Fosforito: “Yo sólo soy un viejo cantaor”

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Antonio Fernández Fosforito (Puente Genil, 1931) recorre con una agilidad sorprendente las piedras de la plaza del Potro, tras bajar a pie desde la plaza de las Tendillas. Bromea sobre la caminata que ha tenido que pegarse tras una confusión con CORDÓPOLIS sobre la hora a la que estaba citado para la entrevista, pero no se molesta ni mucho menos. Hace mucho frío en la Posada del Potro cuando entra el flamenco que le ha dado nombre, pero Antonio Fernández asegura que está bien, que es de sangre caliente. “Oye, que yo soy Fosforito”, le dice al periodista mientras le estrecha la mano, que a diferencia del cantaor la tiene helada.

Fosforito viste de traje y peina con coquetería sus rizos. Amable, hace caso a los fotógrafos Toni Blanco (que es su amigo) y Rafael Madero Cubero, que no paran de disparar. Fosforito habla muy bajito, pero no puede evitar arrancar un compás y soltar algunos versos flamencos cuando se sube al escenario para que le fotografíen. Fernández está en Córdoba, una de sus muchas casas, como jurado del XX Concurso Nacional de Arte Flamenco. Él ganó por unanimidad todas las categorías de la primera edición en 1956, hace nada más y nada menos que 57 años.

Antonio Fernández, que en las casi dos horas de conversación no mirará nunca el reloj, antes de la primera pregunta, bromea con el entrevistador: “Tú pregunta lo que quieras, que yo contestaré lo que quiera también”. Y se ríe.

PREGUNTA. Aquí estamos, en su casa [la entrevista de desarrolla en la sala dedicada íntegramente a Fosforito de la Posada del Potro].

RESPUESTA. Mi casa está en cualquier lado. Como yo digo, el flamenco es un patrimonio de todos y nos pertenece a todos por igual. Cuando alguien dice que algo es suyo, yo digo que lo es mientras no lo canta. En cuanto que lo canta, empieza a formar parte del acervo cultural general y ya nos pertenece a todos. El flamenco es una tradición y es una música ancestral que nos identifica. El flamenco es una manera de sentirse. Verás, cuando me hablan de los puros... El flamenco supera cualquier genio. Los genios son transitorios. Hay genios maravillosos que han pasado a la historia. ¿Qué es lo que han hecho con el flamenco? Le han aportado forma. Su genialidad, siempre con el respeto. Desde que hace mucho tiempo se formaron los troncos comunes de los cantes, por malagueñas, por soleares, por seguiriyas..., y empezaron las personalidaes a identificarlo poniéndolo un canon. Ya sabemos cómo es el cante de la Trini, la soleá de Alcalá o el cante de Manuel Torres. Bien, ahí aparece el término heterodoxia. Nos referimos a lo que está en un entorno próximo y en esa certeza, pero con la capacidad de aportar un color diferente. Es como los guitarristas: hay quien tiene un sonido propio y quien copia muy bien, pero los hay que además de eso aportan modos. Eso identifica y los que crean esa forma son los que generan arte y escuela, con una cantidad de seguidores que son los que están en esa línea. Los genios aportan esas formas, pero al final la vida se los lleva y queda su obra, lo que han aportado. Esa riqueza que han dado a esa música andaluza nuestra.

En cuanto se canta, el flamenco ya nos pertenece a todos

P. Y usted asume, estando en esta que es su casa...

R. Aquí hay parte de mi corazón. Desde el Concurso [Nacional de Arte Flamenco] que ocurrió hace 57 años han pasado muchas cosas. Y aquí está parte de esa vida que yo me ido dejando por esos caminos. Hemos ido haciendo muchos caminos y recorriendo caminos que ya habían andado otros. Tengo que dar gracias a Dios porque yo he sido un afortunado que he podido vivir de lo que me gusta, de lo que me apasiona, y crear una familia numerosa. He podido darle a mis hijos estudios universitarios, cosa que yo no tuve nunca. No tuve ni posibilidad, porque sabes que yo soy un superviviente de la infame guerra nacional. ¿Cómo se llamaba, la guerra...?

P. La Guerra Civil.

R. Incivil, diríamos [Fosforito guiña un ojo a Toni Blanco, haciendo ver al periodista que ha caído en la trampa para lograr la definición de lo que él considera que es un atropello etimológico].

P. Qué arte.

R. Y claro, como yo nací en 1932, como usted sabe, me chupé toda la guerra. Por mi pueblo pasaron todos los colores: azules, rojos... todos los colores. Y bueno, esta guerra y la posguerra, de fatiguitas las pasé todas. Desde muy joven tuve que empezar a buscarme la vida. Tengo anécdotas desagradables y las cuento sin odios, porque yo no tengo odios a nadie. No soy capaz de tenerlos. Pero me han pasado muchas cosas. Ahí hay un cartel [señala al fondo de la sala Fosforito de la Posada del Potro] del año 1945 en Ronda en el que aparezco después de que yo hubiera cantado ya en todos los pueblos de las sierras de Cádiz y Málaga, en los que me anunciaban en unos carteles de pizarra con tiza, me anunciaban detrás de las películas. Eran unos cines en los que no había mucho espacio en el escenario, sino que entre la pantalla y el público apenas había medio metro. Allí casi no cabía una banqueta para un guitarrista y yo de pie hacía unos cantes. El empresario en razón de la gente que había me daba un dinerillo. Hasta que llego a Ronda, me contratan y hago mis espectaculitos. Hubo uno en el que la figura era un cancionero de Málaga, el Gitano de Ronda, un espectáculo maravilloso, con bailaora, con cantaores... En ese año, en Ronda, me anuncian como cantaor sólo a pesar de que yo tenía 13 años en 1945. Y canto para bailar a Luisa la Chata de Antequera. Bueno, bueno. Eso para mí es un documento increíble, teniendo en cuenta del año en que estábamos hablando, donde la Posguerra daba sus coletazos.

Tengo que dar gracias a Dios porque yo he sido un afortunado que he podido vivir de lo que me gusta, de lo que me apasiona

P. El hambre.

R. De hambruna infame. De hambruna infame. Aquella leche en polvo de los americanos, aquella mantequilla que mandaban... para qué te voy a contar.

En mi casa cuando había algún motivo por mínimo que fuera había fiesta, toques y cantes, ahí estaba yo. Estaba predestinado

P. Ahora me surge la duda de cómo era Fosforito de niño. Bueno, Antonio Fernández, porque todavía no era Fosforito, imagino.

R. Era Fosforito en mi pueblo, porque mi padre, que era cantaor, era Fosforito. Mi padre era de Posadas. Y yo nací en Puente Genil. Mis raíces están ahí, son pontanas. Pero claro, mis primos eran guitarristas y en mi casa cuando había algún motivo por mínimo que fuera había fiesta, toques y cantes, ahí estaba yo. Estaba predestinado, siendo como era de una familia de artistas.

P. ¿Y era el flamenco una manera de salir, de evadirse, del hambre y de las penurias?

R. Yo, que cantineaba algo, era la única posibilidad que tenía. En mi casa no cabíamos. Era una vivienda de 40 vecinos y teníamos una casa con solo dos habitaciones en las que dormíamos atravesados en las camas o en los carros, en la calle. Allí esperábamos a los hortelanos que venían a arreglar sus tratos o a tomarse su copilla de aguardiente. Y yo estaba allí y si hacía falta un fandango que les alegrara el momento, pues ahí estaba yo. En aquel tiempo, con las perras gordillas de cobre... sobrevivíamos. Entonces, cuando yo vuelvo después de un montón de peripecias, entre ellas esta por los pueblos de la sierra de Cádiz y Málaga, surge lo de la mili y lo de que me enrolo en un circo cantándole a una bailaora de Cádiz, Patrocinio, con el guitarrista Francisco de Utrera. En 1955 volví a mi casa destrozado, con una voz infame. Entonces, y lo cuento con mucho orgullo, aquel Ayuntamiento, el de mi pueblo, que creía en mí como artista y que me vio tan mal me compró una guitarra que les costó un dineral. En 1955 estamos hablando de 2.000 pesetas. Oye, que con eso te comprabas una casa. Me pusieron un profesor que me enseñara y conforme iba ensayando y por inercia te empiezas a entonar, te encuentras la voz más o menos, y apareció el Concurso de Córdoba en la primavera de 1956. Tan necesitado como yo estaba de ganar dinerillo y seguir viviendo, le echo valor y me presento a todas las sesiones de cante. Tuve la suerte y la gran fortuna de ser premio absoluto. Y bueno, como en mi pueblo a mí me llamaban el niño de Fosforito y como de mis hermanos sólo me lo llamaban a mí por lo del cante, pues con eso me quedé. Mi padre era un cantaor que en los años 20 del siglo XX hacía el cante de un Fosforito de Cádiz, que se llamaba Francisco Lema y que nació en 1870, que dice Fernando de Triana en su libro de Arte y artistas flamencos que le llamó Fosforito porque era un hombre alto que encendía los cigarros en los faroles de los tablaos. Ese Fosforito murió en Madrid en 1940 o 1942 después de llevar 30 años que no cantaba y protegido de un cantaor que era el Niño de las Marianas, padre de un guitarrista maravilloso: Luis Maravillas. Bueno, pues mi padre remedaba ese cante de Fosforito muy bien y lo llamaban así, aunque mi padre no era tan alto, era delgadito y cantaba muy bien por soleás. Y bueno, terminó siendo un pintor de brocha gorda y el hombre pues ya... pues no. Como tantos cantaores se malogran. Ahora mismo hay cantaores extraordinarios pero son de fin de semana. Van a las peñas, van a concursos, van a algunos trabajitos que les salen, pero durante todos los días trabajan en el oficio que sea. Difícilmente pueden mantenerse con las cositas que hacen. Bueno, pues mi padre era un cantaor que no pudo seguir cantando, y a mí me llaman Fosforito por mi padre. Entonces aquí, cuando el Concurso, alguien de mi pueblo empezó a gritar “Fosforito, Fosforito”. Algún periodista lo escuchó y puso un titular: Fosforito, o César o nada. Era un titular enorme en un periódico que me parece que se llamaba El Español. Después de eso, ya sabes, la prensa vuela y otros periódicos tomaron el nombre de Fosforito. Y así he seguido siendo Fosforito. No tengo más historia.

Ahora mismo hay cantaores extraordinarios pero son de fin de semana

P. Y Fosforito se quedó.

R. Y encantado.

P. ¿Pero cómo es ese niño, ese joven que viene de la mili, que se busca la vida en el flamenco, que gana ese concurso, que se convierte en una leyenda y, sobre todo, en un intelectual del flamenco?

R. No, no. Yo no soy intelectual. Soy un hombre muy inquieto, soy un autodidacta. Yo he sido siempre un inquieto. Desde chiquitillo yo he escrito muchísimo. Hay mucha gente que me ha cantado, desde Juan Valderrama, Chiquetete, y Juan Linares. Hasta Camarón me grabó. Bueno, pero no intelectual. Cuando yo tenía diez años, en mi casa no había luz eléctrica. Con un pedazo de vela, Doña Conchita, una vecina que tenía enfrente, me dejaba libros. Y yo con diez años leía a Thomas Mann con una vela que me quedaba sin vista y pegado al balconcillo. He tenido siempre muchas inquietudes, pero me he hecho absolutamente solo.

Yo no soy un intelectual

P. Pero usted admite que no es un flamenco normal.

R. Yo soy un flamenco que hago otras cosas.

P. Por eso.

R. Bueno, porque soy inquieto, porque mi mente está abierta a otras culturas y yo nunca he rechazado ninguna vertiente. Y sobre todo, he tenido mucha afición a la lectura. Y desde hace mucho tiempo, un día me puse a hacer cosas y me salían. Probablemente tendré cuatro o cinco mil letras registradas. Bueno. Pero de eso no voy a hablar. Yo sólo soy un viejo cantaor, ahora a estas alturas con más de 80 años. Tampoco voy a presumir de nada.

Yo sólo soy un viejo cantaor, ahora a estas alturas con más de 80 años. Tampoco voy a presumir de nada

P. En los años 40 usted sólo escuchaba flamenco. No llegaba otro tipo de música a su casa.

R. Ni yo tenía un tocadiscos ni a cantaores más antiguos. Era un aprendizaje de campo, directo. Escuchaba a la Niña de los Peines o a Ramón Montoya en el Teatro Circo de mi pueblo. Y ponía el oido en la puerta que daba al escenario y me enteraba de las cosas, y lo escuchaba ensayando. He aprendido de todo el mundo pero de una forma directa. Lo que pasa es que por eso yo, como tantos otros, tengo mis formas, mi modo personal de ser y de cantar, y no me parezco a nadie. Me gusta y me encanta todo el mundo, unos más que otros naturalmente. Soy un cantaor de estilo clásico porque me gusta la tradición y escuchar a Mairena. Me encanta como cantan los que cantan bien, pero yo no rechazo. Soy un hombre que lo mismo que leía todo lo que pasaba por mis manos escuchaba a tantísima gente directamente y a lo largo de mi vida... Yo conocí a Juan Mojama, a la Moreno, a Juan Perrate, a Fernanda..., a Aurelio en Cádiz, al Niño de la Viña, a Antonio Rosa, al Niño de la Alegría, a Pericón, a tantísima gente que yo he escuchado sacando mis propias conclusiones.

He aprendido de todo el mundo pero de una forma directa. Por eso, no me parezco a nadie

P. ¿Usted ha pensado cómo sería el cante de Fosforito si hubiese crecido en estos tiempos y escuchado otra música, o hubiera ido a la universidad...?

R. No lo sé. Tengo un amigo al que le van bien las cosas y tiene dinero, que me dice, jo, si yo hubiera estudiado... Pues a lo mejor no tendría lo que tiene. Yo que sé. No tengo capacidad de ver el futuro y eso no lo sabemos. Tampoco puedo pedir más. He vivido de lo que me apasiona, me gusta y ha sido mi vida. Hay momentos que no entiendo como mi mujer me ha aguantado tanto, porque yo tengo mi mundo interior. Cuando tengo necesidad de escribir algo para alguien o para mí, me encierro en mi despacho y ya no me acuerdo ni de comer. Me cuesta mucho ponerme, pero cuando me pongo... Ahora ya no. No tengo la misma memoria ni tengo esa frescura que podía tener cuando era más joven y estaba horas y horas haciendo cosas. El poeta Félix Grande me dice: No rompas nada. Naturalmente hay cosas que no te gustan, pero me insiste: No lo rompas. Ya las pondremos en orden. Bueno. No sé cómo sería. Tampoco me inquieta eso. Porque la vida que tengo es lo que el destino me ha tenido guardado. Y yo no me quejo, la verdad. Me confomo con lo que he podido ser.

Me confomo con lo que he podido ser

P. Le hago esa pregunta porque hay grupos actuales, que no hacen flamenco, sino que hacen pop, como Los Planetas que ...

R. ... hacen cositas mías, sí.

P. De los años 50 y lo consideran como un referente y aseguran que sus letras ya eran muy modernas.

R. Sí, bueno, ocurre como con el jazz. En 1957 yo estaba en un teatro de Madrid con una bailaora y unos espectáculos maravillosos. Allí había un espectáculo de morería y oriente. ¿Qué pinto yo en Oriente? Con un espectáculo de danza de 14 muchachas, un bailaor y yo. Y vamos a Persia, a El Cairo y a Líbano, por esos países casi año y medio, y vuelvo en diciembre. Llego a Madrid después de año y medio, casi dos años, procedente de Oriente Medio. Llego en diciembre y enero, que debuto en el Teatro Princes, hago espectáculos, me incorporo a otros espectáculos, y en el Corral de la Morería intercalo en invierno el tablao y de la primavera al otoño los espectáculos para allá y para acá, jugándomela siempre. La vida de los artistas es eso: la inquietud.

El flamenco tradicional sigue ahí y estaba ahí

P. Hace 57 años que ganó el Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba. ¿El flamenco ha cambiado algo desde entonces, no?

R. Bueno, el flamenco tradicional sigue ahí y estaba ahí. Hubo un momento de depresión pero no era de los cantaores, sino del país, de la vida, de la situación infame que vivíamos. Había cantaores maravillosos que estaban silenciados, y no sonaba Pastora, no sonaba Juan Talega, no sonaban cantaores extraordinarios que no tenían espacio. Ha pasado un tiempo y ha habido figuras maravillosas, pero ya no hay cabeceras de cartel como entonces. Ya no está Mairena, Terremoto o tantísimos cantaores maravillosos que se nos han ido... Chocolate, Antonio Pinto o Juan Barea. Pero sí hay gente que canta muy bien. Creo que ahora mismo ese marchamo de calidad o reconocimiento que le pone la Unesco al flamenco lo que hace es darle un toque de atención a las administraciones públicas para que protejan y le den espacio donde expresarse. Entiendo que los medios son difíciles, pero había que abrir puertas. Ahí está el secreto. Hay muchos flamencos, pero si no le das un sitio o un foro de expresión, difícilmente van a poder buscarse la vida dignamente. Para eso es para lo que la Unesco le ha dado ese toque a las administraciones. El flamenco era conocidísimo mucho antes de que la Unesco dijera ustedes son. Ya éramos. Ya éramos. Ahí estaban Carmen Amaya, Vicente Escudero, Pilar López, Montoya... en el extranjero grabando, recorriendo y reconocidos en el mundo entero, con una categoría que aquí en España no se les daba. Bueno. Aquí hubo un momento en el que después de la guerra, seguramente porque como había tantos odios, tantas polémicas y tantas trifulcas en las tabernas, llegó un momento en el que había un cantaor con un candado aquí [Fosforito se lleva la mano a la boca] y un cartel que ponía prohibido el cante. La gente se ocultaba porque le daba vergüenza de que lo vieran con un flamenco. Un flamenco era una cosa pecaminosa, era algo denostado. Pues de eso, a presumir de ser amigos de los flamencos es la dignidad que hemos ido ganando todos los que hemos estado en ese mundo con nuestro comportamiento. Flamenco no era pelea, no era pendencia, no era depravación. Es un arte que ha sido reconocido muy lentamente. En el extranjero ya nos veían, pero aquí ha costado mucho trabajo. Ahora, lo que necesita el flamenco para estos nuevos valores, que son diferentes, no es que sean mejores ni peores... Hubo un momento de confusión, en el que le llamaron fusión al flamenco, que se ha perdido gracias a Dios. El flamenco sigue su camino de pureza y recto. Vale. Muy bien. Entonces, hay cantaores ahora que no son aquellos, pero es que estamos en otro tiempo. Pero hay que darle espacios y respetarlos.

El flamenco era conocidísimo mucho antes de que la Unesco dijera ustedes son. Ya éramos. Ya éramos

P. El flamenco siempre se ha considerado la música del hambre…

R. Bueeeeno, la capacidad expresiva de un cantaor no tiene que ver con el estómago. Lo que pasa es que los flamencos pasaban mucha hambre [risas]. Pero vaya que no hay porqué pasar fatigas. Ojalá no pase nadie más fatigas como las que yo he pasado. Esto es don que lo tienes o no lo tienes. En el flamenco se aprende la técnica, pero el alma de los artistas no. El alma es intransferible y eso no se puede enseñar. A nadie. Le puedes enseñar a uno el compás, vale. Esa es la técnica. Pero la manera de llevar al auditorio... eso es algo muy personal. Eso está con el que le ha dado Dios el don. Te puede gustar más o menos, pero el cante no es sólo técnica o voz. Es corazón, es expresividad, es sentimiento, aparte del conocimiento. Y cuando nos hablan del susodicho duende, vamos a ver, si no se tiene la técnica para dar cauces a ese momento emotivo, ¿cómo lo haces? Si no tienes conocimiento, ¿qué haces? ¿Sales llorando, te tiras contra el suelo? No. Tienes que dominar las emociones, porque si no lo haces puedes morir en el intento. Llega ese momento de híper o súper sensibilidad, que lo puedes llamar duende o lo que quieras, donde haces cosas, pero dentro de la ley del flamenco y con la cabeza en tu sitio para que no te venza la emoción. Porque si sale, ¿cómo lo vas a expresar? La emoción te puede llevar a un infarto. Tienes que estar en la emoción pero dominando, hasta donde tú puedas, según la emoción de cada uno. Y claro, eso se escapa de la técnica. Es necesaria para el conocimiento y el desarrollo. No se pueden cantar unas alegrías tristes ni unas seguiriyas alegres, cada cosa en su sitio. El alma es una cosa personal e intrasferible.

La capacidad expresiva de un cantaor no tiene que ver con el estómago

P. Lo que se tiene y lo que se enseña.

R. La técnica se puede enseñar, y con esa técnica puede llegar uno a dominar y encontrar un camino propio, tus sonidos y la forma de utilizar y entender tu propia conciencia. Eso, con el tiempo.

Hubo un momento de confusión, en el que le llamaron fusión al flamenco, que se ha perdido gracias a Dios. El flamenco sigue su camino de pureza y recto. Vale. Muy bien

P. ¿Hoy, en el año 2013 ya casi 14 qué es lo que le sorprende a Fosforito?

R. Pocas cosas [risas]. De todas maneras, más que sorprenderme disfruto oyendo cantar. Cuando yo tenía menos años me he escuchado a todo el mundo. Es que a mí me gusta esto, yo disfruto con el cante, con la guitarra, el baile. Yo he cantado para bailar muchísimo. Bueno, pues ahora mismo no sé. Dentro del artisteo que me sorprenda, poca cosa. Me sorprende a lo mejor lo insólito, lo mal hecho. La calidad no. Es lo que esperas, lo que deseas, anhelas y disfrutas. La calidad y la calidez, que forma parte de ese alma.

Cuando nos hablan del susodicho duende, vamos a ver, si no se tiene la técnica para dar cauces a ese momento emotivo, ¿cómo lo haces?

P. Por eso es Fosforito, por la calidez.

R. Bueno [risas].

P. Antes, hablando con Toni Blanco me comentaba que la última vez que usted cantó fue en 2011 en Puente Genil.

R. No, canté luego en Zambra. Me dedicaron un festival y me dijeron, oye, te vamos a pagar tanto. Les dije que no, que me anunciaran que iba a cantar.

P. La pregunta que le hago, al verlo con muy buena salud...

R. ... aparentemente. Me duelen todos los huesos y tengo las pastillitas lógicas de mi edad, que si la diabetes, que si la tensión por las nubes.

P. No sé si alguna vez...

R. Es que yo el verano pasado cumplí 81 años. La gente me dice, está usted muy bien, y yo les respondo, es que sólo tengo 81 [risas]. Bueno, entonces canté en Zambra y con un guitarrista con el que no había tocado nunca. Cumplí. El otro día, uno de Nimes [Francia] me ofreció el Teatro Odeón. Yo le dije, oye, yo te lo agradezco mucho pero no. Verás tú, ahora mismo no canto y cuando no cantas, no estás. Tienes que ponerte al día, hacer tus ejercicios respiratorios, prepararte. Hay que estar bien. Yo me pongo y puedo cantar cuatro cosas. Pero una hora y media en un festival... Mis fuerzas tienen un límite. No.

Ahora mismo no canto y cuando no cantas, no estás. Tienes que ponerte al día, hacer tus ejercicios respiratorios, prepararte. Hay que estar bien. Yo me pongo y puedo cantar cuatro cosas. Pero una hora y media en un festival... Mis fuerzas tienen un límite.

[Toni Blanco asegura que Fosforito lo que sí hace son conferencias, que las ilustra con su cante. Fosforito continúa]

Claro. El otro día cuando me buscaron el teatro cuando viniera a la apertura del Congreso del Instituto [de Flamencología] estaba en la mesa. Yo no me lo esperaba, pero estaba en cartel.

[Fosforito empieza ahora una clase magistral sobre la historia del flamenco que deja al periodista y los fotógrafos con los ojos y la boca abiertos]

La gente habla de flamenco y le atribuyen 200 años porque están hablando del movimiento del Romanticismo hacia acá. El Romanticismo eclosiona con la Revolución Francesa cuando la gente culta, hablo de músicos, poetas y literatos, se arriman al pueblo y descubren una música, unos cantes y unos sones que ellos desconocían. Dan noticias de cantes y cantaores, y gracias a eso tenemos noticias de El Planeta. Esto coincide con hace dos siglos.

El flamenco no se llama flamenco hasta hace dos minutos en el tiempo

Aún así, el flamenco no se llama flamenco hasta hace dos minutos en el tiempo. La palabra flamenco es relativamente joven. Hay muchas teorías. El propio Blas Infante escribió un libro en el que dedica un capítulo sobre la etimología de la palabra flamenco y no se queda con ninguna. Termina hablando de Manolo Torres, de El Borrico, de los afinadores de los gallos. Y habla de todas las acepciones. El ave palmípeda, el campesino... Lo analiza todo y no se queda con ninguna.

Sin embargo, el profesor García Mato, que era un musicólogo de Cáceres, hablaba de un hombre que venía con una familia de gitanos y que vendía biblias. Era abogado. La teoría de don Manuel García Mato es que este hombre empezó a llamarles flamencos a los gitanos como antítesis de lo que era un flamenco de Flandes. Pero es que es cierto. Yo conocí en mi pueblo a uno al que llamaban Chiquito y medía dos metros. Eso ocurre. Ahí empezó.

Pero en un devenir constante dio en llamársele flamenco a lo que hacían los gitanos y los andaluces. Pero hasta el 1800... no recuerdo cuántos, un escritor costumbrista llamado Sugarte escribió El bandolerismo andaluz. Ahí aparece en una escena en un café de Málaga una persona que dice, vamos allá, niño, cántanos esas coplillas que tanto nos gustan. Esas coplillas flamencas aparecen por primera vez unidas a cante. Antes se llamaba copla andaluza, cante andaluz... pero flamenco no se llamaba.

Rastros de flamenco o lo que ahora llamamos flamenco en la música andaluza, infinidad de ella. Por ejemplo, la más cercana sería Góngora. Nació en 1561. En 1587, con apenas 26 años, don Luis de Góngora y Argote era racionero de la Catedral de Córdoba. Un obispo, llamado Pacheco y pariente suyo, lo llamó al orden por acusarle de ser muy amigo de flamencos y toreros. Estamos hablando del siglo XVI. No tiene nada que ver con el Romanticismo. Estamos dos siglos antes.

Don José María de Mena, un escritor sevillano, escribió Corrales sevillanos, y habla del corral de la Montería donde en la compañía del señor Medrano iba el cantaor y bailaor Juan del Arenal, en 1631. Habla que el Rey Felipe IV lo veía desde una balconada que daba a la balaustrada.

Otro dato. Don Francisco Rodríguez Marín, en El bachiller de Osuna, en el 1881 escribía que Lope de Rueda casó en el 1552 con la bailaora y cantaora Mariana de Sanlúcar, una protegida del octavo duque de no sé qué. La tenía en el palacio vestida de paje.

En Asta Regia apareció un azulejo en el que hay una señora con traje de volantes

Otro dato. Jerez, cuando Roma se llamaba Asta Regia. En Asta Regia, apareció un azulejo que lo publicó la cátedra [de Flamencología] en el que hay una señora con un traje de volantes, no tan elegante como el que hay hasta ahora, y una persona con la boca abierta y la mano al pecho. ¿Qué podía cantar ese tío que no fuera flamenco? ¿Qué es como este? Probablemente no, pero vamos a ver. Las creaciones evolucionan por esos genios que exportan formas.

Cuando Fernando Quiñones hablaba en aquel libro de Cádiz y sus cantes, de las bailarinas del puerto que iban a Roma a divertir a los patricios. Cantaoras y bailaoras. No recuerdo ahora mismo la cita. Marcial, el poeta latino epigramista, decía que un hombre lindo es aquel que peina con arte los rizos de su cabellera, que canturrea bien las canciones de Gades, que es como se llamaba Cádiz en la época romana, y que mueve con gracia los brazos. Oye, a ver si no está hablando de un flamenco de ahora mismo pero en el siglo I.

En el recibimiento de un cónsul en Roma, los poetas cordobeses en el año 74 antes de Cristo, lo cuenta Plutarco, escribieron canciones para el recibimiento triunfal. Pero lo que llamó la atención eran los traviesos pies de las muchachas andaluzas y el toque de sus castañuelas. Vamos a ver esto de otra manera. El flamenco no tiene dos días. La palabra sí. Pero esa música que nos han ido depositando en el crisol de los tiempos las distintas culturas...

El flamenco no tiene dos días. La palabra sí

El padre Bartolomé Rizo, un dominico de Vallecas, que ya tiene el hombre casi 90 años, canta. Un día me dice, mira, la malagueña del Mellizo es la antífona quinta del prefacio de la misa. Y me cantó en latín [Fosforito canta]. No es exacto, pero está la base. Así que cuando alguien afirma que en el Romanticismo alguien sembró un árbol del cante en el que nacen la soleá, los tarantos... No.

Otro dato. Cuando hablamos de guitarra un flamenco dice: toca por arriba. Por arriba es Mí mayor. Mí mayor para un músico es Mí frígido. Estamos hablando de cadencia. Cuando hablamos de cadencia andaluza, La Sol Fa Mí, para un músico a eso se le llama el modo dórico. Entonces, cómo vas a situar el flamenco a finales del siglo XVIII.

P. ¿Ve usted como es un intelectual del flamenco?

R. No, hombre. Esto forma parte de mis conferencias. Algunas de estas cosas las ilustraba con mi cante. Pero yo ya no estoy para estar una hora y media cantando. Donde voy yo con mis años ya.

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