Por la Judería 300 bufandas y en el campo, la verdad

Grada blanquiverde Córdoba - Murcia | MADERO CUBERO
Una marcha blanquiverde recorre el casco histórico de la ciudad en un camino marcado por la ilusión

El cielo apunta maneras de tipo rebelde a primeras horas de la tarde. Las nubes, de tonalidad gris pesadumbre, actúan de toldo y cubren el centro de la ciudad. Pasan unos veinte minutos de las cinco. La calle Cruz Conde parece despertar lentamente. No son muchos los viandantes que por el lugar se dejan ver, pero los hay. Entre los que buscan los comercios aparecen, en goteo incesante, otros que caminan con rumbo fijo y visten de blanco y verde. Estos últimos se dirigen a las Tendillas, eterno lugar de festejo al que se sueña regresar en no mucho tiempo. Todo está en calma en la plaza. Bajo la atenta mirada de Gonzalo Fernández de Córdoba, fiel testigo de cada celebración de quienes hoy ahí se reúnen, observa cómo poco a poco son más los que llega. Se repiten los colores en sus prendas, así como la sonrisa en sus rostros. Todos se dan cita para iniciar el peregrinaje al gran templo de El Arcángel. En dos horas y media comienza la más importante de las batallas, ésa en que el triunfo acerca la conquista de un territorio que por décadas se resiste a caer rendido. La fortaleza de Primera se ha de derribar en particular cruzada.

Caen algunas gotas. La lluvia hace acto de presencia. El reloj, mientras, inidca que ya es el instante exacto, el marcado para que las huestes blanquiverdes empiecen el viaje. Pero todavía toca esperar. Se suceden los minutos, que consigo traen un bochorno difícilmente soportable. Todo lo bueno se hace de rogar, pero siempre termina por llegar. Y así sucede con la marcha blanquiverde. Los tres centenares de aficionados califales que en Tendillas están -y a laq que esperan en regresar en no muchos días- se agrupan. Comienzan los cánticos de guerra, que suenan a oraciones de una religión que quizá la ciudad debiera conocer mejor. “Estos son, aquí están, los hinchas del Córdoba”, se escucha. Trescientas voces en una que retumba en la calle Jesús y María. Trescientos seguidores que dirigen sus pasos hacia la Judería. El casco histórico recibe a un ejército cuyas únicas armas son bufandas y banderas.

A lo largo del camino, no son pocas las miradas curiosas que dedican propios y extraños. Incluso se adivinan unos hábitos en alguna de las puertas que se abren con deseo de conocer qué ocurre en la calle. Se aproximan a la Mezquita-Catedral los que en el reino de El Arenal deben defender un sueño colectivo. De vez en cuando se unen más aficionados a la columna, que a su llegada a la puerta cero del estadio ribereño acumula en torno medio millar de almas. Y otro medio aguarda en ese lugar, primero el refuerzo y después a quienes han de trasladar la lucha al verde terreno de juego. No tarda en alcanzar su destino, que es el mismo de quienes creen que es posible lograr la gloria. Los futbolistas que adiestra Albert Ferrer bajan del autobús y la afición ruge. “Ésta es tu hinchada, hinchada, hinchada blanquiverde”, cantan los seguidores de un Córdoba que mira con deseo la Primera.

Los nervios comienzan a salir al exterior conforme avanzan los minutos. Pero lo que estalla a las ocho en punto es la emoción. No existe lleno en El Arcángel, pero las gradas presentan una buena imagen. Salta al césped el conjunto califal y suenan los primeros acordes del himno del Queco. La afición toma la palabra y continúa con los versos de una canción que eriza la piel. También lo hace con quienes llegan desde Murcia. Un compañero de una emisora radiofónica pimentonera así lo confiesa al inicio de su retransmisión: “No soy cordobés ni cordobesista, pero me acaban de poner la carne de gallina”. De la misma manera se mantiene la animación a lo largo de un encuentro que bien sirve para levantar las pasiones más primarias. Sobre el campo, la batalla no ofrece el más mínimo descanso. Se roza la victoria, pero también se atisba la derrota. Al final, armisticio y todo queda en el aire para la contienda en la Condomina. Es la siguiente plaza a conquistar para seguir con la ilusión viva, para volver a pasear por la Judería 300 bufandas y muchas más.

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