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Sobre este blog

Hay quien tiene que aprender a vivir con los pies demasiado grandes o la nariz exageradamente puntiaguda o unos ojos minúsculamente dibujados en su rostro. Yo hace años que acepté mi patológica propensión a espiar a la gente, a meterme en sus conversaciones, a observarla, a escuchar atenta la sabiduría de la calle. Al principio ocultaba mi defecto de la misma forma que mi vecino del tercero usa zapatos de vestir que disimulen su talla 48 de pie; o mi seño Doña Matilde usaba gafas de aumento para hacer crecer su mirada. Llegué incluso a crear un seudónimo bajo el que esconderme. Me hice llamar Mujer Cero. 
Con la edad, claro, he aprendido a disfrutar de esta tara que arrastro desde la infancia. En Cordópolis he salido del armario y he decidido profesionalizar mi propensión al espionaje, convirtiéndome en la Agente Lázaro, una cotilla en la city. Si nos cruzamos por la calle, disimulen, les estaré observando.

Ola de calor

La Alhambra desde el Paseo de los Tristes

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Hay en el hecho de pasear por los jardines de la Alhambra en plena ola de calor un placer algo perverso de sentirse privilegiada en mitad del infierno estival. Si además dejas sonar en el teléfono a Enrique Morente es imposible no verse capaz de conquistar primero Manhattan y luego Berlín. Una superioridad ilusoria que acaba justo en el momento en el que desaparecen las acequias y los árboles y desembocas en Plaza Nueva. Entonces caen sobre tu cuerpo los 45 grados sin piedad alguna y vuelves a tomar conciencia de tu mortalidad.

Hace un par de semanas volví a escaparme a Granada en plena canícula. Andalucía sufría aquel fin de semana la primera ola de calor del verano y se me ocurrió escapar de Córdoba, aunque es evidente que la elección del destino poco tenía que ver con la temperatura.

Hay que ser muy generoso para aceptar visitas en una ciudad de interior en verano y muy imprudente para promoverlas, pero así son mis amigos de Granada y así soy yo. Ellos generosos; yo, imprudente. 

No resulta fácil hacer planes en ciudades históricas en pleno verano. La opción de pasearlas queda reducida a unas pocas horas. Hay que esperar a que se esconda el Sol y se enfríen el asfalto y los pavimentos de piedra asfixiante. Por eso, la Alhambra es un oasis, porque no la han pavimentado y el agua y los árboles siguen refrescando el caminar. Pero cualquiera se atreve a cuestionar el progreso del sabio Occidente ¿Qué sabrían aquellos bárbaros andalusíes? ¿Cómo vamos a comparar una incómoda judería de callejuelas y naranjos con una buena plaza castellana? ¿Para qué reclamar árboles con la buena sombra que da un bloque de siete plantas? 

No es fácil hacer planes, digo, si no eres una imprudente. Si lo eres, pasearás a pesar de los 45 grados. El truco está en vestirse lo justo y llevar agua en el bolso. Además y para evitar la tortura a las amistades que aceptan tu visita basta con proponer la cita para cenar, nada de cafés de media tarde o almuerzos. Sólo cenas, desayunos o, en caso extremo, el aperitivo. Una vez consensuada la hora de la cita hay que saber elegir el sitio. En escenario pandémico y anticiclónico el requisito indispensable es que la terraza del bar elegido disponga de algún tipo de sistema de refrigeración extra. Vale tanto un buen ventilador que te despeine con la misma eficacia que te seca el sudor del cogote como los aspersores que pulverizan agua sobre las tapas y tú cerveza al tiempo que terminan de arreglarte el peinado pujando tu cabellera al más puro estilo afro. Lo que sea con tal de poder respirar mientras cenas y ríes y hablas y escuchas y dejas que reine el único calor que no agota, el calor de la amistad.

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Hay quien tiene que aprender a vivir con los pies demasiado grandes o la nariz exageradamente puntiaguda o unos ojos minúsculamente dibujados en su rostro. Yo hace años que acepté mi patológica propensión a espiar a la gente, a meterme en sus conversaciones, a observarla, a escuchar atenta la sabiduría de la calle. Al principio ocultaba mi defecto de la misma forma que mi vecino del tercero usa zapatos de vestir que disimulen su talla 48 de pie; o mi seño Doña Matilde usaba gafas de aumento para hacer crecer su mirada. Llegué incluso a crear un seudónimo bajo el que esconderme. Me hice llamar Mujer Cero. 
Con la edad, claro, he aprendido a disfrutar de esta tara que arrastro desde la infancia. En Cordópolis he salido del armario y he decidido profesionalizar mi propensión al espionaje, convirtiéndome en la Agente Lázaro, una cotilla en la city. Si nos cruzamos por la calle, disimulen, les estaré observando.

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Publicado el
25 de julio de 2021 - 14:20 h