siniestro vial en una reflexión profunda sobre la existencia y su vulnerabilidad.

Doble imagen (1988)

'Doble imagen'

Esta figura y su correspondiente reflejo profundiza en la dualidad entre la realidad y su representación. La pintura aquí sirve como vehículo para explorar la dualidad filosófica entre el ser y el parecer.

¿Y cuál de las dos figuras es más real? ¿la humana o su reflejo monstruoso? Puede que ambas proporcionen información valiosa sobre el sujeto. Una pintura que evidencia el expresionismo larvado que siempre está presente en la producción de Rita, incluso en sus piezas de apariencia más sosegada.

Doble imagen funciona como una investigación sobre la disolución del «yo» contundente, sugiriendo que la identidad se compone tanto de lo que somos como de lo que aparentamos o reflejamos ante los demás.

Salto mortal (1987)

'Salto mortal'

Dos obras que funcionan como una sola explorando la resolución del tiempo y el espacio en un mismo plano. Tras pasar por las turbulencias dramáticas de los cuerpos atormentados y los coches accidentados, aquí cambia la paleta cromática para ofrecer belleza, elegancia, simpleza y magnificencia absoluta.

Una obra que parece simbolizar el riesgo de quien se juega la vida en el aire, pero también el riesgo artístico de una pintora heterogénea que no teme explorar extremos emocionales y estéticos opuestos.

Axis Mundi (de 1984 a 2013)

El grupo delante del montaje  'Axis mundi'

Este retablo Rutkowskiano lo componen 24 piezas que el comisario y sus asesores han titulado Axis Mundi (Eje del Mundo). Se trata de un montaje no convencional en esta exposición antológica, un riesgo que no acaba de convencer a la pintora, ya que sus obras podían “perder dignidad” al no ser vistas de forma individual y aislada.

La idea conceptual se basa en las teoría de las religiones de un eje axial que conecta tres planos: el inframundo (el interior de la Tierra), el mundo terrenal y la cosmogonía o los cuerpos celestes. Aquí se crea una estructura vertical de obras para representar este eje con imágenes de huecos en la tierra en la base, en un montaje que asciende a través de paisajes que se vuelven más espirituales y menos terrenales, utilizando representaciones de torres vigía, azoteas, terrazas y rascacielos.

El montaje incluye piezas de su serie sobre la ciudad dorada (Nueva York), bloques de pisos y torres que vigilan el mar. El objetivo era mostrar cómo la mirada de Rita se eleva desde el nivel de la calle hasta el skyline. Una metáfora visual de su trayectoria : un camino que conecta sus raíces más profundas con su aspiración hacia una pintura más espiritual, etérea y madura.

El escritorio verde y Libro y copa (1999)

Fotomontaje de 'El escritorio verde' y 'Libro y copa'

Preguntada al final de una visita donde la artista ha sido una espectadora más, sin enmendar la plana a los guías en ningún momento, reconoce que “en general” está contenta con la exposición monográfica que la ciudad le ha dedicado. Pero que no puede evitar ser “muy autocrítica”, ya que le cuesta ver “obras que no son redondas mezcladas con obras redondas, que son más bien obras intermedias, de puente”.

¿Y cuál es alguna de estas obras redondas? La artista responde sin dudar mirando hacia dos pequeñas pinturas que están en la sala donde nos encontramos, la parte de sus paisajes. “Estas son muy especiales”, pero no explica por qué. El escritorio verde recuerda a un archipiélago en medio de un mar caribeño, y Libro y copa es una abstracción que realmente parece pasada por un filtro etílico.

Los paisajes autorales de Rita Rutkowski jamás son copia de la realidad, sino un pretexto para contar cosas y transmitir emociones, donde una estructura abstracta puede representar el ánimo de la artista en cualquiera de sus estéticos ciclos vitales y que tiene la generosidad de permitir siempre al espectador adherir su propia lectura a una pintura que se defiende, siempre, siempre, por sí misma. 

Rita Rutkowski durante la visita guiada a la exposición
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