Yo, culpable
En la zona común de la comunidad en la que vivo, valgan todas las redundancias, hay un escueto jardín con unos setos que encierran un rosal, ahora en su mejor momento. También hay un parterre con un pequeño tobogán azul de plástico deprimido por el que ninguna criatura resbala su culete. No hay niños aquí. Cuando llueve, el tobogán, humedecido y silente, me recuerda a Chernobyl. No voy a explicar esto que podría parecer un poema de William Carlos Williams o algo así.
Bajo de casa en la media tarde crecida de primavera y corto algunas rosas del jardín de la comunidad. No muchas, cinco tal vez, para ponerlas en un vaso ancho con agua en el centro de la mesa baja del salón donde mi compañera reposa sus pies descalzos mientras ve una peli de Meryl Streep.
(Amo tus pies porque te trajeron hasta mí, escribió Pablo Neruda. Yo no tengo ni los huevos ni la poca vergüenza de escribir un verso así, pero ahí dejo la cosa).
El caso es que he sido acusado de “robar” rosas de la zona común. Algún vecino o vecina se ha chivado al presidente de la comunidad y el presidente me ha advertido. Me han acusado por WhatsApp.
Y, claro, yo he confesado. No puedo negar que he decapitado a cinco rosas (tres blancas, una roja y otra amarilla) con las mismas tijeras con las que un rato antes evisceré a unas pijotas. Soy culpable.
Mientras confieso, también pido el indulto. Y solo pregunto:
¿Quién puede acusar a nadie de coger rosas, quién tiene la propiedad de las flores en primavera, por qué usted, desde la terraza, se fija antes en la tijera que en la rosa, no tiene nada mejor que hacer?
Vivimos en un mundo triste, con gente triste que se convierte en “policía de balcón”, en acusadores gratuitos, en pobres de espíritu y de actitud.
Desconozco los senderos que se bifurcan en el código civil, pero me pregunto si es un delito coger flores de un jardín, si eso es lo mismo que asaltar un camión isotermo lleno de tulipanes de Holanda en la frontera de Calais o de si llevarse el gladiolo de una lápida es ya una profanación.
Collige, virgo, roses. Ya está dicho.
Disfruta antes de que todo se vaya a la mierda.
Por la mañana, café; por la tarde, ron; y tú no seas chivato y baja del balcón.
Seré un reincidente en estas cosas. Ya lo advierto.
Sobre este blog
Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.
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