¿Dónde está mi cuerpo?

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Hay un pensamiento completamente erróneo en lo relativo al cine que es el de atribuir directamente el género de animación a un público infantil. Nada más lejos de la realidad. De hecho, hasta las películas aptas e ideadas para niños pueden estar también dirigidas para un público adulto. Incluso con mayor trasfondo social o filosófico que muchos largometrajes ajenos a dicho género. Además, por si fuera poco, existe un cupo de películas pensadas en su producción para adultos, y que, en determinados casos, pueden -o no- ser consumidas por menores. Es el caso precisamente de ¿Dónde está mi cuerpo? (2019), una fábula francesa que escapa a toda lógica. Una aventura irracional que juega sin compasión con los sentimientos del espectador y es capaz de pulsar todos y cada uno de los botones que activan algún tipo de emoción.

Es innegable que su director, Jérémy Clapin, se ha convertido ya en una auténtica referencia de la animación, siendo éste su primer largo. El parisino se ha situado, con total merecimiento, en la vanguardia de la imaginación más combativa y transgresora. Y todo, tal y como atañe a la película que hoy desgranamos, salpicado por un curioso interés por la (mal)formación corporal. Un recurso que ya dejó patente en su cortometraje de debut, Une histoire vertébrale (2004), que cuenta la historia de un hombre obligado a convivir con un aparatoso defecto físico, que no es otro que tener la columna vertebral basculada completamente en ángulo recto, por lo que siempre mira al suelo. Asimismo, dicha fórmula la repetiría años después en Skhizein (2008), que narra las desventuras de un personajes abocado a vivir exactamente a 91 centímetros de su cuerpo, tras ser golpeado por un meteorito.

En el caso de ¿Dónde está mi cuerpo?, el argumento arranca con una mano que trata de escapar de un laboratorio, con el único propósito de volver a encontrar su cuerpo. A continuación iremos siendo testigos de la odisea que tiene que afrontar la extremidad, al tiempo que se va alternando con la historia de Naoufel, protagonista y hasta entonces dueño de la mano, que vive sus particulares andanzas en París, donde la vida no le ha regalado nada. Un día, mientras trabaja de pizzero, el protagonista se enamora de Gabrielle, de la que queda prendado únicamente escuchando su voz a través de un telefonillo.

Y es en ese primer encuentro donde me gustaría detenerme. Hacía tiempo que no veía una escena de un flechazo tan agitador, y con el único recurso de escuchar la voz de la interlocutora. Por breve que sea la escena, todos los que atendemos a ella -por lo menos en mi caso fue así- queremos quedarnos ahí por mucho tiempo, siendo testigos indirectos de una historia que merece ser contada. Desde el propio guion, Clapin consigue llegar a límites inauditos, firmando una narración que agita la pantalla como muy pocas lo hacen, sean animadas o no.

La película se sumerge en la idea de la búsqueda de la identidad propia, de encontrarse a uno mismo, del sentido de pertenencia. De la necesidad y del ímpetu propio por cumplir nuestras metas, nuestros sueños. De sentirse realizado. Pero, por contraposición, también habla de la pérdida, del precio a pagar ante el devenir del tiempo. Sin duda, ¿Dónde está mi cuerpo? es una obra alejada de cualquier comparición, incluso de su tiempo. Única e imprevisible. Mágica. Un objeto impactante y siempre lleno de información. Que nadie diga, y menos de forma peyorativa, que la animación es solo cosa de niños.

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17 de marzo de 2020 - 23:51 h