Medio millón de euros después, la maleza vuelve a mandar en la Isla de las Esculturas

Interior de la isla de las Esculturas | MADERO CUBERO

En mayo de hace 14 años, un grupo de 12 escultores comandado por Lawrence Gundabuka se encerraron en una isla del Guadalquivir. El Ayuntamiento les suministró a cada uno una piedra de mármol. Los escultores, convocados en el primer simposio creado en la ciudad, se pusieron manos a la obra. En unas semanas, diseñaron la que a partir de entonces fue conocida como Isla de las Esculturas. El proyecto se inauguró con toda la pompa y boato. La entonces alcaldesa, Rosa Aguilar, cruzó el río a bordo de una barca ataca a un cable que era la que conectaba a los escultores con la civilización.

Nagi Farid, Frederic Gómez, Joaquín Castro, Gaulterio Moceen, Cristóbal Serrano, Antoine Basbous, Majid Jammoul, Fernando Pinto, Jivko Sedlarski, José María Serrano y Mohamed Bajano fueron los autores de una obra impresionante, que iba a servir de espaldarazo a la candidatura de Córdoba a la capitalidad cultural del 2016. Pero al poco de inaugurar la isla, la obra se fue abandonando. 14 años después, no hay ningún cordobés que haya podido cruzar a la isla a ver las esculturas si no lo ha hecho jugándose la vida o usando una de las escasas barcas de la ciudad. Si las ha visto, ha sido desde la orilla o desde el cercano puente de San Rafael.

En estos 14 años, las esculturas han llegado a estar bajo el agua. Las riadas de 2009 y 2010 las inundaron (algo previsto, por otra parte). Pero lo peor ha sido que la maleza se ha apoderado de la isla y del bosque de eucaliptos. La Confederación Hidrográfica del Guadalquivir (CHG) se gastó medio millón de euros en eliminar de maleza todo ese tramo del río, isla incluida. Apenas seis meses después, la vegetación vuelve a cubrir las esculturas y algunos de sus diseñadores se quejan del desinterés institucional en poner en valor unas obras que llevan 14 años prácticamente abandonadas a su suerte.

Al principio, hubo un problema de competencias. El Ayuntamiento convocó un concurso en una zona que no le pertenece. También dispuso de un medio de transporte, la barca, que tampoco podía explotar. La Confederación se lo advirtió y la falta de entendimiento mutuo provocó que la isla se abandonara a merced del Guadalquivir, de sus crecidas y de sus sequías.

“Mi Caminante ahí sigue... 13 años después... una pena, que nadie pueda poner su mano en la mano tallada...”, escribía en su Facebook, apesadumbrado, José María Serrano Muriel, uno de los escultores y autor del gigante del Vial Norte. En 2004 ya denunció que las esculturas no estaban diseñadas para ser vistas a distancia. “Es como poner a mirar un Velázquez con un catalejo”, lamentaba. Ahora, encima, es que tampoco se ven. La maleza se las ha vuelto a comer.

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