El poder
En estos días, “el rompeolas de todas las españas”, dique Madrid, se ha convertido en un poderoso centro de atención y confluencia de cosas y gentes de importancia.
Se celebran elecciones a la presidencia del Real Madrid y a ellas concurren dos señores riquísimos, uno casi octogenario y otro apenas cuarentón, cuyo requisito fundamental para optar a presidir ese club de fútbol es ser eso, muy rico, demostrarlo y presumir de ello. El resto es simplemente un juego de cromos de trileros como haría el tonto del bar del barrio.
También ahora en Madrid (España) está un músico de Puerto Rico llenando durante varios días seguidos un estadio de 65.000 personas que brincan y tararean canciones con letras que no se entienden muy bien y, sobre todo, agitan y gastan la batería de sus teléfonos móviles. Es un señor que se llama Benito y que ha firmado un contrato para llevar ropa de una marca cuya dueña es una señora gallega muy rica hija de un señor gallego riquísimo al que admiran mucho los españoles tiesos. O, al menos, muchos de ellos.
Y además, nos visita el Papa León XIV, que se llama Robert Francis Prevost y es de Chicago, de Perú, de Roma y de donde quiera ser, porque para eso su reino es de este mundo y del otro. Si va a la Plaza de Lima, le gritarán “¡Viva el Papa peruano!”, si va al Bernabeu o hace una misa junto a la Plaza de Cibeles, le llamarán “Papa merengue” y si va a la casita de Bud Bunny tomará por la mañana café y por la tarde también y le llamarán “papito”.
Cualquier cosa que ahora diga el Papa será como un ascua que muchos querrán arrimar a su sardina. Es natural. Si por antibelicista, si por atento a los derroteros de la inteligencia artificial descontrolada, si por la solidaridad por los migrantes, por los que han sufrido o sufren abusos sexuales por sus supuestos pastores, si por el planeta agredido por la mano del hombre y sus costumbres…
Pero tanto unos como otros que arrimen el ascua a su sardina deben tener una cosa fundamental en cuenta: el poder del Papa es simbólico, no es el poder real.
Dicho de otra forma, lo que opine León XIV sobre las cosas le importa un mojón a quien tiene el poder de verdad, el poder que decide las cosas. Eso emparenta su discurso con el de Bad Bunny, que también canta cosas de alto valor simbólico pero que no van a llegar a mucho más.
Los papas hace ya tiempo que dejaron de ser guerreros. Robert Prevost no es Julio II, que lo mismo le encargó la Capilla Sixtina a Miguel Ángel que se ponía al frente de un ejército para atacar Venecia o echar a los franceses de Génova y Milán. Prevost es un señor muy educado que solo monta a caballo por deporte cuando vacaciona en Castelgandolfo.
Todo lo que diga va a dar igual allí donde se ejerce el poder real; es decir, en Tel-Aviv, en la Casa Blanca, el Kremlin, Wall Street o en algún que otro colegio, seminario o sacristía de parroquia de pueblo.
Que más quisiéramos que el símbolo sustituyera a la realidad.
Posiblemente a eso podríamos llamarle “Religión”.
Sobre este blog
Como desde siempre he sido reacio a levantar pesos o manipular herramientas, pero sé leer, escribir y hablar, he acabado trabajando (es un decir) en medios de comunicación escritos y radiofónicos. Creo que la comunicación y la cocina tienen muchas cosas en común: por ejemplo ambas necesitan emisores y receptores, y tienen una metodología parecida, una suerte de sintaxis y de morfología que deben ser aplicadas. Cocino habitualmente en casa y mi último descubrimiento ha sido comprobar que recoger y limpiar utensilios mientras preparo la comida es muy bueno: ha cambiado mi vida, de hecho. Buen provecho a todos.
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