Diario del Confinamiento | De vuelta al bar

El Limbo.

He vuelto al bar, a su barra, al patio. He tomado una cerveza y un chupito de whisky, creo que era la consumición correcta para el regreso.

Parafraseando aquella peli: de todos los garitos de todas las ciudades del mundo tuve que venir a éste. Sí; no he echado de menos los bares excepto éste en el que ahora, como hace tiempo y hace veces, estoy.

Es un sitio en el que hemos aprendido que lo sencillo no es lo simple. Un lugar donde han pasado cosas y seguirán pasando, donde estar también es estar de paso. En eso se parece a nuestras vidas.

Donde encontrar o celebrar la amistad o el amor o romperlos y guardar los trocitos en el cajón de una de sus viejas mesas. Por si los gusanos de esa caja con el tiempo se convierten en mariposas.

No hay letrero en la puerta del bar, pero se llama “Limbo”: un hábito que hizo al monje. Le llamaron así de forma casual para que, con el tiempo, se convirtiera en ello, el lugar donde vamos los niños sin bautizar y las almas que hacemos las cosas fuera de campo en esta película donde lo fácil es poner el foco en el cielo o en el infierno.

Por mucho que intente lo contrario la teología o la gerencia de urbanismo, el Limbo existe. Una cantina repleta de ausencias como si la hubiese inventado Juan Rulfo –y así de paso hacer un chiste con su dirección postal-.

El único bar que eché de menos y al que le muestro hoy mi respeto con mi cerveza y mi chupito mientras escucho a Franco Battiato cantar “Torneremo ancora”.

Por eso estoy aquí. Porque es el sitio correcto.

https://youtu.be/fEICC4MIeAY

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