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Los Santos Inocentes

José María Rivera Cívico / Blogópolis Opinión

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A mediados de diciembre, cuando María Jesús revisó la lista de las guardias para las navidades, creyó ser víctima de una inocentada: aparte del 22 y el 25 le había tocado también la guardia del 28, Día de Inocentes. Y, qué casualidad, el 28 de diciembre del año del Señor de 2025, último domingo del año y día de Inocentes, por más señas, me vi en la necesidad perentoria de acudir de urgencias a mi hospital de referencia. Al hospital donde trabaja María Jesús, una R1 de familia.

A las once de una mañana de llovizna, la sala de espera estaba medio llena. Amplia, con sillones cómodos y luminosos ventanales hacia la sierra, inspira tranquilidad y esperanza. Varios gatos en manada acechan a los gorriones a los pies de los pinos. Incluso desde un hospital es bonito ver llover. A las doce, un celador me nombró y nos condujo a la consulta.

María Jesús es una chica de unos veintipocos años, sobra decirlo, pero lo diré: guapa y de una exquisita amabilidad. Se la ve fresca todavía y con ganas. Los domingos se dan los relevos de la guardia a las diez, así que sólo lleva dos horas de trabajo. Le conté mi historia y mis miedos. “Casi todo lo que me dice lo tengo recogido aquí en el ordenador, pero me gusta oírselo a usted. Veo que es usted un internista jubilado ¿verdad? ¡Qué vergüenza, atenderlo cuando usted sabe de esto mucho más que yo!”