Rodarán cabezas

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No podría asegurar que Tim Burton es un genio. Sí que es un geniecillo. Y un cotilla. O quizá no es más que un fisgón provisto de lentes de aumento infantiles, de ésas con las que uno se siente como el increíble hombre menguante en un mundo grotesco, cóncavo, oleaginoso, como el de un espejo de barraca de feria. Aunque se deje perilla, Tim Burton no ha crecido físicamente. Está encadenado a un maravilloso complejo de Peter Pan (hay pruebas más que sobradas de tal evidencia) tan necesario en unos tiempos en los que se venden placentas enlatadas con feto en escabeche en tiendas de veinte duros (por cierto, no es de extrañar que otro soñador como Coppola le haya facilitado algunos cimientos de su fábrica). Ésa es la llave maestra del arcón de su cuarto de juegos dentro del cual guarda a sus mitos particulares (Hansel y Gretel huyendo de la bruja de Blair, fantasmas verdes, melancólicos con manos de tijera, hombres murciélago y marcianos en la edad del pavo).

Hace unos años, intentó medir por el mismo rasero la historia del peor cineasta de la historia que acabó escribiendo novelas porno (dato para adultos obviado totalmente en la película), y el resultado fue extraordinario. Eso sí, la película no tiene nada de cuento de hadas, presentando a un personaje que vampiriza a un desgraciado drogadicto enfundado en la capa mohosa del conde Drácula. Así que no es casualidad que, al principio de Sleepy Hollow, Martin Landau sea la primera víctima del jinete sin cabeza. Toda una declaración de intenciones.

O quizá no. Ya se sabe, la mente de un niño grande es caprichosa e inexplicable. De cualquier forma, Tim Burton vuelve aquí a su mundo, a su universo particular que en ningún caso lo convirtió en una hermética ostra, como alguno de sus héroes de sus fantasías literarias. Sleepy Hollow es, principalmente, Sleepy Hollow. Es decir, el brumoso, cadencioso, hammeriano y sobrecogedor pueblo de los arrabales del Nueva York de finales del XVIII sublimemente recreado y atmosferizado por Burton y Emmanuel Lubezki, su bendito director de fotografía. Quizá suene injusto pero esto es a Burton, un fiera en los aspectos visuales, como el valor al soldado: se le supone. Mas como en cine, la tiranía de la dirección artística es igual que la de los efectos especiales (es decir, no basta con ello para lograr una película redonda, sino más bien al contrario), hay que enchufar el ventilador y esperar a que se despeje la niebla para comprobar lo que esconde debajo. Y lo que se esconde es una caja de música con una melodía minimalista pero irresistible de Danny Elfman; una colección de camafeos delicados como la cara de porcelana de Christina Ricci (cuyos ojos no son los de Bette Davis sino los de Lillian Gish) y de bramidos estentóreos como los de Christopher Walken (brutal como Hessin Horseman, el jinete descabezado). Y, como siempre, la jugosa colección de fetiches personales de Burton (los árboles retorcidos como truenos expresionistas; los dientes del jinete, al estilo de los de Lon Chaney en La casa del horror; la majestad de Christopher Lee, a falta de Vincent Price), encabezados por el suyo de cabecera; Johnny Deep, más Johnny Deep que nunca. A pesar de cierto empalago, la moralina sobrevive y es inmortal: es época de pesadillas, mejor que cobijarse bajo el edredón conviene mirar debajo de la cama por si algo crepita y rebufa. Si tiene o no cabeza es lo de menos.

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26 de abril de 2014 - 02:27 h
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