La grandeza de la sencillez

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Ante numerosos cordobeses, Nuestra Señora de los Dolores recorre las calles de la ciudad camino de la Mezquita-Catedral y con visita a siete conventos en una jornada de devoción y recogimiento

Cuando se adentra en el primer templo de la Diócesis, en el ambiente perdura todavía la sensación de lo único. Tan sencillo como grande, tan grande por sencillo. Cuando todo termina, pero a la vez comienza, queda en cada calle el rastro de lo extraordinario. Tan sincero como hermoso, tan hermoso por sincero. Cercana la medianoche, acaba su recorrido por la ciudad Nuestra Señora de los Dolores, que ya se encuentra en el interior de la Mezquita-Catedral. Hasta allí camina y allí permanecerá hasta el viernes la imagen que tallara Juan Prieto. Concluye así una procesión que tiene su inicio a las siete de la tarde y que abre una semana especial para la servita hermandad. En sólo unos días se cumple de manera exacta el cincuentenario de la coronación canónica de la Señora de Córdoba, efemérides que conmemora, también en Año Jubilar, la corporación con sede en la iglesia hospital de San Jacinto.

Las puertas de dicho templo se abren puntualmente. A la hora señalada, la cruz de guía de la hermandad de los Dolores comienza a recorrer la plaza de Capuchinos, donde se reúnen numerosos cofrades y curiosos turistas. Inicia de esta manera el traslado de Nuestra Señora de los Dolores a la Mezquita-Catedral. Un traslado que tiene especial significado. La procesión transcurre como lo hiciera siglo alguno atrás, con la visita de la imagen a siete conventos de la ciudad. Recorre las calles la Señora de Córdoba en andas. Cuatro cirios y otros tantos candelabros con tulipa la iluminan desde el instante en que la noche cae. Un sencillo cortejo precede a la talla, que va acompañada por el Coro Cantabile. El sol alumbra sus pasos, que la llevan hasta la Cuesta del Bailío. Tiene lugar entonces un momento, una situación, inusual. Pero no por ello magnífica. Desciende la empinada escalinata y dibuja una estupenda estampa con las flores de mayo, que lucen con esplendor.

Es el convento de Santa Isabel, tras transcurrir la procesión ante la parroquia de Santa Marina, el primero en el que realiza parada la Virgen de los Dolores, que recibe oración y canto como ofrenda. Al igual que sucede en cada uno de los monasterios femeninos que visita en una tarde espléndida, de marcado carácter íntimo. Devoción y recogimiento tienen lugar a lo largo del camino, muy especialmente cuando la servita corporación se detiene en un convento. Como el de Santa Marta, donde los hermanos que portan las andas de la Señora de Córdoba han de superar la dificultad que supone la entrada a su patio. A lo largo del recorrido, la imagen también acude ante las Hermanas de la Cruz, Capuchinas, Santa Victoria, Santa Ana y las Siervas de María. Y en cada calle son muchos los fieles y cofrades que la acompañan.

Marcha la Virgen de los Dolores con la saya del Espíritu Santo, la misma que vistiera el día de su coronación canónica, de la que el próximo sábado se cumplen 50 años. De aquella fecha recupera en su mano un delicado pañuelo que es, en modo alguno, sello de la sencillez con que se produce el traslado a la Mezquita-Catedral. Del mismo modo, lleva el manto negro de camarín. Cada estampa es un recuerdo, como es el recuerdo lo que mueve a cada estampa. El martes toca poco a su fin y con cierto retraso, que no afecta en la compañía que de numerosos cordobeses tiene, la Señora de Córdoba llega al primer templo de la ciudad. La emoción envuelve la visita a cada uno de los conventos, también el sentimiento de quienes asisten a una procesión que supone una mirada atrás en el tiempo. Todo es sencillo y a la par grande. Porque con el corazón de los que guían sus pasos y de aquellos que los atienden es suficiente. Porque con el canto y la oración no es necesario más. Es la grandeza de la sencillez.

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6 de mayo de 2015 - 10:10 h