Mogambo

En la categoría de los clásicos americanos han existido directores a los que les estorbaba el aire libre y que ejercían su sabiduría en interiores. Otros disfrutaban más con su trabajo cuando el argumento de sus películas les obligaba con enorme placer a rodar en exteriores, pudiendo así compatibilizar profesionalidad y diversión. Cuando el equipo les funcionaba, se mezclaban las claves personales acompañando a la ficción. Fiestas como Hatari, La reina de África o Mogambo son ejemplos de ello.

Mogambo es una comedia sobre las relaciones humanas en medio de la mayor acción y aventura que uno pueda imaginar. Una correría a la que John Ford se abandona de vez en cuando con socarronería, en función, me imagino, de las condiciones de producción (la batalla de los negros insurrectos, inverosímilmente, nunca llegó a producirse; las cacerías de monos se reducen a cuatro fotogramas documentalistas; la ambientación africana se relega a estereotipos costumbristas) para, a cambio, ofrecer un completo tratado del juego amoroso y el triángulo imposible.

Ford toma partido (y nos lo hace tomar) por la hembra clarividente y machacada, tan defensivamente cínica como hilarantemente divertida, tan dialécticamente destructiva como afectivamente desamparada, tan exuberante como tierna, inevitable e inmoderadamente alcohólica, una señora adorable, vamos. Haciéndole la competencia en la caza, para enojo del espectador de sensibilidad e inteligencia media, pulula la niña bien, el objeto de jade que se puede romper en cualquier momento. Una muñeca calculadora, sensiblera y cobarde, destinada a seguir con su memo enamorado en la ficción cinematográfica o a casarse, en la vida real, con cualquier príncipe de tres al cuarto que necesite adornos de lujo en su real cama. En medio de ellas, el macho, tan autosuficiente como bobo, tan eficaz en su trabajo como paleto en cuestiones de mujeres. Preferir una señora distinguida a una zorra vitalista es un error que no le perdono al chulo orejudo proclamado como rey en materias  seminales. Al final, triunfa la lucidez y todos nos vamos contentos a casa o al bar más próximo con la certeza de que si se juegan las cartas con inteligencia siempre gana la desvergüenza, la constancia y la alegría.

Es inevitable que este divertimento africano lo firme la naturalidad, la sencillez compleja, el humor, la emoción, el humanismo y el amor por las mujeres. O sea, ese viejo reaccionario, como decían los alcornoques años atrás, llamado John Ford. Es enormemente grato que la película esté habitada por una de las mujeres más febrilmente guapas, inteligentes y sensuales del reino de las luces: la maravillosa Ava Gardner.

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21 de septiembre de 2013 - 02:44 h