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La tortuga que dejó en evidencia a la administración

Cristina Román Escutia / Blogópolis Opinión

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El 7 de diciembre de 2025, mientras caminaba por el arroyo Bejarano —en plena Reserva Natural Fluvial del mismo nombre, en Córdoba— me topé con una tortuga que no encajaba del todo en el paisaje. A simple vista sospeché que no era un galápago leproso, nuestra especie autóctona, sino quizá una mascota abandonada por alguien que creyó estar “devolviéndola a la naturaleza”. La intuición se confirmó después: se trataba de una tortuga mapa de Ouachita (Graptemys ouachitensis), una especie exótica originaria de Norteamérica.

Gracias al asesoramiento de especialistas, el hallazgo quedó documentado en la revista Trianoi de la Sociedad Cordobesa de Historia Natural como el primer registro confirmado de esta especie en la provincia. Un dato que, más allá de la anécdota, subraya la creciente amenaza que representan las invasiones biológicas en ecosistemas especialmente frágiles como la cuenca del Guadalquivir.

La tortuga mapa de Ouachita es un reptil acuático de tamaño medio, con un caparazón serrado que en las hembras puede alcanzar los 28 centímetros. Su presencia no es inocua: compite con especies nativas y altera la diversidad local. De hecho, modelos ecológicos recientes señalan la cuenca del Guadalquivir como un área de alto riesgo para su establecimiento, debido a la similitud climática con su hábitat original. El ejemplar que encontré —de apenas 95 × 70 × 35 mm— se suma a otro registro previo del género Graptemys en el Guadalquivir cordobés en 2023, un indicio preocupante de que la presión sobre la fauna autóctona va en aumento.