Una de aventuras

Mel Gibson fue, además de un actor de éxito mundial, alguien que nunca cayó bien a los críticos y allegados. Cierto tipo de declaraciones hechas por ahí (y que, con lo poco que se lee, milagrosamente fueron leídas), lo convirtieron para siempre en un facha, en alguien a quien se debe despreciar. Su nombre es sinónimo de gran reaccionario, maltratador, alcohólico violento, antisemita, homófobo, feroz enemigo del aborto bajo cualquier circunstancia y ultraconservador incendiario. Lo normal, lo lógico y lo que menos importancia tiene es que llegue uno, y aun antes de ver una de sus películas, decida que no tiene interés. O sea, lo que se dice un prejuicio. Pero lo anormal, lo ilógico y lo que sí tiene importancia es que, después de ver películas como Braveheart, a cualquier cantamañanas lo único que se le siga ocurriendo es que es un facha.

Quizá este último extremo sea susceptible de ser tratado en una de esas tertulias mañaneras donde se discute de cualquier cosa, pero lo que es absolutamente indiscutible es que Mel Gibson siempre tuvo madera de buen director de cine. Hizo El hombre sin rostro, una película íntima, sentimental y muy bien cuidada por dentro y por fuera. Después rodó Braveheart, una maravillosa película de aventuras, con nervio y pulso dignos de maestros del género. Y más tarde comenzó a perder el favor del público rodando con osadía (y siendo una megaestrella no tenía necesidad de ello), dos películas interpretadas en lenguas precolombinas y cuyas bases eran el retratar fielmente la capacidad de supervivencia y el más cruel naturalismo (rozando incluso el sadismo).

Lo que no se puede dejar de reconocer es que hacía mucho tiempo que no nos encontrábamos con una película de aventuras tan reciamente rodada, tan bien narrada y con tanta personalidad como ésa filmada por Gibson que narra las peripecias de William Wallace a finales del siglo XIII, época en que la gente aún estaba asilvestrada y las diferencias entre un caballero y un animal en cuanto a educación y modales eran mínimas y favorables siempre al segundo. Las puesta en escena es excepcional y en ella se mueven unos personajes con muy mala traza que podrían ser estupendamente interpretados por Santiago Segura.

Sin apenas ínfulas, con precisión y hasta con lirismo, la película traza la personalidad de Wallace, y alrededor de él va moldeando un buen puñado de personajes y acontecimientos poniéndolos en cada momento en su estante correspondiente: los buenos, los malos, la chica, la princesa... de tal manera que cualquier buen espectador de cine (a saber, el que se arrellana en su butaca) se dispone a enterarse de absolutamente todo lo que pasaba en Escocia cuando los ingleses aún mantenían el derecho de pernada. Braveheart muestra a su héroe en la misma doble vertiente en la que siempre se muestran los héroes: en la batalla y en el amor. Y hace, pues, la crónica de su aventura por la independencia de Escocia y la de su aventura romántica, es decir, los amores aristotélicos que tuvo con su esposa y los platónicos con la princesa Isabel (que interpreta entre mohínes franceses la bellísima Sophie Marceau).

Lo que más sorprendió a los limpios de corazón fue la pericia de Gibson al rodar las escenas de batalla. Los que entienden de esto comprendieron la dificultad de meterle una cámara a unos cuantos miles de personas pegándose (faltaban cinco años para que la técnica permitiera multiplicar digitalmente a los contendientes en Gladiator), y el que más y el que menos está harto de ver chapuzas cinematográficas sobre esto. Pues Gibson las rodó a cien por hora, y no hay espadazo, hachazo ni porrazo que se pierda el espectador. Por cierto, y hay que decirlo, Braveheart no le ahorra a los ojos ni un mal trago, y hay escenas de carnicería e, incluso, casquería tan bien aderezadas que le pueden arruinar a uno la cena (la hecha o la aún por hacer).

Y por cierto, también el tono general es muy en el estilo de las películas de antes, donde, entre la aventura y el drama, se colaba un ingenioso sentido del humor que ayudaba a digerir estas historias tan tremendas. Y se colaban personajes de rondón con el único sentido de reírse de ellos, o de que el espectador se riera. Aquí, y es uno de los pecados que son difíciles de perdonar, Mel Gibson eligió para este cometido al hijo del rey Eduardo I (al que pinta bastante julandrón, por cierto).

Aunque es evidente que Gibson es mejor director que actor, encarnó con mucho cuerpo al protagonista, William Wallace, lo cual hace aún más meritoria su labor, pues está en la pantalla y rodándola; es decir, algo con la dificultad pareja a lo de en misa y repicando.

Braveheart dura una barbaridad pero se acaba en un santiamén; cuenta miles de historias de miles de personajes, pero se sigue como un cuento infantil; es dura, áspera y sangrienta pero mantiene hipnotizado al espectador; la ha dirigido Mel Gibson, pero podría haberla firmado un maestro. Y antes de decir simplezas sobre él, mejor pensar por un momento en las que ya dijeron algunos sobre un tío enjuto y con cara de palo llamado Clint Eastwood.

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14 de junio de 2014 - 02:10 h