Las señales

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Hace justo una década, el 15 de septiembre de 2008, se venía abajo Lehman Brothers. Su caída dejó sin trabajo a miles de personas en Estados Unidas pero sacudió al mundo entero. Estalló una crisis inmobiliaria de dimensiones épicas que en España dejó literalmente en la calle, desahuciadas, a miles de familias que no pudieron pagar unas hipotecas que alegremente le concedieron los bancos.

La crisis estalló y como siempre se llevó por delante a los más débiles. Los países en desarrollo se hundieron, los emergentes dejaron de emerger y los desarrollados vieron como miles de personas se quedaban sin trabajo y en la pobreza más absoluta. Se ha escrito mucho sobre las causas, sobre esa fiebre capitalista del crédito fácil, la falta de regulación del sistema bancario, su crecimiento gigantesco y un consumismo salvaje. Y se han buscado culpables, entre los líderes políticos y bancarios. Muchos se han despeñado en sus carreras. Otros banqueros, incluso, han acabado en la cárcel. Ninguno de ellos en España. Ahí está Rodrigo Rato, por ejemplo, diez años después.

Pero se ha escrito poco sobre esos ciudadanos que deben ser responsables, que deben aprender de lo que pasó y que deben evitarlo. Sobre que es imposible pedir un crédito por un importe que no vas a poder pagar a no ser que trabajes 30 años cobrando lo mismo que ahora, que tu pensión depende de que en un futuro haya gente (o robots) que coticen y la paguen, que el crecimiento infinito en un mundo de recursos finitos es un oxímoron, y que encima nos enfrentamos a un reto que nos ciega: el planeta está cambiando. El clima se está volviendo extremo y al mundo no paran de llegar nuevos habitantes.

Estos días se repiten las señales. España, por ejemplo, ya no crece tan rápido como antes. El Gobierno ha rebajado sus previsiones. Los emergentes vuelven a hundirse. Sus monedas se han devaluado de manera sorprendente (Venezuela, Argentina y, sobre todo, Turquía se están quedando sin fondos). Y en España cada vez es más caro acceder a un bien básico como es la vivienda.

En el mundo, no solo en este país, parece seguir imponiéndose una cultura y una educación, la del pelotazo. Hay que forrarse rápido, a cualquier precio y mientras más mejor. No importan las consecuencias. No importa lo que le ocurra a nuestro vecino o a nuestro planeta. Hay que ganar mucho dinero lo antes posible. Aunque entre todos estemos hinchando una burbuja que se puede volver a llevar por delante todo lo que tanto trabajo nos ha costado construir.

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Publicado el
9 de septiembre de 2018 - 02:56 h
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