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No solo el fuego destruye

Interior de la Mezquita tras el incendio

José María Baez

12 de agosto de 2025 20:00 h

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Según Patricia del Pozo, la Iglesia Católica lleva siglos gestionando la Mezquita-Catedral “de una manera excelente”. La Consejera de Cultura no se distingue por el rigor y profundidad en sus análisis. Para ella la cultura es como un torrezno, con su crujiente textura. Te lo ofrecen, te lo comes y a otra cosa. ¡Para qué nos vamos a complicar con pamplinas!

La Iglesia Católica, históricamente, ha utilizado el arte como vehículo para transmitir e imponer sus criterios. Su alabado “mecenazgo” ha estado siempre supeditado al beneficio de su doctrina, y los artistas han tenido que adaptarse a una ortodoxa iconografía dictada desde su “magisterio” y en función de las necesidades de su catequesis. Salvo en la Roma pontificia, la calidad artística de lo pintado o esculpido no era el principal objetivo del encargo, sino su capacidad para reconducir la natural inclinación a la piedad y compasión de los seres humanos en beneficio de los relatos del credo religioso.

La Iglesia Católica tiene obsesión con la simetría. En la conformación de sus altares y en cuantos elementos conforman los ritos externos de su liturgia, todo gira en base a un eje central. Presididos en su centro por una imagen, la parafernalia de elementos lumínicos y florales se despliega siempre de forma simétrica e idéntica. La simetría responde siempre al orden burgués, a aquello que no perturba lo establecido. Y esta obsesión la imponen hasta en sus elementos más nimios y anecdóticos, como los bordados de los mantos de las vírgenes de palio, a pesar de constituir espacios idóneos para un desbordamiento imaginativo. Todo está reglado en la Iglesia Católica y, como no podía ser menos, la arquitectura a su servicio también se sujeta a unas normas. En las iglesias y basílicas católicas tenemos una contundente jerarquización del espacio. Tanto la anchura como la altura de la nave central van diluyendo en importancia en las naves laterales, y el retablo central impondrá su magnificencia sobre los retablos laterales. El sacerdote oficiará sobre una altura superior a la que ocupen los devotos y la luz incidirá de manera directa y específica sobre el oficiante.

La arquitectura religiosa islámica se sustenta sobre unos principios diametralmente opuestos. Como podemos apreciar en la Mezquita de Córdoba, la anchura de sus naves es muy similar y en cuanto a la altura, es igual en todas ellas. Aunque en origen el mihrad quedó situado al fondo de la nave central, la ampliación de Almanzor rompió esta centralidad sin mayores incidencias litúrgicas. Porque en una mezquita el haram, el espacio interior dedicado al rezo, se establece sobre el principio de vacío y ausente de jerarquías espaciales.

Asumir esta discrepancia es un asunto difícil para los sacerdotes católicos y de ahí que, desde que pasaron a usar y ocupar el lugar, han ido rompiendo y quebrando esta neutralidad espacial y colmatando los vacíos originales. Y no solo en el pasado con la construcción de las dos catedrales y las numerosas capillas laterales, sino en nuestra más reciente contemporaneidad. Al margen de los nuevos altares y cuadros de dudosa calidad artística de santos recientes, la doble instalación “museística” de piezas arqueológicas que la Mezquita soporta en su interior (y de las que nadie protesta) no son más que acciones para entorpecer la lectura histórica del monumento y romper ese espacio en origen neutro. Porque esa neutralidad espacial original de la Mezquita impugna los principios de la Iglesia Católica y queda al margen de sus costumbres.

Habida cuenta de la incapacidad de la Iglesia Católica para apreciar y respetar esta idiosincrasia arquitectónica ajena, que constituye un documento histórico del devenir de nuestro país, y que fue determinante para la declaración del monumento como enseña de la Humanidad, su defensa debería ser una premisa obligada para la sociedad civil española, representada por sus poderes locales, autonómicos y estatales. Al margen de las polémicas de quien ostente la titularidad del monumento (asumiendo su bellaquería) y administre sus pingües beneficios económicos, es evidente que el paulatino y tenaz proceso de colonización sectaria del monumento por parte de la Iglesia Católica, debería encontrar un dique en el Estado y la administración civil. Patricia del Pozo debería ser más cauta en sus declaraciones, y el gobierno progresista de PSOE y Sumar más activo en la defensa de unos valores históricos que a todos nos pertenecen.

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