Inmortal

Jugadores y grada en comunión.

Dicen que el dueño está parapetado en un palco detrás de un cristal tintado, viendo sin que le vean. Que el director deportivo y el entrenador son empleados perfectos, que lamen la mano que les da de comer. "Marionetas", les llamaron en la grada de El Arcángel, donde suena música para corazones incendiados. Por primera vez en esta temporada acudieron menos de diez mil personas. La peor entrada en Córdoba sería considerada un pelotazo en el noventa por ciento de los estadios de Segunda División. Aquí no ven una victoria en Liga desde septiembre del año pasado, pero vuelven porque así debe ser. Existe un placer especial, una corriente interna de orgullo, cuando uno es consciente de estar en su sitio. Aunque sea para sufrir. Los cordobesistas ya están ocupando posiciones en la trinchera para combatir contra su gran enemigo: el mismo Córdoba. O lo que quiera que sea en que se está convirtiendo esta bendita institución, tantas veces metáfora de la ciudad que la alberga.

Seis años y medio después, el Córdoba está en un puesto de descenso a Segunda B. Es algo que podía pasar por más que en verano, cuando todos somos guapos, delgados y morenos, funcionaran las milongas habituales. Se fueron o se vendieron los mejores jugadores y llegaron otros. Durante meses sonaron los nombres de algunos de los más destacados de la categoría, pero resulta que no querían venir por no se sabe qué razones. Todos acabaron en otros equipos. El Córdoba acabó fichando a jugadores descolgados y muy a última hora. La impresión general era que la formación estaba parcheada, pero José Luis Oltra, uno de los entrenadores con mejor reputación y experiencia en la categoría, decía que no y que no. Que era un equipo para competir por lo máximo. El grupo no lo demostraba, pero él lo seguía diciendo. Le echaron. Su sustituto, Carrión, agarró el mismo discurso. Quizá para motivar a los futbolistas -o para no acomplejarles-, se abonó a la tesis oficial. No hay nada que mejore lo que hay, decía cuando llegaba el mercado de fichajes, un periodo que hace sentirse particularmente incómodo al director deportivo, Emilio Vega. Éste acabó rescatando a un extremo cordobés que había acabado contrato en la India, un lateral izquierdo argentino que llegaba desde Grecia y un centrocampista repudiado en Alcorcón que sustituía a otro, Borja Domínguez, que pidió de modo misterioso la baja para irse a un Oviedo en el que ahora es titular. Javi Lara, Sergio Aguza y Mariano Bíttolo eran la brigada de salvación de un Córdoba a la deriva. Venían para dar un empujón al proyecto de ascenso, pero se han encontrado con esto. Cuando el nuevo presidente, Alejandro González -25 años, hijo del máximo accionista-, dijo que "cada temporada en Segunda es un fracaso", el cordobesismo empezó a entender ya en qué clase de laberinto estaba metido el club.

Queremos otro Córdoba, dicen los promotores de la enésima revuelta. En el Córdoba no suele haber términos medios. Si los planes no salen, todo es un drama. Y ahora hay un problema de proporciones gigantescas porque, para empezar, quienes deben buscarle una solución son los mismos que lo han provocado. El dueño en su palco privado, el joven presidente que no aparece en público el día de un partido crucial, los consejeros que la gente conoce por fotos facilitadas por el club, el entrenador atribulado y con el crédito agotado, el director deportivo que ficha lo que ficha y no es por falta de dinero -eso dicen-, la plantilla bajo presión y con sus principales referentes cumpliendo contrato en junio... Esto tiende hacia el caos. La performance de los empleados y el presidente portando una pancarta junto a los jugadores con la leyenda "Es tiempo de unión" se tomó como un chiste y al tiempo una provocación grotesca.

¿Estaban pidiendo unión al cordobesismo? ¿O estaban dejando testimonio de que estaban unidos -al menos en la pose- contra todos los demás? Contra los miembros de las peñas que no pertenecen a la Federación, contra los 150 del Twitter, contra los medios de comunicación que hacen su trabajo para informar sobre quien no quiere más versión que la suya, contra los que silban en el estadio porque su equipo es el peor de todos en casa, contra los abonados que sacan el pañuelo delante del palco...

Lo del domingo fue una llamada de atención a quien no se da por aludido. El Córdoba CF apesta a desmantelamiento inminente. Es un limón exprimido. El negocio de la Ciudad Deportiva no salió y ya no hay vuelta atrás. Ya no quedan futbolistas con proyección para hacer buenas ventas y la primera plantilla se sostiene con un núcleo de veteranos que apuran -con mucha dignidad y algunos con un compromiso fantástico- la fase final de sus carreras. El filial está también pasándolo francamente mal en Segunda B y, en cualquier caso, un fracaso del primer equipo le arrastraría a Tercera. Un Córdoba CF en Segunda B sería un producto sin mercado y destinado al consumo local. Al de los de siempre. Los que se indignan pero no se van. Los que a partir de ya se están movilizando para hacer todo lo humanamente posible para mantener en pie lo que es suyo. La batalla ha comenzado. Y si hay que volver a hacer la ola por los cincuenta puntos, pues se hace y no pasa nada.

Al Córdoba le siguen golpeando con saña. Pero da igual. El Córdoba se ríe con la boca partida, la sangre manando, los dientes rotos, los ojos hinchados... No se cae. No creáis que lo vais a ver derribado, pidiendo clemencia. No va a suceder. Nunca. Cierra los ojos. Besa el escudo del equipo inmortal.

Etiquetas
Publicado el
15 de febrero de 2017 - 08:49 h