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Sobre este blog

Alfonso Alba es periodista. Uno de los cuatro impulsores de Cordópolis, lleva toda su vida profesional de redacción en redacción, y de 'fregado en fregado'. Es colaborador habitual en radios y televisiones, aunque lo que siempre le gustó fue escribir.

Lo que perdimos vaciando el campo

Medios aéreos trabajan en las labores de extinción del incendio entre las localidades abulenses de Burgohondo y Navaluenga.

Alfonso Alba

25 de julio de 2026 20:42 h

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Cada verano, cuando los incendios devoran la Península Ibérica, nos acordamos del campo. Que si los pueblos están vacíos, que si se ha dejado de cuidar el bosque, que si algo hay que hacer para evitar que arda todo sin control. Este jueves, por primera vez, se ha decretado el máximo nivel de emergencia en España, el 3, solo activado durante el apagón, por una sucesión de fuegos sin control que están entrando en Madrid. Y esto que es una tragedia no deja de ser también una metáfora.

En su último libro La fosa abierta. Anarchivo emocional de un milagro económico (Anagrama), Brigitte Vasallo, se interesa por la ruralidad y por esas comunidades “campesinas” que durante siglos han convivido en su entorno sin provocar desastres naturales ni cambios climáticos. Vasallo reflexiona sobre el mito franquista del campo, idealizado pero del que todo el mundo huye. Y del supuesto milagro económico que supuso una emigración masiva a las ciudades que vació los pueblos.

De todos los movimientos sociales, el trasvase del campo a la ciudad (y en ocasiones de las ciudades al mundo rural) es el que ha marcado el ritmo de la historia planetaria. De las primeras enfermedades en la prehistoria, con la fundación de los primeros núcleos urbanos donde se hacinaban personas y animales, al ultracapitalismo actual en el que se construyen megalópolis a la vez que se vacía el interior de los países.

España, obviamente, no es una excepción, aunque con sus singularidades. Una población que se concentra en la extraña capital (la única europea justo en el centro, sin un gran río) o en la costa (turismo y a servir). Y que se marcha de los pueblos en un país en el que lo rural siempre tiene un adjetivo peyorativo o condescendiente. Lo rural como sinónimo de inculto, cateto, salvaje o pobre. Cuando muchas veces es justamente al revés.

Con los incendios se vuelve a mirar a los pueblos pero de nuevo desde las ciudades, como si fueran culpables en lo rural de lo que pasa. De que se abandone el monte o la tierra de cultivo. Sin pensar en que cuando eso ocurre casi siempre es por decisiones que se toman desde la supuesta comodidad de una ciudad.

Si el monte no se pastorea es precisamente por la falta de rentabilidad de una actividad económica tan antigua como cuando el homo sapiens dejó de ser cazador recolector. La ganadería extensiva no es rentable. Nadie en su sano juicio, salvo enamorados de lo rural, se plantea una actividad en la que no solo va a perder dinero. Es probable que también la salud.

Si la superficie agrícola ya no se cultiva es precisamente por esa falta de rentabilidad. El cereal, tan popular en Castilla hace décadas, se paga hoy a un precio cuatro veces más barato que en los años ochenta.

Ambas faltas de rentabilidades tienen que ver mucho con la acción ciudadana en las grandes urbes, con ese quererlo todo ya y barato, en el que se vive al margen de lo que ocurre a solo una decena de kilómetros. La producción de proximidad, dicen, es cara. Puede ser. Es más barato producir comida en el tercer mundo donde a cualquier campesino se le paga una miseria que en el pueblo de al lado en el que se cobra algo digno. Pero es más rentable a largo plazo.

Un sistema rural fuerte es una frontera que protege a las ciudades. Por muchos incendios, por mucho cambio climático, si el país colapsa siempre será mejor vivirlo desde el campo que desde la ciudad, donde rápidamente se acabará todo. El campo actúa como una especie de amortiguador de golpes que le evita a las grandes ciudades. Hasta que llega un momento en el que se abandona. Y es entonces cuando esos incendios o esos efectos salvajes del cambio climático, sin nadie que los combata, entran en las ciudades. Y ahí sí que ya no hay nada que hacer.

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Alfonso Alba es periodista. Uno de los cuatro impulsores de Cordópolis, lleva toda su vida profesional de redacción en redacción, y de 'fregado en fregado'. Es colaborador habitual en radios y televisiones, aunque lo que siempre le gustó fue escribir.

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