La dignidad del descendiente catalán de Moctezuma

Jordi Soler en la Feria del Libro | ÁLVARO CARMONA
El escritor Jordi Soler presenta en la Feria del Libro 'Aquel príncipe que fui', un retrato mordaz, realista y delirante de la España franquista

Fue hace unos años. El escritor mexicano de ascendencia catalana Jordi Soler acababa de dar buena cuenta de un almuerzo pirenaico y se encaminó con unos amigos a dar un paseo para hacer la digestión. En estas que el camino terminó en un pequeño pueblo en lo alto de un pico. Se llamaba Toloriu. Cuatro casas y una iglesia destruida en tiempos de la guerra civil. Apenas quedaba nada más que los arranques de los muros y una placa en francés: “La princesa Xipaguazin Moctezuma, hija del emperador mexicano y esposa de Juan de Grau, barón de Toloriu, murió en el año 1537”.

Y la espoleta volvió a hacer click en la cabeza de Soler. Ahí había una novela: la historia delirante, desternillante, patética y, finalmente digna, del último de los descendientes de aquella estirpe azteca en tierras catalanas, Kiko Grau Moctezuma. Un pícaro y estafador que se dedicó a vender títulos nobiliarios falsos a plebeyos enriquecidos durante el franqusimo. Pringados que, como el dictador, querían darle un lustre de nobleza a sus paredes, colgando barrocos blasones y títulos en pergamino de mentira. La novela, publicada por Alfaguara, se titula Aquel príncipe que fui y anoche se presentó en la Feria del Libro de Córdoba con la presencia del autor, que fue entrevistada por la periodista de Cordópolis, Marta Jiménez.

“La historia me encontró a mí en aquel paseo. Yo sólo quería hacer la digestión, pero me topé con aquello”, confesaba ayer el escritor. Y aquello no era cualquier cosa. Aquello era una historia real que parecía haber salido de una noche de copas de Azcona o Berlanga. Una radiografía loca de la alta sociedad catalana que arropó a un buscavidas de nombre exótico mientras gozó de la protección del dictador. “En aquello años, Franco pensaba que a través de este descendiente directo de la nobleza azteca podía ganarse el corazón sentimental de México, un país que había roto relaciones diplomáticas con España porque consideraba que el Gobierno no había sido legítimamente elegido”, contó el escritor.

Con la decadente salud del dictador, llegó también la decadencia de Grau Moctezuma. Hacienda ya no le perdonaba los millones de pesetas que había defraudado al no declarar los sablazos que el pícaro catalán metía con cada venta de un título nobiliario. Perseguido y arruinado tras dilapidar su fortuna en fiestones en Pedralbes, Grau terminó formando parte de la farándula más bizarra de la Barcelona de los setenta. “Se paseaba con una capa con plumas a los Jimi Hendrix”, recuerda el escritor. Y es ahí donde Soler no niega la simpatía final que siente por el antihéroe. “Porque cuanto más caía Grau, con más dignidad lo llevaba. Porque no solo era un tramposo, era una persona que había tratado de conservar su linaje y, aunque finalmente fracasara en muchos aspectos, logró conservarlos con dignidad”, termina Soler.

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