Asfixia

Entre las innumerables ventajas de la fe en dioses o demonios, de la certeza en que alguien con poderes sobrenaturales va a atender a tus súplicas en momentos difíciles, debe de ocupar un lugar de privilegio la seguridad de que si lo pides con humildad e insistencia tu muerte va a ser súbita y sin dolor, que el tránsito hacia el otro mundo ocurrirá en tu cama y no será excesivamente traumático para nadie, que la Parca te pillará durmiendo, nunca consumido por el tenebroso cáncer u otras enfermedades tan lentas como devastadoras. Cuando ataca ese angustioso asaltante nocturno llamado insomnio, puede ser sombrío casi todo lo que rebulle en el cerebro. Sospecho, como lo hacía Poe, que entre los temores ante la forma de largarte al otro barrio hay uno que abunda en las pesadillas y es el pavor ancestral a ser enterrado vivo.

Puestos a delirar, la imaginación también puede temer que el sadismo deduzca que no existe mayor tortura que meter a la víctima en un ataúd. Asfixia, oscuridad y desesperación. Horror en estado puro. La supervivencia mental logra que esa alucinación dure poco. Pero puede ocurrir que un guionista de cine sea tan arriesgado como para concebir una historia que se desarrolla únicamente dentro de un féretro, ocupado éste por un hombre que ha sido secuestrado en Irak y cuya supervivencia depende de que el Gobierno estadounidense o la empresa para la que trabaja pague el rescate, o de que el ejército consiga adivinar su claustrofóbico paradero y le liberen antes de esa muerte transparentemente horrenda. Para intentar sobrevivir dispone de un zippo empapado de gasolina y de un móvil con la batería cargada.

Este insólito guión se titula Buried, Buriedlo parió Chris Sparling y lógicamente el kamikaze escrito no tuvo pretendientes, pasando años de soledad, incomprensión y desdén en los despachos de algún genio de la producción cinematográfica. Estoy seguro que el reto de convertir este material en una película atractiva está al alcance de muy pocos directores. Es probable que Hitchcock se hubiera permitido ese lujo, la experimentación del "más difícil todavía". En Naúfragos Naúfragoshizo magia en el único escenario de una balsa salvavidas a la deriva. Creo que fue Truffaut el que expresó la lúcida convicción de que ese hombre gordo era el único capaz de hacer algo apasionante con una historia que se desarrolla en un ascensor.

Ese desafío no lo afrontó el capricho de un director cuya obra está más allá del bien y del mal, sino el de Rodrigo Cortés, un gallego que en 2010 tenía todo por ganar. Imperdonablemente he tardado demasiado tiempo en ver Buried (enterrado). Buried (enterrado)Por desidia ante los experimentos visuales con una temática tan ingrata, no habiendo superado todavía el descubrimiento que Quentin Tarantino me hizo sobre lo que es un entierro virginiano, por el inevitable mosqueo de que no voy a ser capaz de soportar durante mucho tiempo esa claustrofóbica sensación. Pues acabo de hacerlo y la sorpresa es mayúscula. Paso 95 minutos hipnotizado y en tensión, comprendiendo la incalculable tragedia de ese hombre, su zozobra, su terror y su esperanza, sus relaciones profesionales y familiares, identificándome racional y sentimentalmente con su infierno. Hay que poseer un talento enorme para lograr esas respuestas en el receptor cuando solo dispones de tu cámara filmando en un espacio aparentemente imposible, un actor que te transmite continuamente verdad y un guión en el que no falta ni sobra nada, incluido el desenlace más creíble.

Al parecer, Rodrigo Cortés consiguió ese milagro en 17 días de rodaje en unos estudios de Barcelona. Es un director español sin crédito comercial que ha importado a nuestro cainita país un argumento y un actor nacidos en Estados Unidos.

Qué bonito que el presunto subdesarrollo utilice con tanto arte una idea y un intérprete que pertenecen al imperio.

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22 de junio de 2013 - 00:53 h
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