BOLETÍN | A disgusto del consumidor
Que cierre una librería siempre es una mala noticia, pero que cada vez que cierre un negocio cultural, lo que surja sea un torbellino de comentarios de ciudadanos acusando a otros de no consumir suficiente cultura es una broma infinita.
Conozco de primera mano cuánto cuesta el alquiler del local de Claudio Marcelo que Maribel Molina, la propietaria de El Reino de Agartha, va a tener que abandonar. Basta con decir que, con los márgenes de beneficio que deja la venta de libros, la empresaria tendría que vender cientos de ejemplares al mes, solo para poder cubrir el precio del alquiler (que, recordemos, no debería ser más de 1/3 de los ingresos). Si le sumas el resto de gastos, tendría que vender mil libros al mes para poder tener un salario medio digno.
En el contexto actual, es una proeza apostar por abrir un negocio así. La cuestión ha dejado de ser cuántos libros se compran en los pequeños comercios -que sigue siendo importante defenderlos-, sino en qué momento estamos inmersos: vivimos en un sistema en el que el beneficio que aporta un bien especulativo -a veces heredado, a veces producto de una inversión- triplica o cuadruplica el beneficio del trabajo honrado realizado por una persona.
Desde aquí apoyamos a Maribel. Contamos su historia cuando aterrizó. Contamos su tristeza al cerrar y hace unas semanas impulsamos con una noticia su campaña de mecenazgo. Pero es importante que no perdamos de vista que el contexto económico está aplastando a la cultura: que esto no se soluciona solamente exigiendo comprar más libros en librerías de barrio, o yendo a conciertos en salas de ciudad -en vez de a macrofestivales-, sino asumiendo que la cultura no se sostiene únicamente con la voluntad individual de quienes la consumen, sino con unas condiciones materiales que permitan que exista.
Porque una librería no cierra porque la gente haya dejado de leer de repente. Una sala no baja la persiana porque el público haya perdido súbitamente el interés por la música. Cierran porque competir contra alquileres disparados, contra un modelo económico que premia más la renta que el trabajo y contra unas dinámicas urbanas que expulsan todo lo que no genera beneficios inmediatos es, sencillamente, insostenible.
Y ahí está el debate que deberíamos tener. No el de culpabilizar al ciudadano por no comprar un libro más al mes, sino el de preguntarnos qué tipo de ciudades estamos construyendo cuando los espacios culturales no pueden sobrevivir en ellas. Toca entender que la cultura no es solo un producto que se compra. Que es tejido social, es identidad, es encuentro, es pensamiento crítico. Y que cuando desaparecen estos espacios, no perdemos solo una tienda o un escenario: perdemos lugares donde una ciudad se reconoce a sí misma.
Por eso, apoyar a quienes resisten sigue siendo importante. Comprar en librerías de barrio, acudir a salas pequeñas, sostener proyectos independientes. Pero no nos engañemos: no podemos seguir trasladando toda la responsabilidad al consumidor mientras miramos hacia otro lado ante un sistema que convierte en inviable aquello que dice valorar. Corresponde a los gobiernos (estatal, autonómico y local) poner coto al problemón cultural y social en el que se está convirtiendo el rentismo.
Si no se hace nada, seguirá calando la idea de que el ascensor social funciona, cuando hace ya muchos años que se averió y solo es capaz de bajar hacia abajo para la mayoría de los mortales.
En loop
Cuando uno le da al play a un disco de Boards of Canada, sabe como entra, pero no cómo sale. Se entra siempre con un hype muy importante: los escoceses son uno de los proyectos más influyentes de la historia de la música electrónica -y a secas: el Kid A, de Radiohead, sin ir más lejos, está inspirado en su sonido, entre otros referentes-, y también un grupo que hace del misterio su principal seña de identidad. Eso provoca que las expectativas lleguen siempre infladas cada vez que sacan un nuevo disco -y se toman su tiempo, del último han pasado 13 años-.
Para darle más capas al hype, hace unas semanas, vimos que en el arte que acompaña el lanzamiento de Inferno aparece, en un papel central, el Cristo de los Faroles de Córdoba. Te lo hemos contado en este reportaje. Una vez escuchado el disco, se entiende un poco mejor la elección de esa imagen (no concretamente, sigue siendo un misterio por qué, de todos los cristos del mundo, escogieron el de la plaza de Capuchinos).
Inferno es el disco más espiritual que han hecho hasta la fecha Boards of Canada. Está plagado de referencias tanto al cristianismo como a otras religiones y sectas. Desde los títulos de las canciones, a la elección de ciertos patrones y sonoridades y, sobre todo, en los samples escogidos (la conversación de Father and son está extraída de un capítulo de una serie centrado en un culto apocalíptico llamado Children of God).
En general, la presencia de un dios, el que sea, atraviesa todo el disco. Musicalmente, no tiene lógica hacer un análisis desde las tripas. Desde Geoggadi, los LPs de Boards of Canada nunca han sido fruto de un día. Requieren tiempo y escuchas, algo que, en la era de Tik Tok, parece algo del pleistoceno. De hecho, ellos mismos han presentado el disco con eventos de escucha: gente tumbada en la oscuridad escuchando un album (el pasado cotidiando de la Generación X, convertido en fetiche para los Z).
Es evidente que más escuchas le daremos. Quizá con ello acabemos descubriendo alguna otra pequeña clave que nos lleve al misterio del Cristo de los Faroles, esa escultura que, quién sabe cómo, ha comenzado a circular por internet como un código secreto más dentro de un universo de claves cuyos autores se niegan a descifrar.
Bienvenido sea el misterio en tiempos de sobreclaridad.
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