Notting Hill

El espectador de una comedia romántica (o una de terror, ya puestos), es como Teseo en el laberinto. Sabemos que, tarde o temprano, nos encontraremos frente a frente con el Minotauro, olemos su aliento en cada esquinazo, conocemos que su embestida puede ser fatal pero… seguimos avanzando paso a paso, sin volver la vista atrás. ¿Por qué? Por los vericuetos. Por los pasadizos, las trampas, los callejones sin salida, las sorpresas, los sobresaltos… En definitiva, la incertidumbre de ver en qué momento llegaremos a un desenlace que ya sabíamos y presentíamos antes de entrar. Igual que sabemos que el psicópata de Viernes 13 iba a emerger de las aguas para que la fábrica de secuelas siga su ritmo, que Audrey Hepburn iba a llenar de diamantes los labios de George Peppard derritiéndonos a su vez nuestros tuétanos, y que Norman Bates era capaz de matar a una mosca y a un rebaño de rinocerontes africanos si hiciera falta. Cuestión de lógica. Ni siquiera hay en ello nada de intuición cinéfila. Pero cuánto placer, escalofríos, lágrimas, respingos y vuelcos al corazón nos proporcionan las dos horas que transcurren hasta que el Minotauro nos bufa las pestañas. Hasta dan ganas de dar plantón a Ariadna y a todas las sirenas de Ítaca para meternos de lleno en la primera sesión de la tarde del cine de Creta.

Algo así ocurre con Notting Hill. Nos sabemos de memoria y a priori los titubeos, balbuceos y escarceos del bueno de Hugh Grant; los labios apocalípticos e integrales de Julia Roberts y que, al final, la boda se anunciará con trompetas celestiales. Conocemos como la palma de la mano el guión. Pero nos encanta. ¿Por qué? Porque, hasta toparnos con la bestia, el largo y tortuoso camino por recorrer se convierte en la cantarina senda de baldosas amarillas que desembocan en Oz. Así pues, sintámonos Judy Garland por un momento y adentrémonos en el laberinto.

A bote pronto, la historia se antoja directa y sin fisuras, como un cantazo de la onda de David. Tenemos a una encantadora y glamourosa estrella de cine con novio cavernícola, bufete de agentes a su costa y a punto de superar la barrera de los veinte millones de dólares por película. En la otra esquina, tenemos a un perfecto don nadie con cara de Din A-4 que empapa sus fracasos sentimentales entre guías de viajes, a poder ser lo más exóticas posibles. El encontronazo, por inevitable, no puede ser más ingenuo. Ella, la estrellona, en vez de mandar a un mayordomo con coleta rubia a comprar todos los libros sobre Turquía que encuentre en Amazon, se desplaza en cuerpo y sonrisa a la tiendecilla del pardillo. Y por esa sorpresa (escondida en un bazar, por supuesto) que se lleva él y que nos llevamos todos, el laberinto comienza a enroscarse y burbujear como una traca de pompas de jabón.

Así, el espectador se quita el traje de ateniense y se coloca la guerrera de periodista despistado en el brete de despistar al casting completo de Barbarella para una gacetilla de sabuesos y alfalfas. Luego, se queda en calzoncillos para atender a los paparazzis con posturitas procaces y todo (ese tal Rhys Ifans, que nos lo presenten y lo llevamos a un coktail de damas con el meñique rizado, a la feria de Jerez o la carrera ecuestre de Astor). Más tarde, se coloca unas gafas de espeleólogo (por lo menos) para ir a un espectáculo, luego una camisa arrugada como el desengaño y, finalmente, se aplica el almidón al esmoquin y se dispone a comer perdices en la salud y en la enfermedad. Es decir, Hugh Grant con almidón y el patio de butacas con los efectos de la levadura emocional que transmiten las dos horas que acabamos de deglutir como si fuesen un par de bombones de chocolate con leche.

Claro está que Teseo se quedó con ganas de mirar debajo de la alfombra y comprobar algunas interioridades y obviedades del trayecto. Por ejemplo, si la espléndida Julia empezó a dejarse crecer la melena debajo de las axilas durante el rodaje o si Hugh piensa algún día en cambiar de peinado. Pero no es cuestión de pedir peras al olmo, sobre todo si ya nos hemos hartado (en el mejor sentido) de  una de las ensaladas más bien surtidas y aliñadas desde que las entradas se estrecharon y los precios se alargaron. Decir que Notting Hill es superior a Cuatro bodas y un funeral quizá sea simple cuestión de gustos o del pie con el que te levantes ese día. Decir que sobrepasa con holgura a naderías como Tienes un e-mail o Cuando menos te lo esperas y todo ese maldito sarampión de comedias románticas que nos sacuden por todos lados es algo baladí. Quizá sirva apostar sobre seguro y dar fe de que esta bendita película entre mejor que el gazpacho de mi madre y sienta mejor que una siesta a pie de cala. Hasta te dan ganas de hacer una buena acción cívica al terminar de verla (al poco se pasa, eso también). En fin, olvidémosno de prejuicios y dispongámonos a lidiar con un morlaco de labios cálidos y melena cobriza. Que no es mal plan para una tarde de poco dinero y sin muchas cosas que hacer.

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12 de abril de 2014 - 02:38 h
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