Historia en un semáforo

Hace dos años que nos conocemos, bueno, dos años que nos vemos, porque conocernos, lo que se dice conocernos, no nos conocemos. Y admito mi culpa y me enojo por no atreverme a dar el siguiente paso.

Cuando me presenté creí que sería capaz de seguir profundizando en nuestra relación e imaginaba que algún día escribiría este post contando la vida de Víctor. Ni siquiera creo que ése sea su nombre, pero fue el único dato que me dio el día que detuve mi bicicleta y me presenté cansada de cruzar miradas cada mañana y no saber cómo se llamaba. Estrechó mi mano y me dedicó la primera de muchas sonrisas. Desde entonces nos saludamos todos los días. La escena se repite de lunes a viernes a eso de las ocho de la mañana. Cruzo el semáforo donde trabaja Víctor, digo "buenos días" y espero a que él responda con un "hola" y la mano levantada.

No sé dónde nació Víctor, ni cómo es su familia, ni cómo vino a parar a una ciudad de provincias en la que sus ventas se limitan a los pañuelos de papel y los ambientadores, pudiendo haber elegido un lugar en la costa donde los vendedores ambulantes diversifican la oferta hasta el infinito.

Estos días pienso mucho en él. No es sólo por los cientos de vendedores que me cruzo cada día en la playa. Es el final que ha tenido el senegalés Mor Sylla en Salou el que me trae de cabeza. El hombre dormía en su casa cuando la policía entró en un registro sorpresa por orden del juez. Me pregunto si ese juez ordenará registros en las casas de los compradores, porque si es delito vender mercancías ilegales ¿no es delito comprarla? Mor cayó por el balcón y así terminó una vida trágica casi desde que empezó.

En una semana volveré al trabajo y volveré a ver a Víctor. Seguiré imaginando su vida, incapaz de preguntarle por ella. No quiero ser una intrusa en una historia que convierte mi propia existencia acomodada en una broma de mal gusto, aunque quizás un día desayunemos juntos y sea yo la que le cuente mi vida.

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22 de agosto de 2015 - 08:45 h
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