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Reencuentro

Elena Lázaro

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Este lunes, la pandilla del amigo Zuckerberg nos contará a quienes usamos su red facebook si nuestros datos han sido o no utilizados por la empresa de marketing político Cambrigde Analytica. Podría ponerme digna y aplaudir la decisión; hablar del derecho a la intimidad o de la ética y la moral. Podría, pero no me apetece. La tarea de enjuiciar las fechorías 3.0 se la dejo a mi amiga Rosa Colmenarejo que es la que sabe de bigdata y de darle collejas morales a la inteligencia artificial y a los algoritmos.

A mí, que estoy menos leída que mi amiga, lo que me preocupa hoy de las redes sociales es lo fácil que han hecho que nos demos de bruces con nuestro pasado. Al principio de los tiempos escuché que “facebook es la red de la gente con la que estudiaste y twitter, la de aquella con la que te hubiera gustado estudiar”. La sentencia me pareció francamente pedante y algo inexacta. Sigo a personajes en twitter con los que no me tomaría ni un café y admitamos que Zuckerberg nos ha concedido uno de los grandes placeres de este siglo: esa reconfortante sensación que produce comprobar que el chuleta de 8º de EGB se ha quedado calvo o que la divina de COU vive anclada en aquel pasado de hombreras, permanente y vespino sin darse cuenta de que el resto ha madurado y salido de aquel infernal círculo de ignorancia y pueblerino enjuiciamiento público del prójimo.

El goce, sin embargo, implica una penitencia, que para algo nos hemos criado en este santo, católico y apostólico país. La pena por disfrutar de la calvicie o el fracaso ajenos es asistir a los reencuentros del colegio, el instituto, la facultad o de tu antiguo grupo scout, como es el caso de 81 incautas almas hoy (40 años de la fundación del Grupo 262 ‘San Rafael’ de Córdoba).

El riesgo puede o no compensar según el ánimo con el que se enfrente la cita. Si se asiste con propósito de revancha y un meditado plan de venganza contra el abusón que hacía chistes acerca de tus diminutas tetas de preadolescente es posible que el reencuentro te provoque un retortijón por empacho de bilis y malos recuerdos. Ahora bien, si se acude convencida de que aquella cría era sólo el embrión de la cuarentona a la que todo le resbala que eres hoy, el reencuentro sólo puede ser provechoso. Al fin y al cabo, serán los recuerdos de tus viejos amigos los que te devolverán la versión más auténtica de ti misma, la que aún no habían maleado los berrinches de la madurez.

A pesar de lo insalubre que resulta la nostalgia, admito enfrentar la cita con ciertas expectativas. Por eso he preferido compartir la aventura de la reunión antes de que se celebre. No vaya a venir el amigo Zuckerberg y la joda.

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