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El río de la vida: la Córdoba de Josefina Molina

Josefina Molina en 1968.

Marta Jiménez

8 de agosto de 2026 19:53 h

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Era un domingo cualquiera de 1951 o, tal vez, de 1952 y poco hacía sospechar que iba a ser una tarde crucial en la vida de una adolescente. Tenía quince años y se llamaba Josefina Molina.

Aquel domingo apuraba aprisa el postre del almuerzo familiar en su casa del barrio de San Pedro, en pleno casco histórico cordobés. Tenía el plan con su hermano Rafael de acudir a la sesión de las 15.30 del Cine Góngora. Proyectaban El río, de Jean Renoir, una película francesa con unos actores que no les sonaban de nada.

Llegaron corriendo, con el último bocado aún en la garganta, y puede que se sentaran con las luces ya apagadas y la linterna del acomodador iluminando la fila. Con el intenso olor a moqueta de aquellos cines del franquismo comenzó la película que le cambiaría la vida. “Apenas empezó, percibí algo distinto en la pantalla. El color no era brillante, pero sí creíble, con matices que no había visto nunca; los actores eran seres próximos y la historia era realmente un trozo de vida sin principio ni final que, haciendo honor a su nombre, equivalía a contemplar el paso de un río, disfrutando de su belleza en aquella porción de su curso, en un estado casi hipnótico. No pasaba nada y pasaba todo”, cuenta la propia Josefina en su autobiografía, Sentada en mi rincón (SEMINCI, 2000).

Interior del Cine Góngora en la década de 1950

Es imposible dejar de pensar en cuánto debió identificarse la joven Josefina con Harriet, la protagonista de aquella historia. Una joven británica de su misma edad que vive en La India, que pierde la inocencia y descubre la aceptación de la vida como un flujo constante donde “crecer duele”. Los paralelismos con la Josefina Molina de 15 años en la Córdoba de 1951 son profundos: mientras la protagonista de la película compite por afectos y se enfrenta a cambios inevitables en un entorno exótico a la vez que familiar, la joven cordobesa vivía en una ciudad “ensimismada y de espaldas al presente”, marcada por el ambiente gris de la posguerra y del integrismo nacionalcatólico. A pesar de todo y al igual que Harriet, Josefina descubría que la vida fluye sin pausa.

Para otro director de su generación, Martin Scorsese, El río sigue siendo una de las películas en color “más hermosas jamás hechas”¿Por qué tuvo tanta importancia para la futura directora esta película? Nunca lo supo muy bien, pero el hecho es que descubrió con ella la acción del director y su carácter decisivo. “Desde entonces no recuerdo haber dudado sobre lo que quería hacer: dirigir cine”. Lo único en su contra era que en España apenas existían mujeres directoras de cine. Pero quién dijo miedo.

Fotograma de 'El Río', (Jean Renoir, 1951)

La Córdoba inquieta: Cineclubes y el Teatro Medea

En aquella Córdoba de la juventud de Josefina, todo lo que sonaba a intelectualidad se pronunciaba con desdén. Sin embargo, en aquel ambiente gris de la dictadura, la futura cineasta inició el viaje a su estación destino, ser directora de cine. La primera parada y su gran refugio fueron espacios de debate como el Cineclub Senda, el del Círculo de la Amistad y el Círculo Juan XXIII. Los cineclubes eran los pocos espacios donde la escasa juventud inquieta de la época buscaba nuevos lenguajes y formas de compromiso.

En aquella Córdoba de la juventud de Josefina, todo lo que sonaba a intelectualidad se pronunciaba con desdén

Aunque era extraño encontrar a alguna mujer en estos foros, eran contadísimas las que acudían, ella aparecía de forma asidua en las proyecciones donde las películas servían como “pretexto para hablar de lo que pasaba en el país”, permitiendo analizar la realidad española desde posturas antifranquistas disimuladas bajo la invocación de valores humanos.

En el Cineclub Senda, ligado a la Iglesia de la Compañía en unos tiempos en los que la revolución se hacía desde dentro, conoció a Fernando Álvarez Nicolás, a quien Molina consideraba su maestro intelectual. Él la enseñó a analizar películas, a decantar sus gustos estéticos y literarios, y la ayudó a vencer el miedo escénico animándola a dirigir algunos coloquios y escribir en los programas.

Además, estos espacios la conectaron con figuras clave de la cultura y la resistencia intelectual de la época, como el doctor Carlos Castilla del Pino, que se convirtió en un gran amigo durante toda su vida, el pintor José Duarte (del Equipo 57), o los abogados y políticos Rafael Mir y Joaquín Martínez Bjorkman.

Su paso por los cineclubes y el bullir de ideas que se generaban en sus tertulias fue lo que desembocó en que Josefina fundara el Teatro de Ensayo Medea en 1962, con el que realizó su primera puesta en escena con Casa de muñecas, de Ibsen. El estreno fue en el Salón Liceo del Círculo de la Amistad, un recinto reservado entonces para las buenas familias y los terratenientes, que se llenó de público de todos los barrios. Se invitó a la ciudad sin cobrar entrada, por lo que bajo aquellos espejos y volutas barrocas, tal vez por primera vez, se extendió el tapiz de un público diverso ansioso por ver un montaje que era, en sí mismo, un acto de rebeldía cultural.

Los cineclubes la conectaron con figuras clave de la cultura y la resistencia intelectual de la época

Los conocimientos sobre análisis fílmico que Josefina aprendió en los cineclubes más la experiencia teatral fueron los que la futura cineasta aplicaría años después en sus exámenes de ingreso y trabajos en la Escuela Oficial de Cinematografía, donde se tuvo que enfrentar a un tribunal en el que formaban parte directores como Luis García Berlanga y José Luis Sáenz de Heredia.

Pero antes de tan crucial prueba, la joven audaz tenía que saltar la primera valla: convencer a su familia para volar a Madrid.

Café Siena. Plaza de las Tendillas. 1957

La familia y la semilla del feminismo

Si bien la vocación de Josefina se forjó en los cineclubes y en la Córdoba intelectual de mitad del siglo XX, su determinación tampoco venía del vacío. Su madre, de ascendencia catalana y de apellido Reig, fue una figura fundamental que se empeñó en que su hija aprovechara al máximo su educación. La familia, hecha a sí misma y que nunca pasó necesidades, regentaba un negocio de droguería y calzados. Un almacén en el que se vendían productos que escaseaban en la posguerra, como zotal, lana vegetal para colchones o sosa cáustica para hacer jabón y alpargatas.

En aquel caserón con tienda en su planta baja del número 20 de la calle Gutiérrez de los Ríos, hoy desaparecido, nació la cineasta. El negocio debió ubicarse en la esquina con la plazuela de Los Sousas, donde hasta hace unos años hubo una famosa herboristería. Josefina recuerda en sus memorias estar sentada en el mostrador del comercio mientras su madre atendía a mujeres humildes y mutilados de guerra. El mostrador también formaba parte de sus juegos; su hermano Rafael se escondía allí en sombras para asustarla personificando al monstruo de Frankenstein.

Ver a su madre regentar el negocio familiar con éxito durante la ausencia de su padre —y su talante arriesgado para conseguir comida durante el racionamiento—, la hizo comprender desde niña que una mujer era perfectamente capaz de desempeñar las mismas labores que un hombre. Esa observación fue la semilla de su feminismo: “En algún momento debí decidir que el hecho de ser una niña no iba a impedirme hacer nada de lo que quisiera”.

“En algún momento debí decidir que el hecho de ser una niña no iba a impedirme hacer nada de lo que quisiera.

Sin embargo, cuando terminó el bachillerato y anunció que quería ir a Madrid al Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, la reacción de su familia fue de asombro y escepticismo. Sus padres la miraron “como si fuera transparente” y le rogaron que estudiara una carrera convencional, pues el cine les parecía un “mundo de perdición”.

Para no escandalizarlos, Josefina se marchó en 1963 con el pretexto de estudiar Ciencias Políticas, aunque su verdadero objetivo era la Escuela de Cine. Incluso cuando ya estaba en Madrid, sus padres seguían invitándola a dejarlo: “Vente a casa” era el cierre habitual de sus cartas, incapaces de confiar en que aquel camino tuviera futuro para una mujer.

Esquina donde se encontraba el caserón y la tienda de la familia Molina Reig (Gutiérrez de los Ríos esquina plazuela de Los Sousas)

Una historia plagada de muros

Convencer a sus padres fue solo el inicio de una carrera plagada de muros que la joven tuvo que escalar. Al salir de la Escuela de Cine como la primera mujer en obtener el título de Dirección en 1969, se topó con la invisibilidad, el ninguneo y “un asfixiante paternalismo industrial” hacia las mujeres cineastas. “Eramos marginadas del cajón de género”, comentaba mientras sufría presupuestos mucho más bajos que sus colegas varones.

Josefina tuvo que gastar gran parte de su energía en romper la inercia de su tiempo para dejar de ser una rareza y alcanzar, sencillamente, la igualdad de oportunidades. Pese a las injusticias y los sinsabores, la directora nunca se instaló ni en el desencanto ni en el victimismo y supo mirar con estrategia e inteligencia hacia el futuro.

Su carrera alcanzó el cénit con Función de noche, hito de la vanguardia cinematográfica española además de éxito comercial. En televisión, tras colar el mejor teatro en los salones del país a la hora de cenar con Estudio 1, triunfó con la humanización de Teresa de Jesús, a quien dotó en una serie de una dimensión feminista inédita, por destacar solo dos de sus grandes obras. Pionera absoluta, fue la primera directora en recibir el Goya de Honor, el Premio Nacional de Cinematografía y en ingresar en la Academia de Bellas Artes.

Sin embargo, la propia Josefina Molina siempre mostró humildad respecto a esta etiqueta de “la primera”. En diversas entrevistas recordó que aunque ella fue la primera titulada, hubo precedentes de mujeres cineastas antes que ella, como Ana Mariscal o aquellas que trabajaron durante la Segunda República en los años 20 y 30. Consideraba a su generación como “un escalón necesario” para demostrar que una mujer podía dedicarse profesionalmente a la dirección.

Al fundar CIMA, la Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales, sustituyó la soledad de las pioneras por una solidaridad que hoy ampara a las nuevas generaciones de directoras y mujeres del cine.

Josefina Molina y Concha Velasco en el rodaje de Teresa de Jesús (1983)

Una relación dual: Córdoba como inspiración

Josefina mantuvo siempre una “relación dual”, según sus palabras, con Córdoba. Se sentía atada emocionalmente a sus paisajes, pero sabía que debía distanciarse para cumplir su sueño. Pese a vivir en Madrid, la ciudad califal nunca la abandonó creativamente. “Mi estética se formalizó en aquellos terrenos que como niña me hicieron feliz”.

La primera obra audiovisual ligada a su tierra en la que trabajó Molina mientras estudiaba cinematografía fue Córdoba (1966). Aunque no como directora, la futura cineasta trabajó en este documental como ayudante de dirección de Claudio Guerín para el programa de televisión Conozca usted España, el cual fue presentado por el torero Manuel Benítez, El Cordobés.

“Mi estética se formalizó en aquellos terrenos que como niña me hicieron feliz.

En muchas de las siguientes obras en las que trabajó su nombre ni siquiera aparece en los créditos principales.

Feria en Córdoba (1968), dirigido por ella mientras aún se formaba en la Escuela de Cinematografía, se considera su documental más personal y forma parte de la serie Fiesta. Con una duración de 30 minutos, Molina estructuró el guion siguiendo las horas del día para retratar a la ciudad y a sus habitantes a través de la forma en que se divertían las distintas clases sociales durante la feria.

La cineasta también exploró la provincia y Retablo del Valle de los Pedroches (1971) fue un programa de la serie Teatro de siempre de Televisión Española rodado en Dos Torres, desde donde se retransmitió en directo un retablo navideño interpretado por los habitantes del pueblo, incluyendo imágenes de su vida cotidiana.

Averroes (1981) fue un episodio de la serie Paisaje con figuras, de Televisión Española, rodado en Córdoba, con guion y presentación de Antonio Gala centrado en la figura del filósofo andalusí.

A la serie Esta es mi tierra pertenece San Roque, Ronda, Córdoba: pretérito imperfecto (1998), episodio dedicado al psiquiatra e intelectual Carlos Castilla del Pino, gran amigo y cómplice de la directora.

A pesar de su amor por la ciudad, Molina, al igual que directores como Almodóvar o Ridley Scott, manifestó en más de una ocasión haber tenido dificultades para rodar en el interior de la Mezquita, un espacio que defendía como patrimonio de la humanidad “que debería ser mostrado y retratado por el cine”.

'Averroes', episodio de la serie 'Paisaje con figuras' (1981)

Josefina, semilla del porvenir

Una de las hazañas por las que Molina se sentía más orgullosa, desde su timidez y humildad, es por ser considerada “maestra de cineastas” y un referente fundamental para las actuales y futuras generaciones de directoras en España. Su influencia no solo reside en su obra artística, sino en su empeño personal por transformar una industria históricamente masculina en un espacio de igualdad y solidaridad.

El jurado del Premio Nacional de Cinematografía insistió en ello y subrayó que su mirada “libre y sin prejuicio es esencial para que las jóvenes cineastas comprendan la evolución de la mujer desde la Transición hasta la democracia”.

Su trayectoria ha servido de base para que directoras contemporáneas puedan contar sus propias historias con mayor libertad. Su labor ha influido directamente en autoras de gran prestigio como Isabel Coixet, Icíar Bollaín o Gracia Querejeta, quienes han continuado expandiendo el “universo femenino múltiple” que Josefina defendía, perpetuado en una nueva generación encabezada por Carla Simón, Alauda Ruiz de Azúa, Pilar Palomero o Celia Rico.

Cuestiones como la construcción de la intimidad femenina, la libertad y la lucha contra la opresión siguen siendo ejes centrales para que estas nuevas directoras vean en el cine de Molina un espejo donde reconocerse. La imagen que les devuelve es la de una mujer inclasificable, valiente y libre.

En su tierra, el nombre de Josefina Molina lleva décadas unido a la Filmoteca de Andalucía en una de sus salas, devolviendo a su Córdoba natal la luz que ella misma descubrió de adolescente. Un viaje que comenzó con la mirada hipnótica hacia un río lejano en la pantalla del cine Góngora. Un “trozo de vida sin principio ni final” que fluyó con la misma fuerza y caudal con la que el Guadalquivir atraviesa ciudades, olivares y valles buscando el mar.

Josefina Molina tras la cámara en el rodaje de 'Esquilache' (1989)
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