Una tarde con Manolo

Manolo 'El del Bombo', uno de los reclamos de la selección española | ÁLEX GALLEGOS

La actividad en El Arenal es atípica. Es jueves, día de calma en el desierto junto al río. Quien desconozca el motivo probablemente se cuestione qué ocurre. Tampoco es que sea una muchedumbre, pero hay vida en la inmensidad de albero. Los que caminan rumbo a El Arcángel lo hacen con parsimonia. Otros, que van en comandita, bromean. Pero nadie rompe la calma. Sólo una visión consigue que el latido sea mayor. “¿Puedo hacerme una foto con usted?”, reclama una mujer a un señor al que no conoce. Sabe su nombre, su apodo y hasta conoce su pasión, pero jamás ha tratado con él. Viste de rojo y tiene una boina de dimensiones considerables. Es meritorio, pues hace calor. Lo normal en Córdoba cuando es verano. Aunque tampoco aprieta el sol. “Por supuesto, claro que sí”, responde amablemente el tipo.

El hombre suelta el instrumento que porta y descubre su cabeza. Sonríe y amaga con lanzar un resoplido. Se ve que no acostumbra a pugnar con los termómetros. “¡Qué alegría me da verle!”, exclama la buena mujer. Rota la distancia física, termina también la emocional. Los dos se saludan efusivamente. Una voz se oye en la medianía. “Mira, es Manolo el del Bombo”, comenta a viva voz a su acompañante. En efecto, es él. Con su sempiterna amabilidad, presente donde juega España. En esta ocasión es Córdoba la ciudad que visita, y la que le recibe. El respeto sorprende. Una mente perversa, con gusto de elucubrar, imagina cómo habría sido el encuentro con una autoridad civil. Es mejor dejarlo. Cosas de los días que corren, una vez más.

Del blanco y verde habitual, al rojo de un jueves cualquiera. El Arcángel se engalana para albergar un encuentro de la sub 21. “A ver si algún día vienen los grandes”, es el reclamo de un aficionado. En el estadio tampoco es que la tranquilidad salte por los aires. Unas ocho mil personas se dan cita en sus gradas. Menos que cuando el Córdoba trata de sobrevivir en Segunda A, cuerpo magullado y ojos cerrados por los golpes. Y eso que este partido, ante Albania, era un examen para que la Federación obsequie en futuro a la ciudad con la presencia de la selección absoluta. Es lo más importante, lo único en lo que piensan las buenas gentes de Córdoba, no en cómo ganar su pan. Cosas de los días que corren, una vez más.

Pero nunca está de más vivir un día diferente, especial. El encanto adormecido se rompe ligeramente al son de Paquito el chocolatero. Es momento de rememorar esa boda en la que uno acabó de aquella manera. La sintonía permite recordar momentos tales. El calor ambiental sólo sube al escuchar el nombre de Borja Mayoral, jugador del Córdoba en la selección. (Errata). También cuando llega el turno de Alfonso Pedraza, que éste sí es de la tierra. Una pancarta, de sus paisanos de San Sebastián de los Ballesteros probablemente, se contempla escondida en Preferencia. Las miradas se dirigen después a Manolo allá donde se encuentre en la grada. Todo es después de oír aquello de “que viva España”. El otro Manolo, Escobar, el del carro. Cosas que nunca cambian, ni siquiera en los días que corren.

Durante el encuentro, con Albania dedicada al fútbol preciosista (errata) la temperatura no se eleva demasiado. Todo queda en febrícula por la selección. Pero los pequeños disfrutan. Y los mayores también. Contemplan de cerca a los que no dentro de mucho van a ser sus ídolos. Las estrellas del mañana que ya brillan, en algunos casos, en el hoy. Sí rompe el estadio en una ovación cuando Borja Mayoral marca el segundo gol de la Rojita. También cuando salta al campo Alfonso Pedraza. Profeta en su tierra. Ojalá algún día de blanco y verde, piensan seguro no pocos. Lejos queda. Y mientras los tantos caen, tampoco muchos, la gente se divierte. Y el hombre de rojo y con la boina se lanza su fotografía mil quinientos veintiuno. Al final siempre viene bien un rato de ilusión infantil. Así es una tarde con Manolo.

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