Everest

8.848 metros de altura, temperaturas extremas, vientos muy fríos, Edmund Hillary y el sherpa Tenzing en el 53, lo que aprendí en mi infancia, la aventura, la conquista, superación, el afán de los hombres comunes, el mito del Himalaya, los monjes de Nepal, China…

Hoy, el Everest es un parque temático para pijos que juegan a ser aventureros vestidos de Coronel Tapioca o de Quechua permitidos por los gobiernos que cobran dinero de las empresas turísticas que, a su vez, les cobran dinero a las pandillas que han hecho del Everest una feria de gente que sube y baja.

Y mueren, con lo difícil que es morirse. Hay que ser gilipollas.

Esto seguirá pasando si no se cierra Venecia, si no se regula el acceso al Gran Bazar de Estambul, si no ponen un aeropuerto al lado de Machu Pichu, si no nos movemos por la mera gana de movernos.

Yo subí con Hillary el Everest, sufrí la banquisa blanca con Shachelton, crucé el Cabo de Hornos con Melville y navegué en la Kon-Tiki.

Lo hice sin salir de casa.

El Everest, una realidad geográfica convertida en metáfora, ahora es una feria.

Por lo tanto, otra metáfora que explica qué estamos haciendo con nosotros, con nuestras circunstancias, con lo que nos rodea.

Sing of the times.

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Publicado el
26 de mayo de 2019 - 04:07 h
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