José Antonio Reyes, el monarca que aró la tierra

Reyes, en su etapa en el Córdoba CF | MADERO CUBERO

Es 20 de abril de 2018. Son las nueve de la noche. Es viernes, día impropio con hora no habitual. Poco importa. Todo el mundo está preparado, allá en el césped como en la grada. En el verde, un tipo rejuvenecido en semanas es mirado con recelo desde el equipo rival. En los rostros de los adversarios se adivina cierto respeto. Es admiración quizá. El hombre, entrado ya en años para estas lides, acaricia el balón, lo golpea con tacto, busca al compañero, intimida y provoca su derribo. Abre el tarro de las esencias en una jornada extraña. Es magia, pero también trabajo. Viste de blanco y verde, casi de verde y blanco. Por enemigos tiene a chavales del Sevilla Atlético, para los que a buen seguro es ejemplo a seguir. Si mucho tuviera, menos con más quisiera. Corre como si la vida le fuera en ello, por triste que ahora resulte la expresión. Se llama José Antonio Reyes y hace vibrar a El Arcángel.

Probablemente, en la memoria tenga la mayoría cada asistencia. Aquel centro medido en Alcorcón, por ejemplo. O cada pase inimaginable hecho real gracias a sus botas. O las tarjetas para los rivales, que no se cansó de arrancar a los árbitros. O, con toda seguridad, la ovación que recibió en sus últimos segundos en un estadio reconstruido tras la destrucción moral. Ese aplauso, el más atronador en el lugar que se pudiera venir a la mente. Sucedió un 2 de junio de 2018, este domingo hace exactamente un año. Sin embargo, a algunos nos es más sencillo rememorar ese viernes atípico, porque atípico es el fútbol en viernes. Ante el filial del club en que surgió como prodigio para convertirse en mito, ofreció el tipo una lección de humildad y profesionalidad. A sus 34 pugnó con chicos de 20 y poco más, o menos, como si nada hubiera logrado en la vida. Sus endemoniadas travesuras, delicia para el espectador, incluso propiciaron la expulsión de un adversario.

Contemplamos en El Arcángel, de repente, al monarca arar la tierra. Fuimos testigos, sin esperarlo, de cómo un hombre con corona agrietó y llenó de callos sus manos. “El dinero no es lo más importante, quería salvar a un histórico como el Córdoba”, dijo la tarde de un frío 30 de enero de 2018. Le captaron en Sevilla, le trajeron a toda prisa y con rapidez fue presentado. El anuncio de su fichaje movió la tierra bajo la Mezquita Catedral. Se dejó ver por vez primera con una amplia sonrisa, la que nunca perdió, la que siempre regaló. Pesaba demasiado, estaba entrado en kilos. Y llevaba medio año sin tocar bola. Como Robert Fernández en su día -ay amigo, qué feliz me hiciste-, para muchos éste vino a llevárselo calentito. Por estas tierras no aprendemos. Lanzó su mensaje, que sonaba a tópico. Besó el escudo, que se observaba como algo artificial. Centenares de aficionados soñaban despiertos en el desamparo de la derrota.

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Gordo como estaba -para la práctica del fútbol-, porque a las cosas se les llama por su nombre y se cuentan como son, obsequió con detalles de su capacidad natural para hacer fácil lo complejo. No necesitaba correr, apenas requería mover algo más que la zurda. Pero el reto le exigía mucho más. Con aquello, que ya servía para ganar, no era suficiente. Perdió 14 kilos, según Luis Oliver, el hombre que le engatusó. Se hizo niño en la madurez y se colocó el peto como si fuera aquel juvenil que debutó en Primera con el Sevilla. Ese Sevilla que vio nacer a sus mejores figuras en décadas: el camino lo abrió Reyes y después siguieron Antonio Puerta -vuelves a estar muy presente para algunos-, Jesús Navas o Sergio Ramos. Fue como el hijo de un dios que quiso pisar el barro. No creía en su divinidad, era un simple mortal más. Como si fuera verdad… Quizá fue eso lo que no le permitió ser aún más de lo que fue. Quizá fue eso lo que, en boca de todos, le reprochó Luis Aragonés en la selección española.

Niño prodigio, tuvo un talento descomunal. Lo dosificó en exceso, como no pocos han escrito en estos dos últimos días. Fue pionero español en Inglaterra, donde ganó una Premier y algún título más. Facilitó una Liga al Real Madrid, después de venirse abajo en el Reino Unido. Dio un primer impulso al Atlético que sería Fénix. Y se hizo mito en el Sánchez Pizjuán, donde añoraban -añorábamos- a Puerta. El lugar en que quería estar. Uno, dos y tres trofeos de Europa League. El chiquillo al que su padre regaló una camiseta del Betis por su cumpleaños era una leyenda viva del Sevilla. Tras su paso por el Espanyol, nadie le recordaba apenas. Se había convertido en el gran olvidado del albor de la época dorada del fútbol nacional -y hoy todos olvidan que le olvidaron para recordarle-: la de Iker Casillas y Joaquín, la de Puyol y Xavi… ¿Cómo iba a ser posible que aquel tipo, visto como un semidios que renegaba del Olimpo, pudiera bajar a la mundanidad del Córdoba? Pues ocurrió. Sonrió, bromeó y se arremangó. Se lanzó de cabeza al lodazal y animó a los demás a que lo hicieran. Si Reyes luchaba por un imposible, ¿cómo diablos no íbamos a creer que era posible? Era uno de los nuestros.

A golpe de trabajo callado y calidad desbordante pero por dosis, se ganó un lugar en el corazón roto de la hinchada. El músculo latió de nuevo. Marcó sólo un gol y fue de penalti, pero aportó mucho más. Alguien que todo lo había tenido, parecía no tener nada. Corría como si la vida le fuera en ello, como hizo en su carrera y probablemente también en la vida. El sábado, 1 de junio de 2019, su otra pasión le arrebató el último de los suspiros. Se apagó una luz entre las llamas. Cobró fuerza la asombrosa y muy repugnante costumbre de detallar una muerte trágica, también de uno de sus primos. Volvía el morbo por el morbo. Algunos no queríamos saber nada más allá de la pérdida. Ya era bastante el dolor que causaba. Preferíamos recordar al tipo sonriente, el que bromeaba. Deseábamos conmemorar que los más jóvenes del lugar tuvimos a nuestro Daniel Onega, que todos disfrutamos del mayor de los triunfos de un ídolo universal. Porque la copa más importante la alzó en Córdoba y con el Córdoba: el magnate del fútbol se hizo obrero. Honor para usted, don José Antonio Reyes Calderón. Ya le echamos de menos.

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