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El amor a los pueblos

Cerco industrial

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Yo, soy de pueblo, aunque no viva en él, no concibo la vida sin mi pueblo. En un pueblo nací y me crié, y seguramente en él terminaré mis días (cuando toque). Siempre me ha dado un poco de pena la gente que no tiene pueblo. Qué pena no poder contestar “a mi pueblo” cuando te preguntan: ¿a dónde vas?

Estas líneas se me han venido a la cabeza a cuento de una visita que hemos hecho hace unos días. Hemos visitado el Cerco Industrial de Peñarroya-Pueblonuevo, un lugar con un rico patrimonio que la Asociación La Maquinilla, un puñado de paisanos capitaneados por Rubén, intenta recuperar. Nos contaba Rubén, con todo lujo de detalles, la interesante historia del Cerco Industrial, el papel que Peñarroya-Pueblonuevo jugó en el valle del Guadiato, y cómo su decadencia la condenó al olvido. Y a medida que nos lo contaba, se dejaba entrever el amor que este joven peñarriblense siente por su pueblo. Su empeño en recuperar y mantener el patrimonio del mismo, a costa de su tiempo y dinero.

Él y los miembros de la asociación que preside, luchando contra todo lo que tienen en contra, que viene a ser todo, el calvario para conseguir subvenciones, que los escuchen, que los ayuden, hasta otra asociación con la que, a fin de cuentas, comparten el mismo objetivo, y de cuyo nombre no quiero acordarme, y que lejos de unir fuerzas en pos del bien común, se enfrentan a ellos como si fuesen el enemigo. A veces ocurre que los vecinos de un mismo pueblo, lejos de aunar recursos y fuerzas para sacar adelante la tierra que los vio nacer, tan a menudo olvidada por nuestros políticos, sacan a pasear las rencillas, el recelo, el resentimiento o los celos, y es entonces, cuando las diferencias se tornan insalvables.

Pero es tarea de todos, decidir que nuestros pueblos, su patrimonio y su historia sobrevivan o no. Vayamos a los pueblos, visitemos lo que nos ofrecen, sus castillos (como el de Belalcázar o el de Almodóvar del Río), sus minas (como las de Almadén), sus ruinas (como las de Torreparedones), y así, un sinfín de pueblos más. Estamos rodeados de historia, anécdotas, mitos, leyendas, vamos a dejar que nos lo cuenten.

¿Qué sería de nosotros sin los pueblos? Volvemos a ellos una y otra vez, su esencia permanece en nosotros. Como dice un amigo mío, aunque un@ abandone el pueblo, el pueblo nunca lo abandona a un@. 

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