Koki o muerte

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Hay que vivir a la contra, como los equipos pequeños. Son tiempos templados. Por más que los políticos adocenados, los modernos melifluos, los rebeldes wannabe y los tertulianos de la progresía new wave insistan, no deberíamos confundir la tibieza con la templanza. La templanza exige inteligencia, la tibieza solo miedo. Miedo a decir, a pensar y ahora, hasta a sentir. Miedo a que te lleven la contraria. A ser señalado. Es un terror atávico, de cueva oscura y fuego escaso. Encontrarte, de repente, con mucha gente diciendo que no tienes razón, que estás equivocado. La tentación sensual de unirte a la mayoría, sin pensar en que las mayorías de ahora solo se vuelven unívocas en los temas intrascendentes, en las ideologías del Hacendado, en el dolor impostado, en la obviedad, en el ni frío ni caliente, en el vamos a calmarnos, en el te fallan las formas, en el meme compartido por Whatsapp, en el aburrido devenir de los días de otoño, cuando el sofá te engancha como la miel a las moscas. La mesa camilla como sentir de un pueblo. Notar cómo vas abandonando tus ideas y diluyendo tus postulados, matizando, casi disculpándote por la osadía, y terminar mimetizado con los que te cuestionaron. Ya parte del uno. Del cerebro enorme. Enorme y tibio. Enorme y voraz. Negándonos a ser lo que somos, con nuestras luces y nuestras sombras, nuestras incoherencias, nuestras dudas, nuestros dorados errores. Personas con una mochila cargadísima de pasado, con los bolsillos vacíos del presente, con la esperanza de un futuro que a todos nos aterra por igual.

Eu prefiro ser essa metamorfose ambulante do que ter aquela velha opinião formada sobre tudo, que cantaba Raul Seixas.

Las palabras son muy hijas de puta. Hay una palabra en castellano, cordojo, que tiene una etimología preciosa, cordolium. Cordolium significa dolor de corazón. No creo en las casualidades. Me inquieta que haya tan poca distancia entre las palabras Córdoba y Cordolium, aunque los caminos para llegar al mismo sitio hayan sido tan diferentes. A mí me duele Córdoba. Me duele de esa forma trágica y teatral, de meneo de bata de cola. «Al público le daba lo mismo; nadie protestó, excepto tres o cuatro aficionados, islitas insignificantes en medio del océano triunfalista que anegaba el tendido», decía Joaquín Vidal en una crónica que hablaba de toreros que torearon sin toros. En Córdoba hay más capotes que cuernos, y así nos va, haciéndole verónicas al aire con el corazón encogido como si nos fuera la vida en ello. En Córdoba las mayorías lo mismo dan escaños a Rafael Gómez que se organizan en filas interminables a la espera de una porción de pastel. De pequeño, Los Villares parecían la Calle del Infierno. Allí estábamos todos. Córdoba se echaba al monte. Eso era antes del Mercado de la Victoria. Antes de que los barrios blancos sustituyeran a los campos de trigo. Cuando los pijos vivían en sus guetos del Brillante. Ahora la ciudad entera se envuelve en cuadros de Burberry. La apariencia ha sustituido a la esencia. Son cosas que pasan. Las mayorías tibias son cómodas. Y sexys.

Ha muerto Fidel Castro y el mundo sigue siendo el mismo. También han echado a José Luis Oltra. El Getafe nos ganó en casa y los cimientos de la esperanza se desmoronaron definitivamente. Las despedidas las carga el diablo. Cuando murió Castro dije que moría la ilusión de un mundo distinto. El líder cubano fue símbolo de la oposición al gigante norteamericano, a Estados Unidos, a ese país que destrozó Latinoamérica, que pisoteó lo pisoteado ya por España, que hundió en su beneficio revoluciones sociales, humanas, legítimas. Un titiritero con cordeles de acero y plomo. Si Trump se alegra, yo no puedo alegrarme. Yo me abono al gris que resulta de mezclar el negro y el blanco. Nunca fui comunista, pero tampoco un necio. Llamamos democracia a cualquier cosa que permita edificar un McDonald´s. Las democracias son valientes y no andan flotando como una bolsa de plástico arrastradas por corrientes templadas. Intenté explicarlo, pero los que me escucharon se echaron las manos a la cabeza y preferí callarme. Mi derrota de lengua mordida.

En verano defendí la continuidad de Oltra y el presidente me dio una alegría al no echarlo. Ahora el equipo está hundido, bajo mínimos, pero no soy de los que confían en los cambios. Prefería a Oltra, llorado en su despedida, con una plantilla fiel, con una lealtad fuera de dudas, que a los entrenadores que vengan. A esos buscadores de fortuna que ahora mandan a sus emisarios a las oficinas de El Arcángel, que huelen la sangre de un vestuario herido y atraviesan los océanos en busca de un banquillo, de un contrato, de un nuevo bocado. El cese de Oltra rompe el sueño del socialismo blanquiverde. Esa historia de que todo es posible mientras la realidad no diga lo contrario. El presidente, veintidós días antes de irse, decide poner en la calle al entrenador. Eso dice mucho de la forma en la que se irá. Quizá hable menos pero seguirá marcando el ritmo marcial en los despachos. La patria es nuestra grada, y ni siquiera nos pertenece. Koki o muerte. Venceremos. O no. Pero cada fin de semana se nos va la vida en ello.

El reparto de dividendos acabó con nuestra inocencia. Carlos González intentó descapitalizar al club. Los fichajes han sido pocos y baratos. Vino quien quiso venir y se escaparon los demás. Como el pescador recién cenado que lanza la caña solo por el placer de echarla. El Córdoba no seduce porque todo se sabe y hace un año, cuando el equipo iba bien, el presidente decidió no invertir en Navidad para minimizar el fracaso. Oltra estuvo por encima de todo. Sumó puntos, convenció a los suyos e ilusionó. Después se lesionó Deivid y el equipo cayó como caen los niños en los columpios, con ternura y llanto exagerado.

Las dictaduras invisibles son las más peligrosas. Contra ellas no caben armas. La tibieza es un dictador estrafalario y cruel. No decir lo que uno piensa es condenarnos al silencio. El silencio es el fin de la libertad. La libertad es la única posibilidad de cambio. El cambio es el progreso. El progreso somos nosotros. Han echado a Oltra y hay quien incluso aplaude. Como Trump a la muerte de Fidel. Se cambia de entrenador porque el presidente permanece. El de los dividendos. El de los duelos. El de la ciudad deportiva. El del ahorro en los mercados.

Luis Carrión será el nuevo entrenador del primer equipo. Es una buena solución para quien no quiere gastarse el dinero en nada más. Será como hacerse un vestido con las cortinas del salón. El Córdoba es un club a la deriva y en la cubierta nuestro corazón al raso. Prescindir de Oltra para darle galones al entrenador del filial son cosas que sólo pasan aquí. El equipo está a dos puntos del descenso. González hace y deshace. Los experimentos, con gaseosa. Las iluminaciones, en casa. Democracia y libertad. Perdón. Quería decir "democracia" y "libertad". Cordolium Club de Fútbol. Hasta el empate, siempre.

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29 de noviembre de 2016 - 13:19 h
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