El último piconero de Córdoba: “El negocio del carbón no se va a acabar, aunque ya no queden carboneros”
En las paredes de la Carbonería Casa Ángel del barrio de San Lorenzo hay colgados extractos de reportajes y entrevistas de periódico. En uno de ellos, se puede leer un titular grandilocuente: “El penúltimo piconero”. El entrevistado Ángel, el padre de Rafael Guerrero, quien regenta desde finales de los 90 este negocio, la última carbonería histórica que queda en Córdoba, y una de las últimas de Andalucía.
Rafael es tercera generación de piconeros, aunque el mundo ha cambiado mucho desde que su abuelo comenzó el negocio, o desde que su padre lo estableció en el barrio de San Lorenzo, a principios de los años 50. En aquella Córdoba, el picón marcaba el ritmo del invierno en barrios como éste. El humo subía de los patios y corralas, mientras la ciudad miraba a la sierra como fuente de trabajo y sustento.
De hecho, la historia de la familia no empezó en el local de la calle Jesús del Calvario, sino en la sierra. “Mi abuelo ya era piconero, de los que iban al monte”, explica Rafael a Cordópolis. En su relato hay algo de fascinación por una práctica que está a punto de apagar las últimas brasas: su abuelo fabricaba el picón como se ha hecho siempre: desbrozar, cortar, apilar la leña, quemarla en un claro, cortar el fuego a tiempo y dejar enfriar. No tenía despacho. Vendía el producto por las calles, como era habitual entonces.
La carbonería
Fue su padre quien dio el siguiente paso y estableció el negocio de forma fija. Primero un pequeño punto de venta, después el local definitivo. La Carbonería Casa Ángel abrió en 1951, en un entorno donde el oficio era parte del paisaje urbano. “Aquí había piconerías por todos lados”, recuerda Rafael. “En Jesús Nazareno, en Alhóndiga, en Campo Madre de Dios, en el Campo de la Verdad”.
No es casual que Santa Marina fuera conocido como el barrio de los piconeros ni que Córdoba tenga una Avenida de los Piconeros. Desde allí se accedía directamente a la sierra. “Salías del barrio y ya tirabas para El Brillante, la ermita, el monte. Todo eso estaba lleno de gente trabajando”, relata Rafael sobre una ciudad y una historia de la que ya solo quedan rescoldos como el suyo.
“Carbonerías como esta, en Córdoba, no hay más. Y en Andalucía, otra en Sevilla, a la que además yo le vendo el picón”, explica sobre un negocio que ha ido desapareciendo devorado por la industrialización, la normativa, la pérdida de relevo generacional y el cambio de hábitos.
Del mostrador a la carretera
Rafael tomó las riendas del negocio a finales de los años noventa, aunque en realidad nunca se fue de él. “Yo iba con mi padre desde chico. Cuando me saqué el carné, con dieciocho o diecinueve años, ya empecé a repartir”. Muchos de aquellos clientes siguen hoy llamándolo por su nombre. El negocio, por supuesto, ha ido evolucionando y ya no vive del particular.
“Esto hoy es hostelería, sobre todo”, especifica. Restaurantes, asadores y cadenas de supermercados son ahora el núcleo de su trabajo. Rafael pasa gran parte del día en la furgoneta, cargando y repartiendo sacos por toda la ciudad. “Esto va mucho de confianza y de boca a boca. Los cocineros se mueven mucho, se cambian de sitio y se pasan el teléfono, y si eres serio y formal, te va a ir bien”, aclara.
El picón, sin embargo, ya no es lo que fue. Aunque se sigue fabricando prácticamente igual que hace décadas, su venta ha caído de forma drástica. “Tiene muchísimo trabajo y poco beneficio”, explica. A eso se suman las restricciones medioambientales y la burocracia: permisos, papeles y limitaciones que hacen casi imposible producirlo cerca. “Aquí ya no se puede quemar ni cortar como antes”, dice. El picón que vende hoy llega de otras zonas, especialmente de Extremadura, de productores que aún resisten en el monte, cada vez menos.
¿Habrá cuarta generación?
Por las mañanas, durante unas horas, levanta la persiana del histórico negocio. Allí vende también leña a los vecinos del barrio. En semanas como ésta, en la que las temperaturas han caído bajo cero, el stock se le agota. En zonas como San Lorenzo, Santa Marina o San Pedro, sigue habiendo casas unifamiliares con chimenea, y tener a mano un espacio donde comprar leña cerca es un plus.
Así que Rafael compagina aún picón, carbón y leña como negocio. Lo que no sabe es hasta cuando. Cuenta que su hijo estudia enfermería y emergencias sanitarias y no sabe si tendrá interés en seguir el negocio familiar. Rafael no idealiza el pasado ni dramatiza el presente. Asume que su oficio está en peligro de extinción, pero mientras haya parrillas encendidas y cocinas que necesiten carbón, seguirá levantando la persiana cada mañana.
“El carbón se va a seguir vendiendo. Lo que puede es que ya no queden carboneros”, concluye, antes de empezar el reparto diario.
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