Frente al fuego negacionista, blindaje social y ecológico
Mientras las llamas devoran miles de hectáreas y dejan tras de sí un reguero de ceniza, pérdidas irreparables y pueblos enteros atenazados por el miedo, el gobierno de Pedro Sánchez ha decidido actuar con una premisa clara: no dejar a nadie atrás en la primera línea de la emergencia climática. La reciente aprobación de un Real Decreto-ley que blinda a las personas trabajadoras y empresas paralizadas por los incendios es mucho más que un salvavidas económico; es el embrión tangible del escudo social que debe vertebrar el imprescindible Pacto de Estado frente a la Emergencia Climática.
No hablamos de gestos simbólicos. La norma aprobada implica que el Estado asumirá directamente los salarios y las cotizaciones de aquellos cuya actividad se haya visto interrumpida por la devastación del fuego. Además, se amplían los permisos retribuidos para quienes han sido desalojados de sus hogares o han sufrido la pérdida de un ser querido en medio del caos. Es la respuesta de un Ejecutivo que entiende que la crisis climática no es un debate de sobremesa, sino un zarpazo diario a la vida de la gente trabajadora.
Esta medida de protección inmediata se enmarca en una visión más amplia que debe traducirse en un Pacto de Estado sólido. Un escudo que combine la prevención forestal durante los doce meses del año, entendiendo que el monte no arde solo en verano; la inversión continua y planificada en la restauración de ecosistemas arrasados; y una red de seguridad social lo suficientemente fuerte como para que las comarcas más golpeadas no se vean abocadas al abandono tras cada desastre. La transición ecológica no puede construirse sobre la intemperie social.
Sin embargo, mientras las administraciones intentan coser el territorio roto, la maquinaria del negacionismo climático vuelve a activarse con la misma táctica de siempre: la deslegitimación. Tildan este despliegue de protección de “gasto ideológico” y boicotean activamente la posibilidad de un gran acuerdo que trascienda siglas. Su estrategia es tan vieja como peligrosa: paralizar mediante el bulo la respuesta a una crisis que destruye vidas, hogares y naturaleza. Se niegan a ver —o fingen no ver— que la prevención sale más barata que la reconstrucción, y que la inversión pública en adaptación climática es la única garantía de futuro para los sectores económicos que ellos dicen defender.
No podemos permitirnos el lujo del ruido. Frente a quienes encienden la mecha del odio y la desinformación, necesitamos un Estado que refuerce su músculo protector. La emergencia climática ha dejado de ser un concepto abstracto para convertirse en humo que entra por las ventanas. Este Pacto de Estado no va de ideología: va de decidir si como sociedad estamos dispuestos a tenderle una mano a quien lo pierde todo o si dejamos que el fuego —el físico y el del discurso— lo calcine también.
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