SOFÁ, SANDÍA Y MUNDIAL: y 9. Mierda bonita

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Pasarán los años y el Mundial de 2010 se hundirá en la memoria, como una moneda en las rendijas del sofá, y volveremos a las decepciones, a lanzar la camiseta contra la pared, a cubrir el verano con una sábana, vestirnos de luto, apagar la televisión, lanzarnos al pasillo como un fantasma condenado a recorrer la casa, espectralmente absurdo, vagabundo doméstico. Aquella España de los noventa. Ese rojo pálido de salsa agridulce. La épica del Deliplus. El orgullo tosco e impostado.

Llorar como se llora en el fútbol, que es una lágrima hacia dentro, un escozor de labios. Puños apretados, mirada al techo, un vacío ridículo, un abismo inesperado. España pierde y ya sobra todo. Ya todo es milimétricamente triste: la piel de la sandía descarnada y húmeda, la desquiciada sinfonía de las chicharras, Carreño hablando de decepción, el silencio doliente de Camacho.

Estas palabras son las últimas que escribiré sobre este Mundial de Rusia 2018. Veré algún partido más, pero lo haré con distancia y pena. Vendrán goles y serán como lluvia golpeando la luna de mi Ford Fiesta en una tormenta de verano. Pondré el limpiaparabrisas y seguiré mi camino a través de la calima. Hay poesía en la derrota, no lo dudo. Pero hoy tendría que extraerla del suelo como el petróleo. Pistón y bombeo.

Perdimos porque no supimos ganar, porque jugamos a no perder, porque al gol, como al kebab, borracho y de madrugada, hay que llegar como sea. A cualquier precio. Pero hay que llegar. Sergio Ramos celebrando con gestitos y recados un tanto que no había marcado es uno de esos recuerdos espinosos que nos deja el fútbol. Triste como los disfraces del circo de Teresa Rabal. Triste como un Gi-Joe abandonado. Triste como los anuncios de Media Markt. Y luego la íntima tragedia de De Gea bajo los palos en la tanda de penaltis. Descompuesto. Su rostro macilento, la mirada fija al balón como un condenado embelesado con el pendular de su horca.

Todo mal. "Tan sólo 15 años después de haber empezado el siglo XXI, yo me atrevo a bautizar este siglo, por el triunfo de lo artificial, por el triunfo de lo falso, por la negación de la naturaleza y el instinto, por la beatificación del plástico y por la alquimia de Amor y Política en Sexo y Dinero, yo me atrevo a bautizar este siglo, digo, como el siglo de la Mierda Bonita", escribe Pablo Gisbert en su compilación teatral ´Mierda bonita´. Pensé en España. En su camiseta, en sus futbolistas, en todo lo que parecía algo y no llegó a nada. En esa estética victoriosa disfrazando un esqueleto harapiento. En la alquimia de la victoria en derrota lamiosa. Del orgullo baldío de Rubiales a la mezquindad jesuítica de Florentino. El adiós de Andrés Iniesta, extrañado y solo. El laberíntico corazón de Piqué. El bartlebiano vagar de Hierro por el área técnica. Mierda bonita. Me repito. Magreo de balón, tatuajes y hagiografías. Un pa ná.

"Así deberíamos vivir: como si nos viesen, y pensar como si alguien pudiera asomarse a nuestro interior", escribió Séneca. Por eso escribo. Por eso opino. Para no ocultar nada. Como un alemán paseando en pelotas por la playa de San Julián. No quiero llevar piedras en los bolsillos. Todo lo que soy está en estos artículos. También mis angustiosas contradicciones. El dolor compartido es un dolor apaciguado. Nada me aterra más que una boca cerrada. Yo, que soy un hombre atormentado, desconfío de quien lo tiene todo tan claro. Del que no se arrepiente, del que no duda, del que no juega a nada a lo que pueda perder.

España fue una Selección minúscula, temerosa. Un temblor oscuro. Una cicatriz sobre la hierba. Un equipo que rehúye los espejos, que se oculta entre los pases inofensivos. Cobijada en la intrascendencia. Un equipo romo, cobarde, mundano. Una resaca eterna de aquel breve espacio de tiempo en el que ganar era lo normal. Una nostalgia como Medusa, a la que miramos convirtiéndonos en piedra. No es el estilo, es la sangre que circula por ese estilo. No es la arquitectura, sino la electricidad que recorre las entrañas del edificio. No es la furia o el tikitaka. No es la garra o el preciosismo. Es la convicción con la que uno se sube las medias y salta al campo.

No hay equipo porque la individualidad lo engulle todo. Ramos queriendo solucionar el partido él solo, sus tiros lejanos, impotentes, desviados. La insondable apatía de Costa cuando el partido se consumía, su inseguridad, su dulzura. Silva chocando contra la defensa rusa una y otra vez como una mosca que quiere escapar golpeando con obstinación el cristal de la ventana. El blando mandato de Hierro. El ostracismo de Aspas. La inmovilidad de un doble pivote cuando el rival había renunciado a hacernos daño.

Se ha acabado el Mundial para mí. El fútbol sigue sucediendo. En otras casas, en otros bares, en otros corazones. Tengo catorce años. Como entonces, miro la televisión mudo por la tristeza. Eloy en el 86, Stojkovic en el 90, Salinas en el 94, Zubizarreta en el 98, Gamal al Ghandour en el 2002, Zidane en el 2006, Van Persie en el 2014, Koke en 2018. No busco culpables. No hay más culpable que uno mismo, que busca la felicidad en un deporte bárbaro. Los niños cargan con la decepción, con desconsuelo pueril y profundo. Pesado e invisible. Perder es lo normal. Por eso el fútbol es importante, porque hay que convivir con la derrota. No hay nada en la vida que merezca la pena sin esa sensación de fragilidad, sin esa posibilidad de ausencia. El amor no es amor sin miedo al desamor. La familia no es familia sin miedo a que se vayan de improviso. Una llamada en la madrugada. El silencio que precede al llanto.

Gracias por leerme esta temporada. Nos vemos tras el verano. Más morenos, más gordos y más ilusionados.

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Publicado el
2 de julio de 2018 - 15:17 h
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