La anormalidad

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Apocalypto

 es una película de 2006 dirigida por Mel Gibson, de esa época rarita a la que al australiano le dio por grabar La Pasión de Cristo y otras por el estilo. Pese a estar rodada en idiomas mayas y no ser muy sencillita de ver, ganó tres Oscar en apartados técnicos y algún que otro premio, aunque el público prefirió ignorarla hasta convertirla en un artículo casi de culto. Va de las luchas internas entre las tribus precolombinas, sus batallas, sus rivalidades, sus sacrificios humanos y esas cosillas que ellos manejaban cotidianamente sin que nadie les incordiara. Pero en la escena final, después de una trepidante persecución, perseguido y perseguidores se quedan petrificados delante de una playa al ver a lo lejos cómo las naves españolas atracan en su primer contacto con el nuevo mundo. La escena narra probablemente el mayor shock intercultural que ha vivido nuestro planeta, y uno de los contactos humanos que más decisivamente han marcado la sociedad en la que vivimos hoy en día.

Ese momento marca el fin de una forma de vida y el inexorable inicio de otro. Probablemente los indígenas hubieran preferido seguir con su día a día, sus batallitas, su jungla, sus cacerías (humanas y no humanas), arrancándose los corazones y disfrutando de eso que podrían llamar su normalidad. Pero ya nada va a ser como antes. Eso se ha acabado. Esos señores que se acercan en sus barcas con sus armaduras, sus arcabúces y la cruz por delante vienen a cambiarles la vida como un elemento externo totalmente determinante y absolutamente diferenciador. En la última escena, mientras Garra Jaguar y su familia desconcertados a los barcos fondeados en la bahía, la mujer le pregunta si deben ir con ellos, y el protagonista responde "no, debemos volver al bosque". Es decir, a su normalidad.

https://www.youtube.com/watch?v=HIwJSiTVLGg

Pues nosotros seguimos empeñados en aliarnos con la anormalidad, porque puede que sigamos sin entender que lo que estamos pasando va a marcarnos para toda la vida y que cambiará definitivamente nuestra forma de relacionarnos. "Yo hago lo mismo de siempre, pero con mascarilla", me dijo el otro día alguien que no está dispuesto a renunciar a sus relaciones sociales, su caña en La Corredera y su copazo después de comer. Sólo así se entienden las escenas de la semana pasada en el centro o las de ayer mismo en muchas terrazas llenas hasta arriba, porque hay cosas a las que uno no puede renunciar… o sí.

El propio concepto de "nueva normalidad" impulsado por nuestro querido gobierno es perverso en sí mismo, porque invita a volver a nuestro antiguo estilo de vida a pesar de las circunstancias. Da igual que cada día haya 10.000 contagiados y 300 muertos, pero nuestra copa que no nos la quite nadie. Es el precio a pagar por nuestra normalidad, y en medio de una pandemia que se alimenta de las aglomeraciones, parece que hay mucha gente dispuesta a pagarlo en una ruleta rusa que amenaza a todo el que está dispuesto a jugar. Total, ya mismo nos van a poner la vacuna a todos, así que qué más da…

Puede que el problema sea que no acabamos de entender que nos enfrentamos a la anormalidad, y que esta ha venido para quedarse. Pelearse con la evidencia es tan romántico como estúpido. Puede que te encantara la normalidad de ir los viernes al videoclub, revisar películas, preguntarle al encargado y llevarte un par de ellas para el fin de semana. Era lo normal. De eso hace 30 años, te guste más o menos, eso se ha acabado. La crisis de 2009 acabó con el pelotazo, la burbuja, la especulación y con la base de nuestro sistema económico; la tecnología y la robotización cambiaron nuestra forma de trabajar y de interactuar; los atentados de las torres gemelas redefinieron el concepto de seguridad y ahora el Covid 19 reescribirá nuestra forma de relacionarnos y enfrentarnos con una enfermedad oculta y mortífera. En el mundo de la economía estos fenómenos se llaman cisnes negros, episodios repentinos que por sí solos reestructuran todo lo que hasta entonces se daba por hecho. Puede que todo vuelva a parecerse a lo de antes, pero ya nada será igual. El problema es no entenderlo.

Nos toca vivir tiempos convulsos y cambiantes. Nos toca vivir en la incertidumbre y en la anormalidad, que no es la normalidad con mascarilla ni una nueva normalidad. Lo que habrá después de la vacuna será otra normalidad con unas reglas parecidas, pero con un planteamiento distinto. Tras el coronavirus llegará otra enfermedad, otra crisis, otro impacto que nos obligará a sacar nuestro perfil más flexible y adaptativo, y tendremos que estar preparados. Si no es así, no habremos aprendido nada.

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21 de diciembre de 2020 - 08:37 h