Éranse una vez Las Afueras...

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Érase una vez un niño de pelo muy moreno y corazón muy blanco. Vivía muy cerca de Las Afueras, donde los automóviles buscan un catre donde descansar. Siempre perdía las llaves y las buscaba en los poemas. A pesar de la soledad, regresaba siempre con sus dudas a la edad del automóvil y allí veía el futuro en la erótica de los arrendatarios. Pronunciaba cada erre cinco veces antes de abatir los asientos y abrazaba los labios con sudor en el vientre.

A veces pensaba "hasta de lo mismo harta harta! harta dices?", y todo se volvía color post coitum. Y buscaba en un mapa la calle del poeta Gil de Biedma, por descubrir un refugio sin precontrato. Demasiadas horas, setenta y dos, soportaba con ginebra Besos y un cuaderno lleno de cines, platos fregados, urgencias y orgasmos... paradero desconocido.

Todo lo guarda en un buzón: las citaciones judiciales, la vida, la pura coincidencia e incluso un cerdo. Escondió el buzón entre dos ciudades cada vez más alejadas, para que se curase con los años. Y un diez de enero sacó todo del buzón y lo metió en un cubo de basura, con las palabras y el papel de aluminio.

Entonces, cogió un puñado de golosinas, encaminó sus pasos a la home sweet home, contó hacia todas partes: número seis, número nueve, número trece, número cero, y pulsó el botón –para siempre– de REC.

Estar en las afueras también es estar dentro.

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2 de mayo de 2013 - 13:33 h