Un mismo escudo, un mismo latido
El domingo se disputará la final del Mundial; y, con deseo ferviente de que nuestra selección se proclame campeona del mundo, reconozco que España ya ha conquistado algo infinitamente más valioso que un título: la certeza de que, cuando un pueblo camina unido, no solo multiplica su fuerza, sino que recupera también la memoria de lo que es.
En una época marcada por la confrontación y las etiquetas, el fútbol sobrepasa la normalidad y conserva una virtud extraordinaria que escasea en nuestro tiempo: la capacidad de reunir aquello que parecía condenado a permanecer dividido. Y es que, durante noventa minutos dejan de importar las diferencias ideológicas, el lugar de procedencia o la manera de comprender el mundo. Solo permanece una verdad: nuestro escudo, la bandera y un sentimiento compartido: millones de españoles que laten al mismo compás, unidos por una ilusión que trasciende el deporte y se convierte en símbolo de pertenencia.
Es motivo de orgullo contemplar a nuestra selección entre las mejores del mundo. Pero aún conmueve más advertir que la auténtica victoria no se encuentra únicamente sobre el césped. Habita también en las plazas abarrotadas, en los hogares donde varias generaciones comparten el mismo sofá, en los bares donde desconocidos terminan abrazándose tras un gol, en cada rincón donde la alegría derriba, aunque solo sea por un instante, los muros invisibles que tantas veces levantamos entre nosotros.
Y quizás esa sea la mayor hazaña de nuestra selección: hacer que volvamos a encontrarnos con aquello que nunca debimos olvidar: que pese a nuestras diferencias, existe un sentimiento común que nadie puede discutir ni dividir, un vínculo que nos precede y nos une, un corazón patrio que late con fuerza cada vez que nuestra bandera salta al terreno de juego.
En este Mundial nos habéis enseñado que los sueños también se construyen sobre el césped. Nos habéis hecho volver a creer, a ilusionarnos con cada paso, a emocionarnos con cada triunfo.
Los trofeos ocupan un lugar en las vitrinas. Pero hay victorias, en cambio, que encuentran su hogar en la conciencia de una nación y permanecen mucho después de que el estadio se haya quedado en silencio. Y esa es una victoria que no cabe en ninguna vitrina sino en el corazón de millones de españoles.
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